Gonzalo Curbelo. Foto: Nicolás Der Agopián

Gonzalo Curbelo, líder de La Hermana Menor y reciente artista en solitario

Cuando Mad Max sea un poroto

9min 1
Nº2027 - al de Julio de 2019
entrevista de Fernando Santullo

A cierta hora de la mañana, cuando Gonzalo Curbelo saca a pasear a su perro, el semáforo de Jackson y la rambla no cambia de color. El semáforo entiende que alguien que tenga la intención de cruzar en esa esquina a esa hora no vale el tiempo que debería perder el malón de coches que entra al centro de la ciudad. “Imaginate la perversidad que implica que todo el tráfico que pasa a esa hora hacia Ciudad Vieja y el Centro, que son los únicos lugares que tienen buen transporte público, sea un tráfico de autos ocupados por una sola persona. Hombres casi siempre. Rompamos una lanza por las mujeres, que tienen menos problema en no usar su auto. Cientos de autos ocupados por un solo hombre de entre 40 y 50 años, que se ve que es su único momento masculino del día en donde pueden ser dueños y señores de su vehículo y su chota y circulan solos escuchando, qué se yo, Los Caballeros de la Quema o algo así. Es uno de esos momentos en que pensás que de verdad merecemos el asteroide”. Esa es la clase de hechos que pueden despertar una diatriba, a partes iguales razonada e incendiaria, de Gonzalo Curbelo, también conocido como Tussi De Matteis.

Fue miembro de Guerrilla Urbana en su adolescencia y autor del legendario tema Razzia. Como líder de La Hermana Menor, tiene editados cuatro discos. La banda es un proyecto que parece funcionar a impulsos y los resultados de esos impulsos vienen constituyendo una de las obras más interesantes dentro del rock local. Hace pocos meses, Tussi debutó como solista musical y, ahora que ha vuelto la banda, tiene previsto dobletear en los escenarios.

—La gente te conoce más como músico, pero hacés varias cosas. Como músico venís de una formación humanística, que conecta con tu tarea periodística. ¿Qué carrera estudiaste?

—Ciencias de la Comunicación y Letras. Letras hice hasta tercero.

—Y al mismo tiempo fuiste paraleleando con tu actividad musical. ¿Qué cosas te llevaron a un campo y al otro?

—Creo que esa cosa multidisciplinaria viene de cierto espíritu veleta. Vengo de una familia de profesionales en la que nadie era afecto al trabajo artístico. Soy músico por accidente, porque en el barrio pintó una banda. A mediados de los 80 tener una banda era como tener ahora un monopatín. Mis intereses originales eran culturales. Me gustaba muchísimo dibujar y para un niño dibujaba superbién. Ahora sigo dibujando como un niño (risas). Y me interesaba mucho la historia, leí un montón de libros de historia de chico. Digamos que tengo una mala formación de autodidacta.

—¿Por qué “mala”?

—Porque la formación autodidacta por un lado, te da una cierta soberbia ante los que no son del ramo, porque sabés muchas cosas como de la nada. Y, por otro, al lado del que tiene formación, te das cuenta de que no sabés nada y que estás a los 50 años descubriendo la pólvora. Uno puede desconfiar del camino educativo, pero existe y tiene un método. Ahora que se habla tanto de enseñar a aprender, está bien recordar eso: el método. A mí me pesó ser un diletante, me vino muy bien para la faceta de periodista cultural. Esto es, saber de todo y ser un experto en nada. Y la parte musical me llegó un poco por ese lado, por las letras. No sabía tocar ningún instrumento ni cantar, pero había una banda en el barrio y yo escuchaba la misma música que ellos. Así que podía escribir letras en castellano. Me dijeron: “Escribí una letra”, y la escribí. Después fue “y quién la va a cantar”, y como podía berrear, me pusieron a mí. El punk es un lugar bueno para el no músico. Crucé por Guerrilla Urbana y grabé sin tener la menor idea de música, solo tratando de meter versos y melodías arriba de algo que no tenía idea de cómo funcionaba. Fue una explosión y cuando se terminó pensé: “Ta, no voy a seguir con esto”. Y me dediqué a estudiar cosas que no tenían nada que ver con la música. Trabajé en publicidad…

