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    sábado 08 de junio de 2024

    Desalmados: sentires y pensares acerca de lo que está ocurriendo en Medio Oriente

    Sr. Director:

    Sin ánimo (sin ánima): sería tal vez una forma posible de describir cómo me siento sobre lo que está ocurriendo en Gaza. El pensamiento vuelve allí una y otra vez a lo largo del día, pero es un pensamiento estéril, medio mudo, como si las palabras hubieran perdido su sentido (la expectativa de hacer algo con ellas), embargadas, inertes ante lo desalmado.

    Me oigo rogar en silencio para que los israelíes de a pie obliguen a su gobierno a frenar la barbarie o para que los países árabes consigan alguna forma de detener a Hamás, pero nada así parece estar cerca de ocurrir. Más bien al contrario: a pesar de las cada vez más multitudinarias protestas que se desarrollan en Tel Aviv y en Jerusalén, de los familiares de las personas secuestradas implorando un alto al fuego en las inmediaciones de la Knesset y de los esfuerzos de medio mundo para obtener una tregua, las dirigencias en Israel y Gaza parecen decididas a llevar a sus pueblos hacia un callejón terminal y suicida. La respuesta militar elegida por Netanyahu a los ataques perpetrados el 7 de octubre, orientada en gran parte por sus propios intereses políticos, desmedida, brutal y carente de sentido común, lleva ya seis meses rompiendo récords de muerte y destrucción entre la población civil involucrada.

    En un artículo publicado en O Globo apenas dos meses después de los atroces ataques perpetrados por Hamás en Israel, el psicoanalista Daniel Kuperman se detenía en la misma sensación de desánimo que también a él le generaba la situación creada. “Nuestros espíritus han sido secuestrados el 7 de octubre y ya no podemos pensar con originalidad, fuera de la lógica binaria de la identificación con el agresor o con la víctima. Esa lógica confunde las dos caras de la misma moneda, y exige venganza. Algunos odian el terrorismo, a Hamás y, por extensión, a todo el pueblo palestino. Otros odian al Estado de Israel, su fuerza militar, su alianza con Estados Unidos y, por extensión, a todos los judíos. El mal es lo que acecha al otro lado, como siempre.”

    Cómo nos encanta odiar

    Durante estas semanas, hemos visto crecer y multiplicarse las señales de repudio y violencia hacia todo lo que pueda estar asociado con Israel, con el sionismo y con muchos otros símbolos judíos. Por primera vez en mucho tiempo, siento temor frente a voces que tengo por amigas y percibo que un silencio gélido, acusador y culposo se instala entre nosotros.

    En las redes, el rechazo parece entusiasta, cargado de imágenes y gestos viscerales. Viene a menudo de personas y colectivos cercanos y queridos, indiferente a cualquier consideración previa que tome en cuenta la extremada complejidad del tema o el posicionamiento histórico que cientos de miles de individuos, grupos e instituciones que integramos la comunidad judía hemos tenido a favor de la paz a lo largo de nuestra vida y en todas partes del mundo.

    Se expresa con una agresividad que desborda la coyuntura y me deja nuevamente sin palabras. Es una ola contagiosa que se expande y que también se expresa de manera simplista, sin proponer más agenda que el reconocimiento de los derechos del pueblo palestino a un Estado propio “desde el río hasta el mar”. En la urgencia con que se plantea este reclamo (que no es nuevo y ya casi nadie discute), siento resonar la expectativa de una solución final al problema, haciendo desaparecer alguna de sus partes. El huevo de la serpiente aparece una vez más en la escena de siempre.

    Se instala así una lógica reduccionista que suele habitar en todo fundamentalismo, ajena a cualquier dimensión humana e incapaz de preguntarse por las debilidades o faltas propias. Oímos a jóvenes universitarios que buscando un aplauso fácil gritan: “Estado Sionista, vos sos el terrorista”. Escuchamos a familiares y amigos judíos clamando venganza por lo ocurrido en octubre y apoyando sin dolor la posible destrucción total de Gaza y de su gente. Personas de uno y otro bando parecen repetir una artillería de clichés ideológicos, ahorrándose así el esfuerzo de informarse y pensar por sí mismos una situación extremadamente compleja y que reúne aspectos únicos, históricos, religiosos, geopolíticos y económicos. “¡Palestina libre!”, vociferan unos (como si hubiera algo nuevo en este reclamo que muchos hemos hecho desde siempre). “¡Antisemitismo, antisemitismo!”, responden en la otra acera (como si no reconociéramos por haberlo vivido en carne propia lo que es realmente antisemita y fuéramos tan estúpidos como para caer en la confusión manipuladora que grupos de ultraderecha alimentan desde lobbies y think tanks norteamericanos).

