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Los amigos imaginarios aparecen entre los tres y los cinco años; especialistas dicen que los padres no deben preocuparse, porque ayudan a estimular el juego y la imaginación

Compañeros de fantasías

6min
Nº2021 - al de Mayo de 2019
Por Elena Risso. Ilustraciones: @pazsartori_ilustracion

Cuando María se quiso sentar al lado de Bernardo, el niño le dijo que fuera a otro lugar porque ahí estaba Pit. “¿Pit?”, preguntó ella. “Sí, Pit, mi amiga”, le respondió el niño de tres años. La madre miró a su hijo extrañada y quiso saber más: él le contó que era una nena que usaba pollera y zapatos muy lindos. Al rato, cuando salieron a la calle, intentó agarrarle la mano para cruzar, pero él le pidió que lo tomara de la otra. “Acá está Pit”, le explicó. 

Pit era una amiga imaginaria. No duró demasiado en la vida de Bernardo; hay ocasiones en que esos compañeros de juegos pueden vivir meses o incluso años, ser más de uno, cambiar de nombre y de sexo. Son construcciones imaginarias de los niños que incorporan a sus juegos y rutinas; les hablan como que estuvieran enfrente, comparten comida, e incluso dicen que van con ellos al jardín o al colegio.

En las clases de centros educativos de tres a cinco años es frecuente que haya niños que hablan de sus amigos imaginarios, dijo una maestra que trabaja con chicos de esa edad. Se da de forma indistinta entre niños y niñas y los docentes lo toman como algo habitual de esa etapa de la vida, explicó.

Dos de cada tres niños tienen amigos imaginarios entre los cuatro y los siete años, indicó el diario El Mundo, de acuerdo con un estudio realizado por las universidades de Washington y de Oregon. 

Cuando se habla de amigos imaginarios surgen anécdotas que atraviesan distintas generaciones. Melanie, por ejemplo, contó que en su casa siempre se habló de Alicia, la amiga imaginaria de su tía. “Tenían charlas largas sobre lo que aprendían en la escuela, jugaban a tomar el té, le hablaba de cosas que le habían pasado, le contaba cosas de sus compañeros de clase”, recordó. Cuando caía la noche, Alicia se retiraba, decía su tía, porque las noches no eran para jugar. 

EFECTO COLE. Hay padres que lo toman como un juego y se suman a lo que dicen los niños; otros tienen cierto temor y se preguntan si esos supuestos amigos imaginarios no esconden en el fondo algo que debe ser tratado por especialistas.

No faltan los que se asustan y creen que sus hijos son como el pequeño Cole de Sexto sentido, que aterrado le confesaba al psicólogo que veía gente muerta. No hay que preocuparse: los amigos imaginarios existen, son creados por los niños y no son fantasmas que los acechan. 

En general, los especialistas aseguran que no hay riesgos y que, por el contrario, es sano que el niño estimule sus fantasías y el lenguaje “conversando” con esos niños.

También recomiendan a los padres que presten atención a las charlas que mantienen sus hijos con esos amigos, y que les pregunten sobre ellos. Eso, indican, ayuda a desarrollar la forma de comunicarse y la imaginación, y también permite conocer más de cerca los intereses e inquietudes de los chicos.

Tienen que hacer lo que siempre hay que hacer: aceptarlo con respeto y demostrar interés en lo que nos están contando. Es una manera más de demostrarles empatía.

“La mejor actitud es la de entrar en el juego pero haciéndole saber que es un juego. Jugamos a que es real, pero estamos jugando. Sin que esto intente desmantelarles la fantasía, para nada, simplemente como para actuar con el rol que como adultos nos corresponde, que es el de la orientación y guía hacia la vida de verdad”, dijo a galería Natalia Trenchi, psiquiatra de niños y adolescentes y psicoterapeuta cognitivo-conductual. 

MÁS DE UNO. Emma tenía poco más de dos años cuando empezó a hablar de Jobi. Jugaba con él, se reía, y hablaba a sus padres de su amigo. “Al principio nos asustamos”, contó Carolina, la madre de Emma, “porque recién nos habíamos mudado y no sabíamos nada de lo que había pasado en la casa”.

A Jobi después se sumaron Mary, Evi y otros amigos con nombres indescifrables. El día que Emma empezó el jardín, en la primera entrevista que tuvieron con la psicóloga, sus padres hablaron del tema. Ella les dijo que no se preocuparan, que era algo normal.

