Entrevista con el periodista y columnista Daniel Gianelli, integrante de la comisión reorganizadora del centro uruguayo del PEN Internacional

“Buena parte del periodismo independiente fue ingenuo, se comió la pastilla de que los dirigentes de izquierda estaban hechos de una arcilla especial”

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Nº2012 - al de Marzo de 2019
Por Elena Risso. Foto: Adrián Echeverriaga 

Buena parte del periodismo uruguayo fue “condescendiente” con los gobiernos frenteamplistas y en especial con la figura de José Mujica. Esa es la impresión del periodista Daniel Gianelli, que considera que salvo “honrosísimas excepciones”, el trabajo de los medios tuvo una actitud “acrítica” con el oficialismo y eso, a su modo de ver, dejó al descubierto “ingenuidad” al momento de informar.

Gianelli tiene 75 años y trabajó como periodista durante 54 de ellos. Comenzó en 1968 en el departamento de prensa de Canal 5 y después trabajó en BP Color, fue corresponsal de la agencia española EFE, periodista de El País y Mundocolor, de la agencia Associated Press (AP). También colaboró con el diario argentino La Nación y el español El País.

La mayor parte de su carrera se desarrolló en Búsqueda, donde fue columnista, editor y consultor de la dirección. Publicó su última columna en el semanario en abril de 2018. 

Ahora Gianelli integra el centro uruguayo del PEN Internacional, una organización creada en 1921 en Inglaterra que reúne a poetas, ensayistas y novelistas y tiene como cometido la defensa de la libertad de expresión. El PEN se fue extendiendo y hoy está presente en 145 países, entre ellos Uruguay, donde llegó en la década de los 40; luego de un período de inactividad ahora retomó sus tareas.

Gianelli, cuya trayectoria forma parte de la historia del periodismo uruguayo, al punto de ser referente de varias generaciones, recibió a galería en su apartamento del Buceo. 

¿En qué situación se encuentra el PEN hoy en Uruguay?

El Centro PEN uruguayo ha estado inactivo desde hace bastante tiempo. A mediados del año pasado el escritor Hugo Burel y el embajador y escritor Carlos Orlando me convocaron para integrar un comité reorganizador con la idea de reactivarlo invitando a escritores, poetas, novelistas, dramaturgos, editores y periodistas con un único fin: adherir al centro para defender la libertad de expresión y, en caso necesario, asumir la defensa de quienes sean perseguidos por expresar sus ideas y opiniones. Me pareció una causa noble, un emprendimiento que merecía involucrarme. El comité procura hoy lograr la adhesión de la mayor cantidad de colegas a la declaración de 1948 y ha convocado a un acto abierto a todo público (ver recuadro).

¿Qué vínculo puede tener con la Asociación de la Prensa Uruguaya (APU)?

El PEN tiene la defensa de la libertad de expresión como único objetivo. La Asociación de la Prensa es una entidad gremial y por lo que ha sido su tradición histórica negocia con las empresas laudos salariales y tiene una actitud más política. Quiero creer que en el tema que nos convoca corremos en paralelo. 

¿Cómo ve la libertad de expresión en Uruguay?

En Uruguay existe total libertad de expresión. Nadie es perseguido por sus ideas u opiniones. Ahora bien, no hay lugar en el mundo en que alguna autoridad o interés político, empresarial, sindical, religiosa que, en determinadas situaciones no ejerza presiones políticas, económicas o de otro tipo sobre medios, periodistas o grupos sociales que cuestionan o ponen en duda sus “verdades” oficiales. El problema no es que haya presiones. Aunque sí, por supuesto, lo es. Pero el problema es serio cuando, por las razones que fueren, los medios, los periodistas, aceptan las presiones y ceden. Para que la presión tenga éxito alguien cede en sus convicciones.

¿Por dónde cree que pasan las principales dificultades para el periodismo uruguayo hoy?

