Aplaudiendo la guerra

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Nº2018 - al de Mayo de 2019
por Andrés Danza 

Hay episodios que son símbolos. Quedan en la historia como la mejor representación de una época. Resumen en pocos minutos realidades mucho más profundas y complejas, que tienen años de formación. Así fue la noche en la que cayó el Muro de Berlín en 1989 o 20 años antes el momento en el que Neil Armstrong pisó la Luna, por citar solo dos casos emblemáticos en la segunda mitad del siglo pasado. En el ámbito local, se puede mencionar como ejemplo la entrada de los militares al Palacio Legislativo en la madrugada del 27 de junio de 1973 o el segundo gol uruguayo en la final del mundo en el estadio de Maracaná en 1950.

Todos ellos y muchos otros funcionan luego como puertas de entrada a determinados períodos de la historia. Tras de sí, esconden tiempos gloriosos o decadentes y a millones de personas y otros eventos que pasaron más rápido al olvido. Cumplen la misma función que el título en un libro o en una película y por eso sobreviven, como el reflejo más nítido de un pasado que se va haciendo borroso.

Lo que ocurrirá el segundo fin de semana de mayo en Montevideo es uno de esos episodios. Capaz que mucho menor en comparación con los citados, pero igual de importante en cuanto a lo que simboliza: un país partido. Hoy, muy pocos lo ven como tal, pero es probable que no haya evento más significativo de la división en la que viven los uruguayos que el que tendrá lugar en el estadio Campeón del Siglo el domingo 12.

Ese día, a las 15 horas, Nacional visitará a Peñarol en su “territorio” para protagonizar el evento más importante del fútbol local, un clásico que se juega desde hace más de 100 años. Pero esta vez no será en un terreno neutral. Esta vez quedará oficializada esa grieta que tanto ha crecido y que ahora se parece a un océano.

Todo ocurrió en unas pocas décadas. Primero se separaron las hinchadas, que antes compartían la Tribuna Amsterdam del Estadio Centenario, colocándose a cada uno de los lados. Después tampoco se habilitó la posibilidad de compartir la Tribuna Olímpica y la Tribuna América con simpatizantes del otro equipo, como si el solo hecho de convivir fuera una incitación a la violencia. Lo mismo ocurrió con la adquisición de las entradas, que ahora tienen hasta más requerimientos que un pasaporte. Pero el punto cúlmine es que ni siquiera el estadio será neutro de aquí en adelante. Hasta eso estará identificado con una camiseta determinada.

Es otro paso, fundamental, en esta involución constante a la que parece que solo sobrevivirán unos pocos hinchas visitantes, si sobreviven. Para llevarlos además será necesario un operativo extremo: ómnibus custodiados, puntos de encuentro, controles en los días previos, toda una puesta en escena insólita y decadente.

Lo peor es que el hecho de que el partido clásico se juegue de esa forma es interpretado como algo positivo. Y si se logra concretar sin incidentes, será visto como un éxito. Sí, como un éxito, aunque suene absurdo. Ya no son solo las tribunas las que separan, ahora es todo el estadio. Porque ahora sí no se hace nada para evitar la guerra, simplemente se le ponen reglas y después se la aplaude.

Es cierto que en otros países también se hace de esa forma. La diferencia es que en esos lugares no hay un estadio como el Centenario, que es un símbolo de Uruguay, pero de otro Uruguay, del que está agonizando. No solo en fútbol, también en política y en muchos otros aspectos de la vida cotidiana. El fútbol es un reflejo de una sociedad que cada vez ama más odiarse, en todos los ámbitos. Cada vez son más las personas que prefieren el mundo de los buenos y los malos, de ellos y nosotros y que recurren a la confrontación como el principal alimento.

Esto es un fracaso y no solo del gobierno: de toda la sociedad. No hay mejora posible durante la guerra. Los que tienen responsabilidades en la política y en el fútbol no tienen que avalarla y alimentarla, deben desarticularla cuanto antes. Y no es dividiendo hasta en los estadios que se logra disuadir. No da resultado ni lo ha dado en ninguna parte del mundo. Así lo explicó el jueves 25 de abril al programa radial En perspectiva el sociólogo argentino Pablo Alabarces, especialista en la violencia en el fútbol y la “cultura del aguante”. Separar y reprimir “no sirve para nada”, hay que “sentarse a hablar” con las hinchadas por años y hacerlas convivir, como ocurrió en Inglaterra, recomendó.

Pero claro, hacer eso da mucho más trabajo y es menos efectista. Lo que se presenta como un logro es que el clásico de fútbol se pueda jugar en “territorio enemigo”. Para llegar a eso es que el Ministerio del Interior está realizando sus “mayores esfuerzos”, según declaró el subsecretario de esa cartera, Jorge Vázquez, en el programa Punto penal de Canal 10. Confesó que cuesta mucho trabajo lograrlo y que al gobierno le está provocando algunos dolores de cabeza, pero igual se mostró optimista con conseguir el objetivo.

La discusión seguirá sobre la mesa durante los próximos días. Pero el centro será cómo llevar la división a su máximo extremo, con separación de hinchadas, tribunas y hasta estadios, sin consecuencias negativas. Así de surrealista es el momento actual. Lamentablemente, son muy pocos los que al menos manifiestan su duda respecto al camino elegido.

Por eso lo del principio, lo del momento de quiebre, lo de los episodios puntuales que son el mejor resumen de una época determinada. Todo se corrió hacia el terreno bélico, todo se hizo mucho más radical, blanco o negro, ganar o morir. Una verdadera estupidez. El fútbol ya no es un lugar de encuentro y de sana competencia. Ahora manda el fanatismo.

Lo peor de todo es que la política se parece cada vez más al fútbol. Por supuesto que hay excepciones y ojalá que en este año electoral sean las triunfantes, pero las señales que se ven en las redes sociales y en el debate público son alarmantes. Dos hinchadas, dos tribunas, dos estadios, dos bloques políticos, solo queda llegar a dos países distintos. Y falta muy poco. 

✔️ Demasiado House of Cards

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