Hijos y nietos de personajes reconocidos en Punta del Este, La Barra y José Ignacio continúan marcando la huella que llevó a sus padres y abuelos a afianzarse en la zona; algunos lo hacen desde el negocio familiar y otros impulsando sus propias iniciativas

Apellidos con acento esteño

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Nº1849 - al de Enero de 2016
Elena Risso - Fotos: Leo Barizzoni
(Parados) Gabriela Iturria, Aurelian Bondoux, Juan Diego San Martín; (sentados) Florencia Sáder, Piero Atchugarry; (en el suelo) Joaquín Ruibal.

Juan Diego San Martín está acostumbrado a que le digan: “tu abuelo me salvó la vida”. Gabriela Iturria recibe seguido en su restaurante a clientes de sus abuelos, que se emocionan y lloran recordando anécdotas de otras épocas. Joaquín Ruibal asegura que gracias a lo hecho por su padre y por su abuela materna, a él se le han abierto varias puertas en la costa de Maldonado.San Martín, Iturria y Ruibal son tres apellidos emblemáticos en Punta del Este, La Barra, José Ignacio y alrededores. Los tres identifican a familias que en su momento llevaron adelante actividades o emprendimientos pioneros para la zona balnearia de Maldonado. Pero no son los únicos. La familia Sáder, por ejemplo, desde hace más de un siglo se dedica a hacer negocios en Punta del Este, y otras como Bondoux o Atchugarry, aunque más nuevas en la zona, también se destacan por actividades que desarrollan desde hace varios años.

Buena parte de esas familias tienen o tuvieron una figura que dio los primeros pasos, a la cual siguieron hijos o nietos que continuaron con el negocio. También hay descendientes de esas familias que optaron por dedicarse a actividades que no guardan relación con la de sus antepasados, a pesar de que saben que sus nombres están asociados a una tradición esteña.Una tarde a fines de diciembre, galería reunió a Juan Diego San Martín, Gabriela Iturria, Joaquín Ruibal, Florencia Sáder, Aurelien Bondoux y Piero Atchugarry para hablar de sus historias familiares y proyectos. Muchos de ellos se conocían de antemano, por pertenecer a la misma generación o por llevar adelante actividades comunes que suscitan encuentros en distintas ocasiones. Ellos seis son solo algunos ejemplos de “apellidos ilustres” para la zona costera, pero no son los únicos. Los descendientes del fallecido artista Carlos Páez Vilaró, y los hijos de Martín Pittaluga, dueño del restaurante La Huella, son solo dos casos.

Juan Diego San Martín

El CHOCOLATERO. Hace cinco años murió Roberto San Martín, el último de los siete médicos que en la década de los 50 fundó el centro asistencial que se conoce como el Sanatorio Cantegril de Punta del Este. San Martín nació en Montevideo, pero su nombre está asociado a la costa esteña por su trabajo en ese sanatorio y también en el Hospital de Maldonado.Con él se inició una tradición familiar de médicos y odontólogos, a la que se sumó también algún veterinario. No obstante, en esa familia hubo quienes decidieron romper con esa vocación, como Juan Diego, de 29 años,  responsable de la chocolatería Late, que tiene un local en Punta del Este y otro en Montevideo, en la zona de Punta Carretas.Juan Diego nació en Montevideo y prácticamente enseguida se trasladó con el resto de su familia a Punta del Este. Desde chico escuchó hablar de su abuelo. “Falleció hace ya cinco años y todavía me cruzo con gente que me dice 'tu abuelo me salvó la vida' o 'tu abuelo tal cosa”, contó.Cuando tenía 20 años, Juan Diego viajó a España, donde “circunstancias de la vida” lo llevaron a trabajar como vendedor en una empresa de chocolates, pero al volver a Uruguay decidió crear su propio negocio en ese rubro. “Me considero un chocolatero porque conozco mucho del producto”, explicó el empresario, que una vez instalado en Uruguay viajó a capacitarse a Barcelona y a Bélgica.Si bien su trabajo no está vinculado a la Medicina, considera que lo hecho por sus antepasados le ayudó a abrir puertas. “Si tu familia hizo las cosas bien, conocer gente en un país chico te ayuda mucho”, aseguró Juan Diego.

