“Nos está costando cambiar los hábitos del jugador uruguayo”, dice Alejandro Valenzuela, preparador físico de Peñarol.

Se requieren “cambios profundos” para que los equipos uruguayos vuelvan a ser competitivos a escala internacional, dice Edgardo Barbosa, integrante del cuerpo médico de la Selección y de Nacional

Alimentación inadecuada, la medicina deportiva más “pobre” de América y poco profesionalismo explican bajo rendimiento de futbolistas

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Nº1982 - al de Agosto de 2018
escriben Martín Prato y José Frugoni

En canchas semivacías, con pastos altos y líneas a medio pintar, jugadores con una panza prominente meten cambios de frente y trotan fatigados. Otros meten goles, amagues y pisadas, pero no logran aguantar el ritmo más de 90 minutos sin boquear. Esa es la realidad que se ve cada fin de semana en el fútbol uruguayo.

Mientras en el fútbol de elite sudaméricano los 11 jugadores presionan en el campo contrario, regresan al propio y vuelven a presionar, en Uruguay cuesta hacerlo con intensidad.

“Acá la B es amateur y en el fútbol profesional la mitad de los equipos son amateur y la otra mitad semiprofesional. Entonces no me vengan a decir que podemos competir con Europa, con Brasil, o con cierta parte de Argentina, porque nos estamos mintiendo”, dijo el futbolista Sebastián Abreu en el programa El diario de la copa de Canal 12, emitido durante el Mundial de Rusia.

Todos los años, los hinchas del fútbol uruguayo se ilusionan con que su equipo salga campeón de una copa internacional. Los partidos monopolizan las charlas diarias en las oficinas, la formación del equipo se convierte en un tema de debate álgido, se repiten las anécdotas de quiénes recuerdan aquel día en que su equipo ganó la final. Pero año tras año, así como la ilusión aparece, se vuelve a romper. El hincha enojado añora el tiempo en que el equipo le ganaba a cualquier rival en cualquier escenario.

Es que el fútbol profesional se impone a la hora de ganar y las prácticas amateur, tan arraigadas en el fútbol uruguayo, pasan factura cuando se enfrentan con niveles más altos. “Y por eso nunca vamos a poder salir a competir a nivel internacional, como todos vendemos cuando empieza la Libertadores: ‘Vamos por la sexta Peñarol; vamos por la cuarta Nacional’... Mentira”. Las palabras de Abreu fueron una cachetada de realidad ante la expectativa que se genera año tras año.

El fútbol se ha profesionalizado. Pero el profesionalismo no se limita a pagar sueldos elevados que permitan acceder a mejores futbolistas. Los avances tecnológicos en la salud y el entrenamiento han cambiado la forma en la que los jugadores se alimentan y se cuidan, factores que sirven para potenciar sus rendimientos. Los futbolistas actuales de elite recorren más kilometros a mayor velocidad, por lo que deben ser cada vez más atletas y no solo buenos con la pelota en los pies.

Sin embargo, en Sudamérica, y sobre todo en Uruguay, se tardó en advertir esa situación y se empezó tarde. “La mano viene mal”, dice con resignación el doctor Edgardo Barbosa, integrante del cuerpo médico de la selección uruguaya de fútbol desde 2005, y que también forma parte del equipo médico de Nacional.

En el Mundial de Rusia los cuatro semifinalistas fueron selecciones europeas (Francia, Croacia, Bélgica e Inglaterra) y de las últimas 15 finales del mundo a nivel de clubes, 11 fueron ganadas por equipos europeos y cuatro por sudamericanos.

Los especialistas consultados señalaron que hay diferencias de rendimiento que se explican por cuestiones genéticas. Que Francia recluta a sus jugadores del oeste africano, zona del continente en la que los niños tienen un mejor desarrollo, y que los forma futbolísticamente desde muy chicos en sus academias. Que en América los brasileños tienen una forma de correr y jugar que les permite resisitir el partido a mayor intensidad o que los ecuatorianos son jugadores potentes que pueden correr a alta velocidad durante 90 minutos. Sin embargo, frente a países donde la genética no es tan determinante para ser competitivo, Uruguay “arrancó tarde”.

