Rubén Rada, el común denominador de la música uruguaya. Foto: Nicolás Der Agopián

Rubén Rada presenta Parte de la historia: Kinto, Tótem, Opa y Rada, el martes 18 en el Solís

“Cuando apareció la etiqueta world music llegó mi salvación”

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Nº2024 - al de Junio de 2019
entrevista de Javier Alfonso

El Kinto, Tótem y Opa son sin dudas tres mojones fundamentales de la historia de la música uruguaya. Las tres formaciones tienen a Rubén Rada como común denominador. Fue miembro estable de las dos primeras y estrecho colaborador y figura inspiradora de la tercera. Como el Negro no para, entre la grabación y la edición de su disco dedicado al rocanrol, que se editará en las próximas semanas, decidió revolver sus cajones en busca de nuevas viejas canciones para sumar a su repertorio. El resultado es el concierto Parte de la historia: Kinto, Tótem, Opa y Rada, que presentará el martes 18 a las 20.30 en el Teatro Solís (entradas en Tick­antel de $ 500 a $ 1.100), con un compendio de clásicos de esas tres bandas y otros de su cosecha solista. Estará acompañado por Gustavo Montemurro (teclados, dirección y arreglos), Tato Bolognini (batería), Nacho Mateu (bajo), Matías Rada (guitarra y coros), Lucila Rada (coros) y Lobo Núñez, Bocha Martínez y Noé Núñez (percusión). A los 75 años Omar Rubén Rada Silva no oculta sus achaques: en los últimos años superó un cáncer de próstata y una afección cardíaca que le demandó un ajuste de la maquinaria, vía stents coronarios. Ya no viaja tanto y admite que se cansa más que antes. Pero sigue componiendo, ensayando y subiendo a los escenarios sin dejar que los problemas de salud lógicos de su edad le bajen la moral. “Me afecta el bocho, por supuesto, pero cuando subo al escenario, se acaba todo. Estoy colocado ahí”, dijo a Búsqueda en una mesa del bar Sporting, en una entrevista interrumpida constantemente por los saludos de comensales, peatones e incluso conductores que le dedicaron sus bocinas al reconocerlo a través de la ventana.  


—Repasando tu discografía, desde 1970, no hay un año en el que no haya salido un disco tuyo, en cualquiera de tus facetas. Y si en un año no salió, al año siguiente salieron dos. ¿No podés vivir sin grabar?

—De chico soñaba con tener una fiambrería cuando tenía hambre. Y ahora tengo la posibilidad de tener un estudio de grabación con Montemurro, Las Manzanas, que es como tener una fiambrería propia. Estoy todo el día ahí componiendo, ensayando, probando cosas. No solo grabamos nuestras cosas sino que Monte también produce discos para otros como Larbanois & Carrero, Emiliano y El Zurdo. No paramos de trabajar.

—¿Cómo te pesaba esa falta de comprensión de tu trabajo que sentiste durante mucho tiempo hasta que volviste a Uruguay?  

—No me pesaba. Era culpa mía. No podés marear a la gente con diez mil ideas, apenas si puede digerir una. Después de mucho tiempo la gente se dio cuenta de que realmente soy un tipo que hace de todo. Porque soy un crooner, así me siento, el tipo que sube al escenario en un bar, en un hotel, y canta lo que hay que cantar y lo que está de moda. Entonces, cuando canto un tango, un cha cha cha, una canción italiana, un blues o una balada como Georgia en mi mente, de Ray Charles, es porque ya lo hice. Lo hice con los Hot Blowers, con Manolo Guardia, con Hugo Fattoruso o con Eduardo Useta. Antes de cantar mis músicas fui cantor de orquesta durante mil años.

Rada
Foto: Nicolás Der Agopián

—Tu género es el canto...

—Claro, y entonces cuando empiezo a componer, naturalmente muestro todo eso. No elijo un estilo por sobre otro. ¡Mi género es la música! Hay música buenísima y malísima en todos los géneros. Es como decirle a Quincy Jones que solamente arregle piezas de jazz para Frank Sinatra. No, el tipo agarró un disco de Michael Jackson (Thriller) y fue el disco más vendido de la historia. Me considero un músico intuitivo y variado, compongo canciones en cualquier género. Ahora saco un disco de rocanrol, Negro rock, antes saqué uno de tangos, milongas y candombes, después dos de pop, Amoroso pop y Allegro, después el segundo de Confidence, que es jazz y funk instrumental. Soy un cantor y compositor que hace lo que siente en cada momento y no solo lo que está de moda. Si fuera así, ahora estaría lleno de guita grabando reguetón. Pero no estoy en esa. Cuando aparece una moda, la esquivo.

