Editorial

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Nº1949 - al de Diciembre de 2017
Por Adela Dubra

Me había propuesto empezar a hacer ejercicio, ordenar mi biblioteca, arreglar el sillón que está desfondado, imprimir las fotos felices y ponerlas en un marco como hacen las familias de la tele, que tienen fotos felices por todos lados. No hice casi nada de eso. Pero compré inflador de bici y ahora las bicicletas de la familia están siempre infladas. Es un logro. Chiquito, pero un logro al fin.

Se fue el año. Murieron dos integrantes de la familia y por eso estamos tristes. Pero nacen bebés y un primo que andaba medio perdido consiguió trabajo, y eso es una bendición. El soltero que pasó los 40 y todos queremos que se case, se ennovió. Cruzamos los dedos. Un amigo se ganó una beca para irse a estudiar a un monasterio budista en España. 

Me fui de campamento con mi marido y mis hijos y mis amigas y sus familias. Visité a mi hermano que vive en Londres. Fui a Tacuarembó a ver ponies Shetland, una obsesión que tengo. Recibimos una perrita, cachorra, en casa; se porta más o menos, Cocó, y sigue mordiendo casi todo. Sigo con mi espacio de libros en la tele. Tuve un programa de radio propio. Asumí como directora de galería. Qué año.

Como casi todos, estos días me enfrento a la lista de lo que no hice y de lo que no marcha tan bien. Tengo una emoción rara, algo que se aloja, creo, en la garganta. Tengo la lista mental de lo que me gustaría hacer el año que viene, y de las cosas que desearía de los demás. 

Que Cocó se porte mejor. Que mis hijos no se peleen todos los días por el control remoto. Que alguien invente algo efectivo contra los piojos. Que yo pueda apagar el celular algunas horas al día. Me tiene harta el WhatsApp; o mejor, harta mi relacionamiento con el WhatsApp.

Quisiera tener más tiempo. Para ver más cine (no series, cine). Para ir a lo de mamá a tomar mate sin apuro. Para leer sin apuro. Para aprender algo nuevo por el placer de aprender, y sin apuro. Mucha gente que me rodea teje o se ocupa de las plantas o pinta o va a clases de manualidades o cocina por placer. 

Las cosas en el Uruguay andan parecido. Pero siempre están esos héroes anónimos que dan ánimo. El taxista que devuelve la billetera que encontró, la maestra que cuida a sus alumnos como si fuesen de su familia, la gente que hace su trabajo con una sonrisa. 

Este último mes, dos familias que conozco bien recibieron en sus casas a niños que estaban en el INAU hace tiempo esperando ser adoptados. Son “familias sustitutas” y, porque los conozco bien a los Pérez, sé que harán una gran diferencia en el futuro de esos niños. Ambos tienen hijos biológicos propios. Demuestran una enorme generosidad al incluirlos en sus hogares. Parece un cuento de Navidad.  Pero es cierto. Viven aquí, a pocas cuadras.

El año que viene es el Mundial. Una fiebre celeste nos tapará, suavizará todo. Entre la calculadora y lo poco que iremos aprendiendo sobre Rusia, nos iremos metiendo en campaña electoral. Es un combo fantástico, pasaremos de la indignación a la euforia. Los partidos nos unen. Nos reuniremos en casas de amigos frente a la tele. Eso es bueno. 

Estos son días donde los creyentes celebran algo mayor y los que no lo son hacen balances, se preguntan por el valor de la espiritualidad y todos, mal o bien, buscamos un hombro donde recostarnos. 

A ustedes, queridos lectores, en nombre del equipo de la revista les agradecemos por acompañarnos también este año y les deseamos lo mejor. Feliz Navidad. 

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