“Uruguay tiene la medicina del deporte más pobre de América, hasta por debajo de Bolivia”, afirma Barbosa. Para el doctor, el fútbol uruguayo “no puede seguir así” y habría que hacer “cambios profundos” para lograr que vuelva a ser competitivo. “Ojalá que salgamos campeones del mundo, pero no va a ser así. Nosotros no tenemos infraestructura —recursos humanos sí— para ponerlos a competir con el primer mundo”, agrega.

Con 50.000 niños jugando al baby futbol todos los fines de semana, es difícil que no aparezcan buenos jugadores en Uruguay. El problema es que se los educa para enfocarse en la técnica y no se hace tanto énfasis en la importancia de otros factores, como la alimentación y la disciplina, para lograr el mayor rendimiento.

En el resto de América la medicina del deporte avanza. Al jugador se le hacen cada vez más estudios rigurosos para captar los detalles que lo puedan hacer rendir a un mayor nivel. Sin embargo, en Uruguay ningún club tiene, por ejemplo, una máquina isocinética, que permite ver el balance de los músculos de las piernas, un estudio que en el fútbol profesional se hace para luego diseñar de forma individualizada los entrenamientos de cada jugador.

Diego Lugano, excapitán de la selección uruguaya y actual gerente de Relaciones Institucionales del San Pablo de Brasil, también puso el ojo en esa situación. “Hace un par de meses trajimos (a San Pablo) a Gonzalo Carneiro, de Defensor Sporting, que es de los mejores equipos en Uruguay, y le hicieron diferentes estudios: no tenía un solo músculo en todo el cuerpo equilibrado, algo esencial para poder alcanzar la alta performance. Es como si viniera de un fútbol amateur”, declaró a Montevideo Portal el 24 de julio.

“Es duro, pero no está lejos de la realidad. Nunca fuimos profesionales. Los preparadores físicos están muy capacitados, pero a veces terminan trabajando a ciegas”, coincide Barbosa.

Para Alejandro Valenzuela, preparador físico de Peñarol, la diferencia no se da por solo cuestiones físicas, sino también por la intensidad y el ritmo con el que se juega en Uruguay. “El futbol uruguayo es lento. Pero Uruguay jugó un Mundial y no había equipos tan superiores físicamente”, argumenta.

Las carencias, según Valenzuela, se deben a que al jugador le cuesta, como se dice en la jerga futbolística, “leer el juego”. “Para jugar rápido o tener sorpresa tenemos carencias. En Europa cuando un compañero recibe, otro ya está corriendo para recibir. Ahí es donde sacan ventaja”, afirma.

Alimentación balanceada.

Los jugadores de Plaza Colonia almorzaban panchos con arroz el año que salieron campeones. El menú llamó la atención de los medios internacionales, que observaron con estupor cómo jugadores de un equipo profesional comían de forma totalmente inadecuada para competir. El plantel de Rampla Juniors se juntaba en las gradas de su estadio a comer guiso antes de algún partido. En los vestuarios de los clubes uruguayos los bizcochos siempre están prontos para festejar una victoria importante.

La alimentación es otro de los aspectos que diferencian al fútbol amateur del profesional. Pastas y arroz integral para evitar platos con alto contenido graso, semillas y carnes magras para las proteinas son algunos de los puntos elementales de la alimentación de los equipos de elite. Además de que existe una planificación de comidas diarias según el entrenamiento que se haya hecho, y teniendo en cuenta cuántos días faltan para el partido siguiente.

Mientras en el fútbol de elite sudaméricano los 11 jugadores presionan en el campo contrario, regresan al propio y vuelven a presionar, en Uruguay cuesta hacerlo con intensidad.

Mientras que Nacional y Peñarol implementaron políticas de alimentación para sus planteles, los equipos menores, que son la mayoría, apenas logran pagar los sueldos. “¿Cómo querés que tengan cereales carísimos, pastas integrales, cuando cobran un sueldo mínimo y tienen dos hijos”, se preguntaba Abreu en la TV.

Según la nutricionista de Nacional, Cecilia Betolaza, “cuando un equipo no tiene la parte científica bien desarrollada, se nota en lo físico y en la velocidad”.

Para el doctor Barbosa, el tema de la alimentación inadecuada excede el motivo económico de los clubes y se centra en una cuestión cultural. “No hacer las cuatro comidas es cultural. Aunque estamos mejorando, algunos jugadores no hacen el click positivo”, sostiene.

La cultura como base.