Había ocasiones en que Jobi era más grande, otras un bebé, y a veces una niña. Cuando Emma —que ahora tiene cuatro años— aprendió su dirección, contaba que Jobi vivía en la misma calle pero en otro número de puerta con su familia. Hoy solo sigue siendo “amiga” de Jobi; cada tanto aparece Mary; el resto desapareció.

MUCHA IMAGINACIÓN. La aparición de amigos imaginarios es recurrente en las consultas psicológicas, porque si bien no es el motivo que lleva a los padres a dirigirse a un profesional, en las charlas el tema aparece, explicó a galería Delfina Miller, doctora en Psicoterapia y profesora titular de la Maestría en Psicología Clínica de la Ucudal.

“Es del todo normal que los niños tengan un amigo imaginario y más aún es deseable, ya que es parte del uso de su capacidad de imaginación, de juego. A través de los amigos imaginarios los niños suelen 'ensayar' formas de relación, de juego, sintiéndose muchas veces más seguros y fuertes, ya que son ellos quienes manejan la situación”, dijo Miller.

La especialista señaló que se debe prestar atención a las características de esos amigos, porque a través de ellos los niños “muestran lo que desean, lo que temen, lo que saben o no saben, lo que sienten que pueden o no pueden”. Puede ocurrir, por ejemplo, que un niño señale un lugar del dormitorio y pida a la madre que le diga a determinada persona que se vaya de ahí, cuando a los ojos del adulto ahí no hay nada. “Cuando incomoda o pide que se vaya, ya no es un juego, es miedo a algo, se crea una situación que asusta, es una representación de los miedos”, dijo Miller.

“Son creaciones de ellos mismos y así como los sueños son una creación de quien los sueña y por eso nos dicen cosas del soñante, así también los amigos imaginarios nos hablan de los niños”, agregó.

Hay ocasiones, explicó Miller, en que los padres se preocupan o se asustan de esas charlas de los niños, cuando lo que deben hacer es seguirles el juego. Por ejemplo, si el niño quiere sentar a su amigo imaginario a cenar, le pueden colocar un plato “enfrente”, pero dejando en claro que se trata de un juego. 

EDAD TOPE. Los amigos imaginarios aparecen tanto en niños como niñas, empiezan a “verse” alrededor de los tres años y pueden durar hasta los cinco años.

“Luego de esa edad, los niños comienzan a tener bastante más claro en su diario vivir la diferencia entre la realidad y la fantasía y entonces ellos mismos ya van dejando de 'creer' en esos amigos. Es importante que los padres les sigan el juego cuando son pequeños, al igual que es importante que sigan en general los juegos de los niños, ya que realmente a través del juego el niño desarrolla muchas capacidades y ensaya situaciones en las que muchas veces busca sentirse el artífice, lo que lo hace sentir más seguro”, dijo Miller.

Para la psicóloga, la existencia de ese tipo de amigos se vuelve “preocupante” cuando se da en niños de más de seis años, porque puede indicar que existe una dificultad del chico para establecer vínculos reales. “El amigo imaginario no puede ser un sustituto de un amigo real”, explicó Miller. 

Si el niño interactúa con otros, se ríe, tiene un desarrollo acorde con su edad, pero le gusta hacer las cosas junto a su amigo imaginario, no hay que inquietarse. Solo seguirle el juego —haciendo notar que de eso se trata— y estar dispuesto a poner un plato más en la mesa o correrse de una silla que puede estar ocupada por alguien más.

Imaginación frondosa

¿Existe algún tipo de niño más predispuesto a tener ese tipo de “amistades”? ¿Por qué los niños inventan estos amigos? “Según la literatura, es más frecuente en niños que se sienten un poco solos: o son hijos únicos, o los mayores o son los únicos de un género entre hermanos del otro. Entonces, gracias a esa frondosa imaginación y sabiduría de los chiquitos, se proveen a sí mismos de algo que necesitan: una compañía”,  dijo a galería la psiquiatra Natalia Trenchi.

”Los límites entre la realidad y la fantasía en la infancia son más laxos que cuando crecemos, pero además, hay niños más fantasiosos que otros. Esos son los que tienen más facilidad para crear un personaje a quien hacen aparecer y desaparecer, que puede cometer travesuras o llevarse las culpas de ellas, o que se puede atrever a hacer cosas que él o ella no se anima, o a quien le pasan cosas que se temen y necesitan conjurar”, agregó.

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