EN PRIMERA PERSONA: Martín Aguirre, miembro de la cuarta generación al frente de El País

Admiración y responsabilidad

4min
Nº1985 - al de Septiembre de 2018
Martin Aguirre

Tengo un problema para contar la historia de El País. Contrario a lo que muchos imaginan, una empresa tipo catedral, donde se hace un culto de la historia y las tradiciones, al menos mi familia siempre fue muy parca en ese sentido. Y la Parca también se encargó de borrar casi de golpe a toda la generación de mi padre, justo en ese momento en el que a uno le empieza a venir la curiosidad por conocer de su pasado y de sus raíces.

El fundador de El País fue mi bisabuelo Leonel. Lo hizo con quienes eran sus amigos más cercanos por entonces, Washington Beltrán y Eduardo Rodríguez Larreta. Eran gente muy metida en política, y las pocas imágenes que hay los muestran muy en el estilo dandy de esos años 20 del siglo pasado. Sus inicios empresariales fueron bastante malos, y por eso al poco tiempo se incorpora Carlos Scheck, que fue un poco el que los salvó de fundirse, como se fundían casi todos los diarios en esa época.

Leonel era el “veterano” de la barra, y cuando se fundó el diario tenía 42 años. Uno menos que yo ahora, lo cual no deja de ser medio deprimente. Era muy buen orador, y dicen que también con la espada. De hecho, el famoso duelo en el que muere Washington Beltrán se tuvo que hacer a pistola, porque Batlle todavía no se había recuperado del todo de un choque previo con Leonel, quien al parecer le habría hecho un corte profundo en una mano. En esos tiempos, lo de la pluma y la espada no era broma.

El País se fundó con una misión muy clara. Enfrentar la hegemonía del batllismo original que, después de la derrota militar de los blancos en 1904, buscaba diseñar el país a su voluntad. Tengo poca información de primera mano de esos tiempos. Pero sí que estuvieron marcados por ese choque con el batllismo, luego contra el golpe de Terra, y por el conflicto interno con el herrerismo. Después vino la victoria nacionalista del 58, y cierta ilusión de optimismo que se sepultó cuando empezó la violencia política de los años 60.

Esos años previos a la dictadura fueron muy duros en la interna del diario. Los directores, en aquellos tiempos, eran figuras políticas de primer nivel, y tuvieron, como en el caso de Washington y Enrique Beltrán, roles centrales en los gobiernos blancos del 58 y el 62. Padecieron atentados y amenazas de todo tipo.

Mis recuerdos personales empiezan por principios de los 80, y están muy marcados por la polarización política que se vivía en esos años. Mi padre, Martín, era un wilsonista fanático, y mi abuelo, Martín, cada vez que podía, me decía que Wilson era “un papanatas”. Las reuniones familiares eran un tanto tensas. Y, como creo que en todo el país, el corte político, pero sobre todo el generacional, marcó muchísimo lo que fue el diario de esos años, muy lejos de la caricatura monolítica que algunos gustan pintar. Una de las cuentas pendientes que tengo de mi juventud fue haber podido hablar más con mi padre  y mi abuelo para que me explicaran más a fondo lo que se vivió en esos años.

Yo aprendí a caminar en la redacción del diario. Es difícil de explicar el ambiente mágico que se respira en una redacción. Especialmente en aquellos años, donde se mezclaba en el mismo espacio físico el mundo bohemio y culturoso de los periodistas con la parte industrial y el olor a plomo de la imprenta. Dos mundos que podían parecer incompatibles, pero que sistemáticamente quedaban fundidos cada noche en algún bar de la vuelta del diario.

Mi padre nunca me impulsó mucho al periodismo. Pero empujado por mi madre, siempre más consciente de las implicancias familiares, a los 12 años ya tenía una página todos los miércoles en Mundocolor, el diario de la tarde que tenía El País, donde publicaba información de deportes de ADIC. En realidad, mi viejo terminaba escribiendo las notas, y yo hacía las leyendas de las fotos. En esos tiempos, las leyes laborales eran menos exigentes.

Formalmente empecé a trabajar en 1995. Había entrado a Facultad de Derecho, pero vino una huelga enorme que paralizó las clases por meses, y ahí empezó mi divorcio con las leyes y mi condena con el periodismo. De los primeros años tengo dos recuerdos bien marcados. El primero, cuando a pocos meses de empezar a trabajar me tocó cubrir la visita de los reyes de España. Y durante los eventos en la Intendencia de Montevideo, por algún motivo inexplicable, yo, con 20 años, quedé mano a mano en una pieza con Juan Carlos y Sofía. Me acuerdo que nos miramos, algo incómodos, y a mí espontáneamente me surgió decirles: “¿Todo bien?”.  Juan Carlos, con mucha cancha, se rio y me dijo: “Pues sí, aquí vamos”.

El segundo fue cuando la crisis de 2002. Si una redacción es el alma de un país, en ese momento, el alma estaba partida. A los problemas propios de una situación financiera interna durísima, cada día viendo cómo se iba gente al seguro de paro, se sumaba la incertidumbre económica del país. Pero, sobre todo, me acuerdo de la cara de angustia de mi viejo cuando se planteaba qué información había que dar y cuál no. Una corrida bancaria, en una redacción, es la lección de ética y periodismo que nadie debería tener que aprender.

Por estas fechas, con el tema del aniversario y todo eso, muchas veces me preguntan por la historia, por la tradición, por el periodismo, por mi bisabuelo. Y siempre me acuerdo de una entrevista que le hicieron poco antes de morir a Enrique Beltrán, que para mí fue un poco padrino y el último nexo con los años originarios del diario. A Enrique le habían preguntado por su padre y el famoso duelo, y dijo que a sus 90 y largos, la memoria se le entreveraba, y que cuando hablaba de su padre, muerto apenas a los 35 años, se le invertían los roles, y le daba la sensación de estar hablando de un hijo.

Cuando pienso que mi bisabuelo fundó El País cuando tenía un año menos que yo, la sensación se quiebra entre una parte de admiración y otra de responsabilidad de ser digno de cargar con un legado tan pesado. Lindo, sin duda, pero muy pesado.

Martín Aguirre es secretario de Redacción, director y columnista de El País.

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