Como toda actividad humana, el periodismo tiene etapas, ciclos, enfrenta nuevas situaciones, cambios tecnológicos, nuevos hábitos en la sociedad. La principal preocupación del periodismo hoy es que la pérdida de ingresos por publicidad condiciona y resiente los salarios y eso se refleja en la calidad de coberturas y contenidos. Los medios están también sintiendo otros impactos de la vida moderna. En general se lee menos, las nuevas generaciones se conforman con titulares a los que acceden a través del formato digital. No pasa solo en Uruguay. Es un fenómeno mundial, cuyo impacto en nuestro pequeño país es mayor por razones de escala.

Se habla mucho de dificultades como el pluriempleo o los bajos salarios. Para usted que trabajó durante años en las redacciones, ¿eso pasó siempre?

Pluriempleo siempre hubo, lo cual plantea cuestiones éticas complicadas cuando no siempre se tienen claras las lealtades del caso. En Búsqueda, bajo la dirección de Danilo Arbilla, se fijó el criterio de exclusividad, que solo exceptuaba el ejercicio de la docencia y el trabajo para medios extranjeros. El ideal siempre —así es en los grandes medios de los países desarrollados— es tener un solo trabajo y poder vivir dignamente con un solo empleo. El multiempleo condiciona el rendimiento y la calidad del trabajo, amén de los conflictos éticos referidos.

A lo largo de todos estos años, ¿cómo observa que ha sido la relación de los medios y el poder?

La relación entre los medios y el poder es siempre compleja porque los intereses de uno y otro son divergentes, cuando no contradictorios. Siempre ha sido así. Cuando ingresé a trabajar en periodismo hace más de medio siglo la prensa tenía fuertes compromisos con partidos y sectores políticos. El Día, Acción, El Diario, La Mañana respondían a grupos colorados. El Debate, La Tribuna Popular, El País, expresaban puntos de vista de sectores blancos. El Popular era la hoja del Partido Comunista. Y cada uno defendía los puntos de vista partidarios o sectoriales. Eran medios de militancia, donde muchos periodistas hacían carrera política. Esa prensa murió o agoniza. De todos estos medios el único que sobrevive es El País, que ha abierto sus páginas a personalidades que no son blancas, y sus coberturas son más neutras, menos partidizadas, atienden más el interés general. Lo mismo ocurre con El Observador. Brecha, la diaria, Voces, son medios que expresan puntos de vista de izquierda pero proceden con independencia, no son polea de transmisión de los partidos o movimientos del Frente Amplio.

Muchos sostienen que con la llegada del Frente Amplio al poder hubo cierta condescendencia, en especial con el deslumbramiento por la figura de José Mujica.

Absolutamente. Hubo claramente condescendencia. Y en algún caso mucho más. Hubo ingenuidad sin límite, una actitud acrítica. Y ni que hablar de condescendencia con Mujica, un político realmente fuera de serie, un ilusionista capaz de sacar siempre conejos y palomas de su galera para seducir, deslumbrar y cautivar a multitudes ganadas por la ideología, el prejuicio o la ignorancia. 

Es cierto que las verdades resplandecen con el tiempo. Es verdad que fue una fascinación que tuvo —y aún tiene— mucha gente. Pero los hechos son los hechos y terminan imponiéndose.

¿Cómo se explica esa condescendencia?

Tengo la impresión de que el desgaste de los partidos tradicionales se inició mucho antes del 2004; que el dominio que ejerció la izquierda en la sociedad uruguaya controlando organizaciones sociales, el mundo de la cultura y la educación, así como otras expresiones de la cultura popular, y la pérdida de la confianza de sectores de la ciudadanía en quienes gobernaron el país en los años posdictadura llevó, inevitablemente, al ilusionado y “esperanzador” voto castigo del 2004. Pero las cosas terminan siempre en su lugar.