Gabriela Iturria

DESDE EL PAÍS VASCO. En 1925, Ascencion Iturria llegó a Uruguay desde el País Vasco. Una vez en Punta del Este comenzó a trabajar como cocinero, y luego se fue abriendo camino hasta que, en 1944, fundó Mariskonea, el restaurante de especialidades vascas que hasta 2004 funcionó en la calle 21 y la rambla de la Playa Brava.Fue un proyecto que inició con su esposa, Gabriela González, y que tenía una particularidad: en él funcionaría una piscina entre las rocas que sería “el mejor lugar para criar mejillones”, recordó Gabriela, nieta de los fundadores de Mariskonea. “Al principio era un lugar para una picada, un vino. Después, Punta del Este empezó a crecer. La idea era ofrecer productos frescos, pescados y mejillones”, dijo Gabriela. Durante décadas Mariskonea fue un símbolo de la gastronomía de la península y la tradición familiar al frente del local la continuó su hijo José Luis, hasta que el restaurante cerró en 2004.Hace un par de años, Gabriela junto a su esposo Gonzalo Ramos y otros socios, reabrieron Mariskonea. Otra vez eligieron la calle 21, pero esta vez en el extremo opuesto de esa vía, frente al puerto de Punta del Este. “Intentamos reabrir en el mismo lugar, pero era muy grande. Además iba a ser una mochila muy grande, con recuerdos lindos y tristes”, contó Gabriela. La tradicional casona de Mariskonea fue demolida a mediados de este año.Hoy, el Mariskonea que lleva adelante Gabriela trata de mantener la tradición familiar. Para eso cuentan con el trabajo de Juan José, un chef que durante diez años trabajó con su abuelo. “Vienen viejos clientes que se emocionan, lloran, se alegran, nos felicitan porque la comida es la misma. Y vienen muchos adultos que antes eran niños que venían con sus abuelos, y ahora vienen con sus hijos”, contó.

Joaquín Ruibal

A CLASE EN PONY. Joaquín Ruibal vivió toda su infancia en José Ignacio. De niño iba en pony, con su túnica blanca y una moña azul, a la escuela rural de la zona. Era ahí donde su padre, Ignacio Ruibal, había fundado la inmobiliaria que llevaba su nombre, en un pueblo de pescadores que tenía un movimiento muchísimo menor que el que tiene hoy en los meses de verano.Joaquín no solo está ligado a la costa de Maldonado por su padre. Su abuela materna, la argentina Patricia Cook, también fue responsable de su apego por el balneario. “Ella era modelo, vendió cueros a Estados Unidos, después fue comprando tierras y fue una pionera en las chacras marítimas. Compraba campos grandes, fraccionaba y los vendía como chacras. Después abrió Country Cook en Punta Ballena, donde se vinculó con la gastronomía”, recordó su nieto.Luego de pasar su niñez y adolescencia en José Ignacio, Joaquín viajó a Buenos Aires a estudiar. Primero probó con la Ingeniería Industrial, que luego abandonó para licenciarse en Administración de Empresas y como analista de sistemas. Pero el ruido de la capital argentina fue demasiado para él y decidió volver a Uruguay.En 2014, además de colaborar con su padre en la inmobiliaria, en su chacra ubicada en Camino Eguzquiza de La Barra abrió su propio emprendimiento: Granja la Nonna. En un principio era un lugar abierto al público, pero luego de un robo en el que le llevaron todo decidió cambiar el perfil del negocio. Hoy produce y vende productos de campo de calidad a distintos restaurantes de la zona.Joaquín reconoció que su familia es “bastante influyente” en José Ignacio, La Barra y Punta Ballena. Eso le ha dado “ciertos beneficios”, porque, según explicó, en la costa esteña se conocen todos.

