Nobleza obliga

Colchón de verdes

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Nº1985 - al de Septiembre de 2018
por Claudia Amengual

¿Por cuánto tiempo se sostiene un engaño? Se diría que, descubierto su mecanismo, uno evita reincidir en él. Sin embargo, algunas veces vemos la trampa, la reconocemos, y aun así vamos hacia ella esperanzados, con los ojos abiertos.

Tomo la carta de un restaurante y busco la oferta de ensaladas. Hay seis variedades: tibia de pollo, camarones, atún con berenjenas, césar, quinoa con morrones asados, salmón con paltas y semillas de sésamo. Me detengo en cada una y leo los ingredientes, incluidos los sofisticados aderezos. A cuál más deliciosa. Pero hay un detalle que me disuade y acabo pidiendo la pesca del día con puré de calabazas. Una pena, porque me apetecía comer ensalada. ¿Cuál es el elemento disuasorio? El infaltable colchón de verdes.

No sé cuándo tomé la determinación de no volver a pedir jamás una ensalada que tuviera cualquier referencia al color verde. Ni colchón de verdes, ni verdes a secas. Ya no me engañan más como lo hicieron tantas veces. Me harté de recibir un platón con dimensiones de piscina olímpica lleno de lechuga y algunas hojas de rúcula entre las que se escondían unas almendras locas, dos tiritas de pollo, unos croûtons de mala muerte y tres aceitunas negras. Dan ganas de gritar eureka cuando se tiene la suerte de pinchar uno de esos esquivos ingredientes. Tras un rato de bucear entre tanta verdura, la frustración campea y queda la sensación de haber pagado por la lechuga más cara del universo. Es decir, uno se siente un imbécil.
La primera vez, pasa. Pero hay una segunda y una tercera. Y, al cabo de un tiempo, sentados ante el quincuagésimo colchón de verdes, nos preguntamos por qué hemos caído de vuelta. Entonces, mientras el tenedor hace su trabajo hurgando entre el verdor y se alegra con el feliz descubrimiento de un miserable tomatito cherry, surgen algunas hipótesis y una posible respuesta.

Las personas necesitamos creer. Cada uno de los lazos con los que tejemos nuestra vida en sociedad conforma una compleja red de confianza sin la que no podríamos construir certezas. Huérfanos de certezas, quedaríamos paralizados por el miedo a la inesperada reacción del otro, inseguros ante la incertidumbre, esto es, a tientas.

Fiarse del otro es la base de toda comunidad. En todo momento nos valemos de ese hábito que es cultural y que nos permite operar como seres sociales, más o menos civilizados. A lo largo de un día tenemos múltiples interacciones que funcionan solo porque nos fiamos y porque los otros se fían. En pocas palabras, cuando entro a una tienda y me dan los buenos días, el dependiente no espera que le devuelva un insulto, sino un saludo equivalente que es la puerta de ingreso hacia la breve relación comercial que entablaremos.

Las personas necesitamos creer. Cada uno de los lazos con los que tejemos nuestra vida en sociedad conforma una compleja red de confianza sin la que no podríamos construir certezas.

A un nivel más profundo, necesitamos confiar porque, de otro modo, nos consumiría la angustia de no saber en qué afectos refugiarnos y qué relaciones personales nos sostienen. Esperamos más de quienes más queremos y depositamos en la amistad o el parentesco una dosis alta de expectativas, bastante superior a la que depositamos en la superficialidad de otro tipo de esferas de nuestra existencia.

De ahí que, cuando se viola la confianza en alguno de esos ámbitos privados, la mentira alcance niveles de traición y sus efectos sean devastadores. Algunas personas se fortalecen. Para otras significa la muerte. Aun así, después de haber recorrido buena parte del camino y haber cosechado suficientes experiencias propias y ajenas, aun habiendo sido víctimas y victimarios, reincidimos en el amor como una última esperanza para escapar a los peligros no de la soledad, sino del aislamiento. Y ahí vamos de nuevo.  

Los políticos conocen esta necesidad tan humana y con astucia insisten en apelar a ella ya sea con promesas que saben incumplibles, ya con intenciones sinceras. A través de un discurso emocional o de una descarada demagogia manipulan ese anhelo suplicante de un electorado que ansía creer en un porvenir venturoso. Ese deseo se vuelve una profesión de fe, un pensamiento mágico suficiente para que el político alcance su meta, pero no siempre suficiente para que cumpla sus promesas. El desencanto sobreviene.

Cada tantos años la política y sus partidos vuelven a ofrecernos sus distintas opciones de ensaladas. Y cada tantos años suspendemos la incredulidad por un momento, olvidamos nuestro propósito de no volver a fiarnos de ellos y renovamos las ilusiones. Es que, para sostener una democracia sana, necesitamos confiar, creer que, por fin, hemos encontrado a alguien con auténtica vocación de servicio. Alguien que no nos mienta. Lo hacemos, además, porque la opción es el vacío, la nada y sus tinieblas. O peor, la renuncia a nuestros deberes ciudadanos y el permiso para que otros elijan en nombre nuestro. Votamos. Pero no es lo mismo. Tras varias decepciones, se pierde la pureza y nos volvemos más cínicos que crédulos.

Las personas tenemos una propensión a creer, es cierto. No se debería abusar de ella. Ni en el ámbito privado ni en el público. No sea que, aburridos de tanto pescar tomatitos cherry, optemos por rechazar todas las ensaladas para evitar el engaño del impresentable colchón de verdes. n

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