Ahora bien, han pasado tres lustros. A los gobiernos del Frente, a los tres, se les han perdonado cosas que hace dos décadas no se les perdonaban a gobernantes colorados y blancos, hechos por los que se habría incendiado la pradera. No solo buena parte del periodismo fue condescendiente por ingenuidad y confianza desmedida. La responsabilidad de la crisis del 2004 anonadó a mucha gente, fue un impacto sobre toda la sociedad. Las críticas de la oposición durante años carecieron de impacto en la opinión pública. Y muchos periodistas no fueron ajenos y fueron influidos por ese fenómeno. Bueno es aclarar que ha habido —y hay— honrosísimas excepciones que hacen honor al mejor periodismo. Pero la verdad es que en el conjunto han sido voces escasas. Ahora mismo en el oficialismo hay condescendencia o silencio cómplice con la brutal represión en Venezuela y Nicaragua. Por mucho menos la izquierda incendió el país durante el gobierno de (Jorge) Pacheco. Quienes vivimos aquellos hechos lo tenemos claro. Sin embargo, muchos periodistas jóvenes, y otros no tanto, asumen versiones militantes de quienes han tratado de resignificar la historia reciente para justificar sus acciones violentas del pasado.

Es evidente que hubo condescendencia con la gestión de (Raúl) Sendic en Ancap, con la mentira del título inexistente, con sus “explicaciones” sobre el uso de la tarjeta corporativa. Eso fue así hasta que ya no fue posible defenderlo más porque se corría —se corre— el riesgo de perder la elección. Hay hoy condescendencia con (Tabaré) Vázquez y (Danilo) Astori, que hicieron campaña hace cinco años asegurando que no se aumentarían los impuestos. Está a la vista el manejo clientelístico de la administración. Lo de ASSE ha sido escandaloso. Surgen situaciones opacas, sospechas de corrupción y de corruptelas por aquí y por allá. 

“No es noticia sino propaganda todo lo que alguien viene a contarnos”

Usted es muy crítico pero existen periodistas independientes...

Sí, pero buena parte del periodismo independiente fue ingenuo, tan ingenuo que se comió la pastilla de que los dirigentes de izquierda estaban hechos de una arcilla especial; que la naturaleza humana con ellos no aplicaba. Como lo ha sido desde los años 60, el mito, la gran mentira, de la construcción del “hombre nuevo”. Es verdad que no fueron solo los periodistas los que se comieron la pastilla. Pero cada cual carga con su responsabilidad.

Quizás porque fui quince años corresponsal de AP hice el duro aprendizaje, muy gringo, de contrastar los dichos con los hechos. Un director de AP decía que no es noticia sino propaganda todo lo que alguien vienen a contarnos. Que lo que verdaderamente es noticia es todo lo que se le trata de ocultar.

Al fallecer en 2014 Ben Bradley, el editor del Washington Post que guio al periódico durante la cobertura del “caso Watergate”, minuciosa investigación que llevaron adelante Carl Bernstein y Bob Woodward en la que el periódico se enfrentó a la “presidencia imperial” de Richard Nixon, ambos publicaron en el Post una sentida semblanza de quien fue su jefe en aquellos años. Recordaron que Bradley recorría a diario la redacción interpelando y dando consejos a sus periodistas sobre los temas que estaban abordando. Y lo recordaron repitiendo, una y otra vez, a unos y otros, un consejo: “Nariz para abajo, culo para arriba y siempre adelante”. Una máxima del mejor periodismo. “Nariz para abajo”, que equivalía a no te la creas, desconfía de tus fuentes. “Culo para arriba” indicaba que sentado en la redacción nunca vas a conseguir una gran noticia ni entender mucho lo que pasa. “Y siempre adelante” para destacar que no importa si otro medio nos ganó la primicia. Si la noticia es importante hay que seguir avanzando en la información para mejorar el conocimiento de quienes nos compran el periódico, de los ciudadanos. Es un ejemplo muy vigente en estos tiempos de Internet, de resalta, recorta y pega, de dos frases de contexto tomadas a las apuradas de Wikipedia.

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