"Hoy día el que hace la música de gato destripado hace exclusivamente eso. Y está pensando en un nicho, en un público que tiene su identificación absoluta con ese género y que no negocia con ninguna otra música. Lo podés llevar a todos los planos de la cultura, pasa lo mismo en la política con la ultrafragmentación. Y eso hace imposible la comprensión del otro".

—A lo que vos te referís con bastante…

—Con bastante horror, sí. Igual depende de cómo lo mires, trabajé poco tiempo y, sin embargo, en perspectiva no era tan malo. En esa época con un trabajo de una hora por día, ganaba lo mismo que gané laburando un mes entero como periodista. En todo caso, mi idea era que la música era una anécdota en mi vida. Pensá que Guerrilla Urbana no llegó a durar un año, yo estuve en el grupo entre los 16 y los 17 años. Hasta los 22 no me aproximé a una sala de ensayo. Y cuando aparecieron un par de amigos que me dijeron de hacer una banda, llamé al guitarrista de Guerrilla Urbana. Al final no salió nada de eso, pero me gustó juntarme de nuevo con él, que había aprendido bastante a tocar su instrumento. Yo en cambio no había aprendido nada (risas).

—¿La Hermana Menor arranca en el 90 o 91?

—En el 91, si no recuerdo mal. Habíamos tocado en La Candela, un show muy corto. En realidad en ese primer show yo no estaba en el grupo, había estado, me había ido y cantaba otro flaco. Que tenía el problema de que no cantaba en inglés y el grupo tocaba temas de los Violent Femmes. Entonces me llamaron para cantar esos temas y ahí ya me gustó y quise quedarme. Después de ese toque quedamos muy colgados con el grupo. Y así duramos un par de años. Volviendo a Guerrilla Urbana, el grupo se terminó porque no teníamos a dónde ir, nos ofrecieron grabar un disco y teníamos cuatro canciones. En ese momento yo ya había dicho “no soy músico, estoy robando la plata”.

—¿De dónde salían esas influencias tempranas de La Hermana Menor? Es llamativa la influencia de los Violent Femmes, una banda que no es especialmente popular ni siquiera en los EE.UU.

—Son esas cosas extrañas que se dan. Puede ser un mono que tiene un disco y que ese disco les gusta a los amigos y lo copian. Violent Femmes, a comienzos de los 90, era una banda repopular en el ambiente de Pocitos y Punta Carretas. Éramos unos hippies porreros que en vez de escuchar a Bob Marley escuchábamos a los Violent Femmes.

—Comentario de viejo: ¿no se perdió aquello de darle sucesivas escuchas a un disco? Como objeto comercial es claro que el disco es mucho menos relevante.

—Eso conecta con el empobrecimiento general de la música. Creo que en muchos aspectos la música hoy puede ser mejor en cuanto a producción y tecnología. Pero en el lado oscuro de ese proceso está que el abanico de posibilidades de satisfacción inmediata es inmenso y deja afuera un montón de música. Hay música que requiere de varias escuchas para lograr sacarle lo que tiene. No sé si un oyente joven tiene la capacidad de atención como para darle tantas oportunidades.

—¿Y pensás que eso impacta en la forma de hacer música, que haya menos gente con ganas de hacer cosas arriesgadas?