Luis Suárez llegó en 2006 a Holanda siendo el mejor delantero del fútbol uruguayo. En los estudios médicos de su nuevo equipo lo encontraron con porcentajes de grasa muy altos y le tuvieron que cambiar la dieta. Maximiliano Gómez, goleador del Defensor Sporting campeón del Apertura 2017, debió bajar siete kilos en su primera temporada en Europa. Rodrigo Amaral, promesa juvenil del futbol uruguayo, no podía completar 90 minutos en un Sudamericano de menores de 20 años y fue separado del plantel profesional de Racing Club de Argentina hasta que lograra ponerse bien físicamente.

“Nos está costando cambiar los hábitos del jugador uruguayo”, reconoce Valenzuela. A pesar de que Peñarol y Nacional tienen instaurado el desayuno previo a los entrenamientos, no siempre el jugador es consciente de que la alimentación es importante para su rendimiento. “Hay jugadores que no entienden que si no desayunan pierden masa muscular y tienen que cuidar más su cuerpo que a su auto. Al auto le pone nafta súper y al cuerpo queroseno”, compara.

Para Barbosa, la falta de cuidado ocurre porque el jugador “es como un adolescente”. “Hay jugadores que técnicamente son superiores, pero que no aceptan todas las reglas de entrenar bien, alimentarse correctamente y piensan que con la alta técnica deportiva van a perdurar”. Es por eso que en Europa únicamente llegan a mantenerse “los que están consunstanciados” en ser profesionales, afirma.

Con 50.000 niños jugando al baby futbol todos los fines de semana, es difícil que no aparezcan buenos jugadores en Uruguay. El problema es que se los educa para enfocarse en la técnica y no se hace tanto énfasis en la importancia de otros factores, como la alimentación y la disciplina, para lograr el mayor rendimiento.

En canchas semivacías, con pastos altos y líneas a medio pintar, jugadores con una panza prominente meten cambios de frente y trotan fatigados. Otros meten goles, amagues y pisadas, pero no logran aguantar el ritmo más de 90 minutos sin boquear. Esa es la realidad que se ve cada fin de semana en el fútbol uruguayo.

“Entrené al Chino Recoba y a Raúl, el excapitán del Real Madrid, en Qatar. Los dos eran delanteros y zurdos. El Chino tenía muchísimas más condiciones, mejor pegada, mejor dribbling e hizo nueve goles de córner. Raúl, cuando sacaba el córner, no llegaba al área chica. Pero era extremadamente profesional, competitivo e inteligente. Si juegan 10 Chinos Recoba contra 10 Raúl, ganan los Raúl”. La anécdota que cuenta Valenzuela es un ejemplo de muchos jugadores uruguayos que como eran buenos técnicamente se les permitía deslices a la hora de entrenar.

Para los especialistas, comenzar a inculcar los hábitos desde las divisiones juveniles sería lo ideal para educar al jugador en la cultura de ser profesional. “En Europa es impresionante, hay academias en donde los jugadores ya están comiendo bien, durmiendo bien y entrenando a un altísimo nivel desde edades tempranas”, dice Valenzuela.

Pero llevarlo a una escala uruguaya es complejo dada la situación familiar de muchos adolescentes que apenas logran comer más de una vez en el día. “El contexto familiar afecta muchísimo, el fútbol se nutre de jugadores de avenida Italia para el norte. Llevamos jugadores a la selección uruguaya sub-15 y vuelven a sus clubes agrandados, mirando por encima del hombro a sus compañeros y no dan bola”, afirma Barbosa.

¿Cómo puede una selección uruguaya o un equipo competir a un alto nivel con tanta desigualdad? “Esa garra charrúa es la que nos hace competir con otros que son mejores. Por carácter, por personalidad. Al Chengue Morales lo mirabas y decías que no podía jugar al fútbol, y después siempre rendía más de lo que era”, dice Valenzuela.

A pesar de las carencias, la selección uruguaya logró nuevamente un buen desempeño en el último Mundial. Sin embargo, no faltaron quienes aspiraban a un resultado mejor. “El quinto puesto en el Mundial es un milagro”, sostiene Barbosa. “No es un verso eso de que hay un grupo de jugadores con un objetivo y que van preparados para eso. Esa es la única forma de disminuir la enorme ventaja que damos día a día”.

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