—Pero en algún momento te subiste...

—No, no. Porque Cuando yo me muera es un tipo de plena original, que tocaban millones de años atrás los puertorriqueños de Cortijo y Su Combo: (canta) Mataron a Elena. Ton-ton. Mataron a Elena. Ton-ton. Mataron a Elena, se la llevaron pal hospital. ¿Entendés? Era la plena de aquella época. Es lo que acá en la movida tropical le llamaron “cumbia”, ¡pero no es cumbia! Se toca una cosa parecida a la plena, a la bomba. Yo lo que hice fue tocar realmente una plena, y con una letra que tuviera un sentido. Eso lo aprendí de María, María, de Milton Nascimento, que es una canción muy alegre, ¡aé! pero que dice algo muy importante, una mujer que sufre y no tiene ni para comer. Y yo en esa plena canto que el día que me muera no quiero a nadie vestido de negro, sino que haya baile. También me inspiré en el disfrute con que se vive la muerte en México, algo que me fascinó cuando viví allí. Tanto es así que me para gente por la calle que me dice que pidió que pasen esa canción el día de su muerte. Si ya viviste, cumpliste tus sueños, hiciste el amor, tuviste hijos, pateaste una pelota, comiste cosas ricas, jugaste al billar, viste ganar a Uruguay, hiciste todo lo que querías hacer...

—Viste salir campeón a Welcome...

—¡Escuchame! Vi al gran Oscar Moglia, siempre fui hincha de Moglia. Siempre me gustó ver el básquetbol solo, desde un rincón de la cancha. En el Estadio igual, trato de estar siempre solo.

—¿En Argentina no encontraste esa estabilidad que buscabas?

—Sí que se dio, fue un período exitoso a nivel artístico y también comercial. Lo que pasa es que la vida del músico es muy inestable. Cae, sube, va, viene. Allí grabé varios discos con Lito Nebbia y otros, pero la cosa se puso muy mal a fines de los 80. No había laburo y estaba todo revolucionado con los alzamientos militares. Estaba con mis hijos muy chicos y tenía miedo de que pasara algo jodido, y yo si bien no soy un revolucionario, siempre fui de izquierda, y no tenía ganas de vivir ahí con Menem. Y me tomé los vientos, llamé a Tania Libertad y me fui para México. Lo que también me echó de Argentina es cuando apareció Qué tendrá el petiso, La Bomba Tucumana y toda esa onda, con todo el derecho del mundo, y las compañías me empezaron a pedir que grabara ese tipo de música. Tengo todo el respeto del mundo por toda la gente que se gana la vida haciendo música, pero les dije: “Muchachos, hasta ahí no llego”. Y me fui. 

—En México renunciaste a tu propio nombre y compusiste un montón de canciones por encargo, para otros...

—Estuve cuatro años tocando y grabando con Tania. Entonces grababa las canciones que componía en un casete, iba a las compañías y las vendía al 50% (de las ganancias). Eran canciones que no me interesaba cantarlas. Dos de las que no pude vender fueron Cha cha muchacha Cuando yo me muera. En ese momento no las imaginaba para mí. Allá componía canciones para los charros, como por ejemplo Alejandro Fernández, quien en su primer disco grabó (canta): No me lo digas por favor, porque yo puedo adivinar... Y años después la grabé acá con Fito Páez. Hacía boleros, canción melódica para los mexicanos. Arráncame el corazón, no sé cuánto, a caminar de rodillas hasta encontrarte, y todo así. 

—¿Era más sencillo venderlas que firmarlas y sacarlas vos? 

—No, no me dieron bola. En México presenté mi disco Físico de rock, y me compraron todo el disco, pero no querían que lo grabara. Me decían (imita el acento mexicano): “Qué hermosa canción, tengo un güerito, que en México es un blanco, y por lo general rubio, que no canta muy bien pero es muy guapo y va a vender mucho”. Ellos querían un chico bonito y yo claramente no lo era. De esa lógica salieron Luis Miguel, Cheyenne, Ricky Martin y mil más. Ellos no dicen: “¡Cómo canta!”, sino “¡qué guapo que es!”. Así los presentan en televisión. 