    Pienso también qué bueno sería si estas acusaciones se hicieran sin enredar el hilo fundamental de la memoria, que todavía nos liga a muchos y muchas de quienes pensamos y actuamos en términos de derechos humanos. Que pudiéramos hablar de Gaza sin perder de vista el contexto de una guerra que lleva acumuladas más de siete décadas de interminable dolor y en la que ambos bandos han elegido gobiernos que juraron exterminar al otro bando. Que se evitara agredir la memoria de millones de personas y de sus familias, insinuando comparaciones o equivalencias entre lo que ocurre ahora y el exterminio ejecutado en la Alemania nazi (así como en Siria, Yemen, Armenia y probablemente ahora mismo en Ucrania) por motivos de odio y supremacía étnica. Que estas acusaciones no se alimenten una vez más de ese placer secreto que trae casi siempre humillar al otro desde un lugar de superioridad moral, política o económica.

    Como ya se ha estudiado (Freud, Ferenczi), es común sentir ante la violencia que solo podemos identificarnos con el agresor o con la víctima. Este mecanismo puede usarse para explicar por qué una experiencia sufrida en condición de víctima se repite con cierta frecuencia en el lugar de victimario. El problema radica justamente en que esa admiración a menudo apasionada que despierta la violencia en lo recóndito de nuestras subjetividades nos conduce a imitarla, generando la reproducción de un gesto des-almado o, como dice Kuperman, secuestrando el espíritu. Es en medio de ese pasadizo de espejos que es el odio, adonde suelen proliferar las declaraciones rimbombantes, el juicio fácil y los cacareos desencajados de las hinchadas en las redes.

    ¿Es tarde para una solución política?

    El reciente intento de la Corte Internacional de Justicia por detener los ataques a través de herramientas legales iniciando contra Israel y Hamás una causa por crímenes de guerra busca encontrar un límite posible a través de instrumentos multilaterales valiosos y (a pesar de todo) aún vigentes. Es obvio que en este caso resulta más urgente detener la barbarie que resolver la esperanza inasible de hacer justicia.

    La posibilidad de que los máximos responsables políticos y militares de Israel y Hamás (Benjamin Netanyahu, Ismail Haniya y Muhammad Deif, símbolos de la desalmada agenda fundamentalista global) deban comparecer ante un tribunal internacional neutral busca detener la escalada por un camino difícil y probablemente poco expedito, pero imprescindible.

    Lo más importante en este momento terrible es obtener de manera incondicional un alto al fuego, la liberación de todos los rehenes y el cese de todas las acciones militares en Gaza.

    Inmediatamente, será importante procesar a quienes han provocado esta situación, así como continuar actuando juntos en el terreno político para detenerlos y derrotarles. En caso de considerarse y probarse los cargos por crímenes de guerra, como ya ha planteado la Corte y respaldado las autoridades de varios países, no tengo dudas de que llegaría una gota de justicia al desierto de esta guerra y muchos celebraríamos, sin importar nuestra pertenencia más que a la comunidad de lo humano. Referentes israelíes como Yuval Harari y otros ya se han manifestado a favor de este camino incómodo, como el hilo a través del cual un equilibrista podría abrirse paso y pasar por encima de las llamas y de lo desalmado.

    Como ya dijera el escritor israelí Amoz Oz hace más de 30 años: “Nunca es tarde para una solución política, de hecho no hay ninguna alternativa. Los palestinos no pueden irse porque no tienen adonde ir. Los judíos israelíes tampoco pueden ir a otro lado porque no tienen adonde ir. No pueden convertirse en una gran familia feliz porque no son ni una familia ni son felices. Son dos familias infelices. Hay que dividir la casa en dos departamentos más pequeños. No hay otra solución. ¿Cuánto tiempo llevará? No lo sé, no soy profeta. Pero estoy convencido de que no hay otra solución”.

    Sergio Meresman

    Psicoanalista