Bonitas máquinas de odio

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Nº2001 - al
por Fernando Santullo

(Esta columna se lee mejor escuchando el disco Pretty Hate Machine de Nine Inch Nails)

“A nadie le deseo tanto la muerte”. “Ahora sé dónde buscarlo”. “Lo odio”. “Un sorete”. “Justo ayer tuve una conversación con mi madre sobre cuánto lo odio”. “Qué miedo que tiene ese gordo cagón”. “Todo el tiempo dice cosas de mierda”. “Criaste ese nido de ratas que te escuchan”.

¿Qué pasó? ¿Pisé una víbora? ¿Interrumpí una reunión del Ku Klux Klan? ¿Se calentaron conmigo los Tenientes de Artigas? Nada de eso. Simplemente no quise discutir con una persona a la que no conozco y que intentó bardearme en una red social. Hice lo que se hace cuando uno ve venir un loco por la vereda: desviar la vista y cruzar la calle. Cero respuesta a la provocación y bloqueo, que si para algo existe es para eso. La vida sigue, nada más.

Pero no, resulta que la persona es una activa militante de causas nobles y tiene un selecto grupo de amigos del palo, todos ellos seres de luz como se puede leer más arriba y que gustan de escrachar cualquier idea que no les gusta, incluso cuando esa idea ni siquiera es planteada. Todos ellos jóvenes, caucásicos, de nivel educativo y socioeconómico medio o alto. Todos, según sus propias definiciones identitarias, privilegiados hasta la médula. Todos inscritos en un discurso que se supone “inclusivo”, pero que, como se puede ver, supura odio y violencia hacia cualquiera que no esté inserto en su brevísima parcela ideológica.

Seres de luz que, acostumbrados como están a su cápsula de pensamiento único, mostraron su carita menos dulce y resultaron ser unas “bonitas máquinas de odio”. Vaya por delante que los insultos no me ofenden especialmente, algunos punkies me han gritado cosas peores en algunos conciertos. El que opina se expone, aunque en este caso ni siquiera alcancé a opinar. Confieso que me da ternura el mozalbete que informa a su manada de puros que conversó con su mami sobre el tamaño del odio que le despierto. Casi puedo ver a la dulce señora que tan bien supo educarlo en ese odio, revolviéndole el pelo rebelde, orgullosa, mientras lo premia con un Garoto crocante. O con un Serenata de Amor, que dice la gente son más ricos. A mí me gustan los Garoto rellenos de fruta, qué le voy a hacer.

Más allá de que alguien debería explicarle a quien escribió “A nadie le deseo tanto la muerte” y “Ahora sé dónde buscarlo” que eso huele a amenaza y a delito, me tomé la molestia de leer los, ejem, argumentos del incendio que tenía en llamas a las “bonitas máquinas de odio” en las redes. Acá va el primero: “A mí realmente me sorprende cómo gente que opera desde hace años en un arte tan increíble como es la música aún no tienen (sic) la apertura mental y la actualización de software como para entender los movimientos sociales actuales, qué pasa con ellos y cuál es su lugar como artista”. Bien, a la idea de que al artista le corresponde un lugar que debe ser determinado por los “movimientos sociales” (o por quien desde el Estado se proclama portavoz de esa sensibilidad social) se le llamó hace muchos años realismo socialista y se caracterizó por producir bodrios que ensalzaron a varios de los peores regímenes totalitarios que conoció el siglo XX.

Es probable que sin saberlo (no son un derroche de lucidez) lo que estas “bonitas máquinas de odio” norcoreanas están pidiendo es que el arte se integre dentro de una suerte de jerarquía militar encabezada por activistas y militantes. El artista solo puede ser tal en tanto se inserte en una escala establecida desde los “movimientos sociales”. “Movimientos sociales” que son definidos por, ¡sorpresa!, los activistas de esos mismos “movimientos sociales”. Ouroboros, la serpiente que se muerde la cola.

Otra cita: “Ya que criaste ese nido de ratas que te escuchan y repiten tu verso estaría buenísimo que te preocupes por ponderar algo que al menos roce lo éticamente correcto”. Bueno, acá nos adentramos en otro pantano de palabras tiradas a la marchanta. ¿Qué quiere decir “éticamente correcto”? ¿Que uno debe aplaudir, aterrado, el dogma que tú obligues a aplaudir o que, a través de la argumentación uno pueda llegar al punto al que su conciencia lo lleve? Desde agosto de 2017 debo haber escrito unas 60 columnas en este medio. En ninguna de ellas pedí la muerte de nadie, en ninguna promoví el odio o la discriminación. En ninguna llamé “sorete” o “gordo cagón” a nadie (señalar gordos, otro inclusivismo top). En todas intenté desarrollar argumentos en torno a temas que me importan y que, creo, pueden tener interés para terceros. Que esos temas y esos argumentos coincidan o no con la agenda de los “movimientos sociales” es otro asunto que no tiene la menor relación con la ética. ¿Cómo quien se dedica a insultar, amenazar y denigrar en las redes cree que puede exigirle ética a alguien? Ética es poder usar sus nombres en esta columna (y con eso colocarme a su misma miserable estatura moral) y elegir no hacerlo.

Son pocos, dice un amigo. No hacen nada, dice otro. Yo creo que no son tan pocos, que hacen y que pueden hacer más desde el momento en que su odio selectivo encuentra ciertos ecos en determinadas sensibilidades gubernamentales. Unas que llaman “inclusión” a un recorte ideológico de puntos de vista que, se cree, deben ser impuestos al resto y que solo a veces tienen que ver con la inclusión real de la ciudadanía. Y creo que si naturalizamos esta creciente impunidad, el problema no van a ser solo unos posadolescentes más o menos ricos, de lengua áspera, que creen que pueden obligar al resto a vivir como ellos ordenan, sino algo mucho más grave.

“Si uno está verdaderamente convencido de que existe una solución para todos los problemas humanos, de que uno es capaz de concebir una sociedad ideal a la cual el hombre puede acceder si tan solo hace lo necesario para alcanzarla, entonces mis seguidores y yo debemos de creer que ningún precio es demasiado alto para abrir las puertas de semejante paraíso. Una vez que se expongan las verdades esenciales, solo los estúpidos y los malevolentes ofrecerán resistencia. Quienes se oponen deben ser persuadidos; si no es posible, es necesario aprobar leyes para contenerlos. Si eso tampoco funciona, se ejerce la coacción, tendrá que emplearse la violencia de forma inevitable. De ser necesario, el terror, la carnicería”, concluye Isaiah Berlin en su conocido Mensaje al siglo XXI. La carnicería que ya conocimos, agregaría yo.

El siglo XXI parece empeñado en olvidar a Berlin y concentrarse en atizar las llamas de la intolerancia más feroz en manos de la generación más mimada de la historia. Una que desprecia la democracia justamente por haber vivido siempre en ella, una que cree que es válido eliminar de la arena pública a todo aquel que no les baile el caldo. En esa senda les va a quedar una sociedad preciosa, puros panes y rosas. Y algún Serenata de Amor como premio al “inclusivo” que más profundamente se haya educado en el odio hacia las ideas ajenas y las personas que las sustentan.

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