—Y vos necesitabas vivir...

—Claro, estaba con mi familia y vivíamos de mis canciones. Oíme, hacía lo mismo que Bach, a quien contrataban, y el tipo improvisaba en el órgano en las fiestas para los reyes. Y a mí por un tema para Alejandro Fernández me dieron cinco mil dólares de adelanto. Eran artistas que vendían 300, 400, 500 mil discos. Con el adelanto de un tema para Mijares vivía dos o tres meses tranquilo. Y además estaban los shows con Tania, en los que hacía percusión y coros por todo México. Hasta que un día mi hijo Matías, cuando tenía ocho o nueve años me dijo: “Me encanta México, papá, no me quiero ir nunca de aquí”. Me dio mucha pena porque yo no quería seguir allá, quería volver. Y lo de Matías me apuró a decidir volver lo antes posible. Si el tipo echaba raíces y tenía sus amigos y su novia allá, no nos volvíamos más. Yo los moví de acá para allá y Matías sufrió mucho. De los tres fue el que más sufrió.  

—Y hoy se ha transformado en tremendo guitarrista y en un puntal de tu banda...

—Sí, todos lo quieren. Martín Buscaglia, Ilya Kuriaki, El Peyote, los Ibarburu. Pero yo no quería que fuera músico. Quería que mis hijos estudiaran y terminaran el liceo. En mi familia nadie había terminado el liceo, ni mis viejos, ni mis tíos, ni mi abuela, ni mis hermanos. Yo no terminé la escuela. Entonces, no les insistía con la música, para nada. Y se cumplió mi deseo. Después, se dedicaron los tres al arte por elección de ellos. Alguno puede pensar que los inducí a que me siguieran, por eso aclaro que nada que ver. Por supuesto que ellos absorbían mucha música. A casa venían Charly, Fito, Lito Nebbia, Milton. El primer cochecito de juguete para Matías se lo regalaron Silvio y Pablo.  

—Has coincidido varias veces con tus tres hijos; los tres músicos, Matías, Lucila y Julieta. ¿Pensás en grabar un disco en familia? 

—Ya lo tengo. Lo grabé hace cinco años. Se llama Lujuma Band (por sus tres nombres). Nunca salió ni va a salir, por ahora... Es un disco posmortem, le llamo yo. Lo grabé para divertirme con ellos. Son todas canciones inéditas, que aún no se conocen. Me di el gusto de masterizarlo en el estudio donde Michael Jackson hizo el master de Thriller. Ahora es de ellos. Ellos decidirán qué hacer con él. Dependerá de sus carreras, ya no es mío. 

—En este concierto hacés coincidir tu nombre con tres pilares de la música uruguaya. ¿Cómo recordás los inicios de El Kinto?

—No le doy tanta importancia a esas cosas. Parece muy importante, pero lo único que hice fue revolver el cajón y buscar cosas que quería volver a cantar. Con Mateo no sabíamos nada, nos juntábamos a tocar canciones. Él estaba tocando con Los Malditos. Nunca grabé un disco con El Kinto, pero un día Mateo me invitó a grabar en la tele para Discodromo Show. La historia es conocida: el técnico de sonido Carlos Píriz grabó todo eso y lo metió en Musicasión 4 ½ y después en Circa 1968, dos discos fundamentales del candombe beat. No eran grabaciones para disco, pero así y todo sonaron bien y permanecieron en el tiempo. De esas, haremos Don PascualMuy lejos te vas, Qué me importa. Matías va a cantar Esa tristeza.

—¿Y de Tótem, la banda más poderosa y moderna de aquella movida?

—Orejas, de Chichito, sin dudas. Dedos, Biafra, Heloísa y mil más. El creador de Tótem se llama Eduardo Useta, un musicazo que falleció hace pocos días. Él nos juntó a todos. Ninguno de nosotros era un luchador por la causa de hacer y mantener un grupo. Todos tocábamos por ahí y él nos convenció de ensayar y es el responsable máximo de ese sonido. Fue el creador de ese riff impresionante de Dedos, (canta) deren derennnn... A partir de ahí fue un viaje inolvidable. Tótem también tenía una dimensión política y social importante en canciones como Biafra, Mi pueblo o Chévere, dedicada a Nicolás Guillén, porque también en Cuba había una cosa muy jodida contra los homosexuales, y la sigue habiendo. 