Florencia Sáder

ORÍGENES LIBANESES. En 1911 los hermanos libaneses Emilio y César Sáder llegaron a Uruguay y abrieron un almacén de ramos generales. Casa Sáder estaba ubicada en la zona del faro, y allí se hacía “un poco de todo”, incluso transacciones de propiedades. Así se inició el negocio familiar que hoy se conoce como Sáder Inmobiliaria, una de las más antiguas de su rubro, con sucursales en Punta del Este y José Ignacio.Luego, Emilio y César se casaron con dos hermanas vascas, y sus descendientes eran primos por partida doble. Con esta particularidad, la familia Sáder se fue expandiendo, siempre en la zona de la península, e incursionando en distintos negocios, con hijos y nietos que trabajaron en diferentes rubros. Florencia, nieta de Emilio, se volcó al mundo del arte. En 1998 viajó a Estados Unidos y estudió Administración de Arte, trabajó en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), en el Museo Guggenheim de Nueva York, y en el Museo de Arte Americano de la OEA. Una década más tarde retornó a Punta del Este y ahí, además de trabajar en la inmobiliaria familiar, decidió volcar su experiencia internacional a nivel artístico, organizando charlas y muestras. Hace unos años, por ejemplo, impulsó un distrito de arte urbano en la península. La propuesta consiste en que un determinado artista contemporáneo intervenga la fachada de un edificio abandonado, como forma de darle vida a una zona que se ha quedado en el tiempo, y por la que ella siente especial afecto, pues es el lugar en el que progresaron sus antepasados.Este año, además, Florencia fue electa concejala de Punta del Este, y su trabajo está enfocado especialmente en temas artísticos y patrimoniales.

Aurelien Bondoux

DE FRANCIA A URUGUAY. Hace casi 40 años, el chef francés Jean Paul Bondoux se instaló en Punta del Este. Poco a poco, su restaurante La Bourgogne se convirtió en una referencia indiscutida de la gastronomía esteña, con el que ha obtenido reconocimientos a nivel internacional. A eso se sumaron otros emprendimientos gastronómicos, como La Table de Jean Paul, el Almacén Palmar y el Espace Gourmand de José Ignacio.En los últimos años, Bondoux —un personaje muy reconocido fuera de fronteras— cuenta con un aliado que se ha ido abriendo camino a su lado: su hijo Aurelien, también chef, también nacido en Francia, pero que apenas llegó a este mundo vino a vivir a Punta del Este.Durante los meses de verano, Aurelien es quien se encarga de los locales de José Ignacio, y el resto del año está con su padre en los restaurantes de Punta del Este. Pero además, este año comenzó sus propios emprendimientos: la asesoría a un restaurante que funciona en un frigorífico de Paysandú; y la apertura de Lupulus, un bar de cervezas artesanales frente al puerto de Punta del Este.Es la primera vez que Aurelien enfrenta una temporada con un negocio propio. Él reconoce que son muchos los que quieren apostar a iniciativas similares, pero que no todos funcionan, porque emprender en Uruguay tiene sus complejidades. Para él, la clave está en lograr que las cosas tengan identidad, algo que seguramente haya aprendido luego de trabajar tantos años en los restaurantes de su padre, lugares que tienen un perfil marcado y que se han mantenido vigentes. “Los locales deben tener identidad. Capaz que hay gente que va al bar y no le gusta, pero tiene su identidad”, explicó.

Piero Atchugarry

DE PROFESIÓN, GALERISTA. En 2007 el escultor uruguayo Pablo Atchugarry abrió una fundación que lleva su nombre. Al mismo tiempo inauguró un espectacular parque de esculturas ubicado en la ruta 104, en Manantiales. Ese espacio se convirtió en una referencia artística y cultural, y cada verano es sede de muestras, conciertos y actividades de diversa índole.Atchugarry es uno de los artistas uruguayos vivos más reconocidos en el mundo, y por eso su presencia en el país en los veranos no pasa inadvertida. Además, desde hace unos años decidió incursionar en negocios de otra índole, como el proyecto en Tierra Garzón, a 10 kilómetros de Pueblo Garzón. En ese lugar funciona la Galería Piero Atchugarry, un espacio que gestiona el hijo menor del artista. Piero, nacido en Italia, recorre ferias internacionales y ahora piensa abrir su galería en Miami.Piero aseguró que siempre quiso ser galerista y para eso se preparó a conciencia. Estudio Economía y Finanzas en Londres y luego hizo un máster en Arte moderno y contemporáneo en Christie's. Hoy vive la mayor parte del tiempo en el exterior, en especial Italia y Nueva York, donde promueve su galería de Pueblo Garzón.Los intereses artísticos de Piero pasan por la abstracción geométrica de los años 60, por artistas italianos como Alberto Biasi y Bruno Munari, y la línea minimalista. Con esa visión, el galerista lleva adelante su propio emprendimiento, que cuenta con el respaldo del apellido Atchugarry. 

Agradecemos al restaurante La Susana de José Ignacio por su colaboración para esta nota.

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