Daniel Vidart. Foto: Nicolás Der Agopián

Daniel Vidart, uno de los mayores intelectuales uruguayos, deja un legado cultural invalorable

Con la boina puesta

5min 8
Nº2020 - al de Mayo de 2019
Silvana Tanzi

Estaba siempre de boina, tal vez como herencia de sus antepasados vascos. Fue antropólogo, historiador, ensayista y docente de varias generaciones. Él contaba que había tenido una formación “de príncipe”, porque su padre le había dicho que lo único que le podía dejar era una buena educación, además del conocimiento del país. Entonces el joven Daniel Vidart recibió en Paysandú, donde había nacido en 1920, una enseñanza que implicaba profesores particulares de varios idiomas y la práctica de deportes como boxeo, artes marciales o gimnasia sueca. Y además recorrió el país a caballo. “Nunca fui un hombre de biblioteca, lo que aprendí lo aprendí en el camino, soy un paisano con lecturas”, le dijo a Búsqueda en 2013.

Vidart murió el martes 14 a los 98 años, y el repaso de su vida y su obra llevan a aquel origen sanducero donde estuvo la semilla de su vastísima trayectoria. Los estudios de idioma le sirvieron en sus viajes por el mundo, los deportes para mantener una fortaleza envidiable y el caballo para recorrer el país y estar en contacto con las raíces de la identidad nacional, su principal materia de estudio. De aquellas travesías surgió uno de sus libros, Caballos y jinetes, “un himno al animal que adoro”, había explicado en la entrevista.

En su currículum figuran sus estudios de derecho y de ciencias sociales, sin embargo, dedicó su vida a la antropología y a la docencia en Uruguay y en otros países latinoamericanos. Fue un estudioso e investigador de temas tan variados como el tango, la inmigración, la vida rural, la cultura indígena, los cerritos de indios, los cronistas y viajeros de Indias o el cannabis. Y la lista podría ser interminable porque el legado que deja en libros, artículos y conferencias es inmenso.

Además de ejercer la docencia tuvo trabajos tan variados como sus intereses intelectuales. Por ejemplo, fue secretario personal del presidente Tomás Berreta y vicepresidente del Directorio del Sodre. Como consultor de la Unesco pudo conocer el mundo, y no es exagerado plantearlo de esa forma, porque le quedaron pocos países por conocer. “Me falta la Isla de Pascua y Delfos, allí quisiera estirar la pata”, contó. Sin embargo, sus últimos años los vivió en el balneario El Fortín, en Canelones, junto a su esposa Alicia Castilla.

El cannabis unió a la pareja. Cuando Vidart estaba investigando sobre la planta, fue a entrevistar a Castilla que vivía en el Fortín. Ella había escrito varios libros sobre la marihuana y había estado presa en 2011 durante 95 días por cultivo de la planta. En esas charlas entre ambos “saltó la famosa chispa”, contaba divertido Vidart. Y después de la chispa llegó el casamiento.

Participante activo de Facebook, el antropólogo no evadía los debates, que enfrentaba con sentido del humor y con una mezcla de estilo coloquial e intelectual. Habitualmente citaba a algún clásico para apoyar sus argumentos. “Sócrates no escribió ningún libro. Más aún: los desdeñaba. En cambio alababa la oralidad del diálogo. Este vaivén del pensamiento permitía a los interlocutores, recíprocamente y en el acto, afirmar y refutar las ideas y los conceptos”, escribió con motivo del Día del Libro, y de paso como forma de enviar un mensaje a los debatientes de la red social.

Pero sus discusiones más fuertes fueron por un tema: los charrúas. Sus posturas provocaron fuertes controversias con quienes se consideran descendientes de esa comunidad. Vidart afirmaba que en Uruguay no puede haber descendientes porque los charrúas eran un grupo escaso y las enfermedades, el nomadismo y el exterminio los había reducido aún más. “Este fue un país guaraní, que eran miles. Hoy en Uruguay no hay charrúas; la mítica Charrulandia es un invento”, decía y despertaba la furia de sus defensores. Vidart y su amigo Renzo Pi Hugarte, antropólogo fallecido en 2012, defendieron con firmeza esta tesis y se ganaron varios enemigos. Ambos recibieron en 2007 la declaración de Ciudadano Ilustre, otorgado por la Junta Departamental de Montevideo.

Su enorme biblioteca se había alimentado con libros de todas las épocas, entre otros, con los de su abuelo y de su padre, algunos fechados en 1700. Contaba con una colección de 15.000 volúmenes, además de numerosos objetos de valor antropológico y miles de fotografías, sobre todo de China. Esa biblioteca fue otro motivo de controversia y de disgusto para Vidart. En 2014, él había acordado con Marcos Carámbula, entonces intendente de Canelones, donar su colección para una biblioteca que se iba a construir en El Fortín, al lado de su casa. Pensada como un “polo cultural” para la zona, se llamó a un concurso de proyectos y se premió uno de ellos. Pero la biblioteca nunca se llegó a construir y Vidart terminó donando parte de su colección a la Universidad Católica y otra a centros de formación docente. Aún Castilla conserva una porción importante de volúmenes.

Vidart tuvo un pasado anarquista, fue fundador del Frente Amplio e integró el grupo 26 de Marzo. Su militancia lo llevó al exilio en Chile, Venezuela y Colombia. Al regreso se mantuvo como un simpatizante independiente de la izquierda. “Lo que sí tengo es una gran amistad con el Pepe”, dijo en la entrevista de 2013 cuando José Mujica era presidente. Allí lo definió como “un Quijote vestido de Sancho”. Justamente a Mujica le regaló pocos días antes de su muerte dos de sus poemas inéditos a los que accedió Búsqueda: Carta a mi sangre (ver recuadro) y Cumpleaños, que gira en torno a la muerte: Entre amigos crecí, entre ellos / quiero morir / si por morir se entiende / abandonar esta casa ya en tinieblas / y llevar una lámpara sin sueño / ardiendo mundo adentro, / a una última, invisible aldea.

Poseedor de un espíritu afable y un gran sentido del humor, Vidart despertaba cariño y respeto entre lectores, colegas y el público que lo escuchaba en sus charlas. Su trayectoria fue distinguida con los principales reconocimientos, entre ellos, el Doctor Honoris Causa de la Universidad de la República (2013), el Bartolomé Hidalgo a la Trayectoria (2014) y el Gran Premio a la Labor Intelectual que le otorgó el Ministerio de Educación y Cultura en 2018. En los últimos años, Vidart estaba trabajando en un libro sobre el Islam, que se sumaría a su gran producción intelectual.

El miércoles 15 se llevó a cabo su sepelio en el Paraninfo de la Universidad. Entre quienes fueron a despedirlo estaba José Mujica, visiblemente triste. Sus restos serán incinerados y esparcidos en la Meseta de Artigas, en Paysandú, como el propio Vidart dejó establecido. Todos quienes lo vieron por última vez con su boina vasca puesta, parecían recordar sus palabras: “Tuve la felicidad de heredar una gran salud y sobre todo las ganas de vivir. No me achico ante nada”.

Poema inédito de Daniel Vidart

Carta a mi sangre

Regístrate sin costo, recibe notas de regalo.