—¿Recibieron alguna presión externa por esas letras?

—Nada. En ese momento no nos dábamos cuenta de nada. Éramos muy inconscientes, pero de todos modos nunca nos dijeron nada. Lo único que pasaba en los conciertos de Tótem era que después de terminar con Heloísa en el Parque Hotel o en La Cabaña, llegaba la gente de la JUP y se agarraban a las trompadas con los del Partido Comunista, que estaban en el concierto. Nosotros aún estábamos tocando y empezaban a volar las sillas y las piñas. Un día nos pararon en un taxi y un milico me reconoció y me dijo: ¡Negrito, cantame Las Manzanas! Y seguimos tranquilos. Yo era el negrito simpático de Las manzanas, ¿entendés? Y a nivel musical también. No estábamos con lo último. De esa cercanía con lo que hacía Santana y la mar en coche, no teníamos ni idea. Era todo más intuitivo, no teníamos la información que tiene cualquier adolescente hoy. Estaba todo por hacerse. Y a nivel técnico era todo muy precario. La guitarra de Mateo era un palo con cuerdas. De ahí salió el sonido de El Kinto. En este concierto pondremos todo nuestro esfuerzo en intentar respetar el sonido de aquellas bandas, e invitaremos a la gente a cantar aquellas canciones como Suena blanca espuma, de Walter Cambón, para mí la canción más linda de El Kinto.    

—¿Lo van a grabar?

—Mi intención es que no se grabe ni se filme, pero mi mujer, mis hijos, todos piden que hay que dejar una obra. Vos nunca me habrás visto a mí repetir un concierto, salvo Rada para niños y con Tango, milonga y candombe, que hice un ciclo pequeño. Nunca los repito, me aburro. Me encanta hacer televisión, pero a los dos o tres meses me salgo porque la TV te chupa, te absorbe, y me saturo en seguida. 

Rada
Foto: Nicolás Der Agopián

—¿Estás de acuerdo en que Montevideo, de Opa, puede ser el tema más representativo de la música uruguaya?

—Opa es la música de esmoquin. Esa canción es muy emocionante. No sé cómo voy a hacer para cantarla en el concierto, pero la vamos a hacer. El único que canta en su tonalidad original es Paul McCartney. Los demás, todos, bajamos los tonos. Pero ahí estoy amparado por Julieta, Lucila y Matías, que me ayudan muchísimo con los coros. La idea es que yo arranque en el tarareo y ellos me sostengan. 

—¿Te acordás cómo surgió esa melodía?

—Ese tema está en Magic Time, que salió después de Goldenwings, el disco que grabamos primero. Estábamos medio peleados con Airto Moreira porque no nos dio el dinero que nos había prometido. Entonces para ese disco nos guardamos las que creíamos que eran las mejores y grabamos otra cosa. Montevideo es una característica, como se decía en esa época. Todas las bandas tenían una música característica, una especie de leitmotiv. Cuando le canté esa melodía a Hugo, me dijo: “No, esta canción no se la damos, guardémosla para nosotros”. Obviamente, estábamos errados porque pensábamos que las músicas más complicadas eran las mejores y por eso les dimos otras. Pero Osvaldo, Hugo y Ringo no podían hacer canciones malas.

—Hot Blowers, El Kinto, Tótem, Opa, Rubén Rada, Richie Silver, Rada para niños, dúos con Eduardo Mateo y Lito Nebbia, Confidence, un disco de tangos y milongas, otro con tus hijos. ¿Qué te queda por hacer?

—Es que cuando yo empecé era showman. Nunca fui cantante de un solo estilo. Me tildaron de candombero porque he hecho candombes que se han transformado en temas importantes, igual que Pedro Ferreira, que además de hacer esos candombes maravillosos como La llamada tenía una orquesta que hacía salsa, rumba y mil cosas más. Yo soy muy variado. Pero durante décadas nunca me habían entendido. O era un payaso que hacía Guantanamera, o era no sé qué con Biafra o Dedos, o era el salsero divertido con Cha cha muchacha. Cuando apareció la etiqueta world music llegó mi salvación.

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