—Existe un montón de música muy jugada y experimental. Y es probable que haya cosas más arriesgadas que antes. Creo que se debe a que la relación con la música antes era más negociada: al ser más complicado el acceso, tenías que negociarlo más. El arte no es un traje a medida y en esa búsqueda que digo, vos terminabas acomodándote al traje al cabo de un tiempo. Ahora podés encontrar un pibe que haga harsh noise electrónico, algo mil veces más infumable que el Metal Machine Music de Lou Reed, que suena como si hubieran metido la pata de un gato adentro de un enchufe y lo hubieran pasado por mil pedales de distorsión (risas). Pero no lo hace como lo hizo Lennon en Revolution 9, dentro de un contexto donde esa canción es parte de un abanico más amplio que va de eso a un protoheavy metal como Helter Skelter o a la canción pop más suave. Hoy día el que hace la música de gato destripado hace exclusivamente eso. Y está pensando en un nicho, en un público que tiene su identificación absoluta con ese género y que no negocia con ninguna otra música. Lo podés llevar a todos los planos de la cultura, pasa lo mismo en la política con la ultrafragmentación. Y eso hace imposible la comprensión del otro.

—Volviendo a La Hermana Menor. ¿Cuándo graban su primer disco?

—Allá por 1992, casi en vivo en dos noches, con el repertorio que tocábamos en esos años. Fue en plan maratón a ciegas, no teníamos experiencia de estudio ninguna. Teníamos el disco, pero nos vino el autosabotaje. Primero echamos al Jota (José Luis Yabar) porque era demasiado sano. Y entonces empezamos a sonar para el ojete y al poco tiempo se fue al carajo todo. En ese momento me alejé de la música y empecé a trabajar en la prensa, en Posdata, allá por 1995, y estuve hasta el 2000. En el medio, capaz que por aburrimiento, fui aprendiendo a tocar la guitarra. Y eso me permitió no depender de otros músicos. Me encanta trabajar en colectivo, pero esto me dio una autonomía mayor. Y ahí formamos La Hermana Menor Mark II. También fue medio casual que se llamara La Hermana Menor, la idea era que fuera otra banda. La banda original era más bien punk y rock alternativo, aunque también era una demencia de cosas eclécticas. La segunda encarnación era aun más ecléctica, con cierta tendencia hacia lo climático.

¿Qué estabas escuchando en ese momento que los hizo ir hacía allí?

—Siempre he sido muy ecléctico, incluso en los tiempos de Guerrilla Urbana escuchaba a los Dead Kennedys y Black Flag, pero no había dejado de escuchar a Pink Floyd. Acordate de que a finales de los 80 eran todas tribus musicales: si escuchabas punk, no escuchabas metal o canto popular. Y a veces terminaban a las trompadas unos contra otros. Yo quería que La Hermana Menor Mark II tuviera esa amplitud. Nosotros tenemos la etiqueta de banda indie, no sé bien por qué. Nunca me identifiqué mucho con esa idea. Sí escuché mucho a Pavement, pero escuché mucho más a Dylan o a Silvio Rodríguez.

Foto: Nicolás Der Agopián

¿Cómo te llevás con listas como “Mis 10 discos favoritos”?

—Es imposible hacerla a menos que sean los discos favoritos de junio de 2019. La del mes anterior ya sería distinta. Ni hablar si nos vamos 10 o 20 años atrás. El gusto musical va cambiando todo el tiempo. En esas listas a veces se termina cumpliendo un rol didáctico de reunir lo que te parece importante para otra persona. Es decir, no sería lo que a vos más te gusta sino lo que te parece relevante difundir. Y al mismo tiempo, creo que ese es uno de los pocos roles que quedan en el ámbito de la crítica cultural: juntar cosas que, siguiendo ciertos criterios, vale la pena escuchar o leer. Sobre lo preferido o no, siempre se puede ser completamente honesto o ser un snob mentiroso. De lo que me doy cuenta hoy en día es de que me atrae la música que está muy lejos de la que hago.

Decías que la segmentación cultural puede ser asimilable a la política.

—Sí, porque la política también se ha vuelto un ejercicio de narcisismo. De pronto toda la política se ha reducido a gente que quiere estar frente a un espejo. Lo que pasa en el mundo cultural es lo mismo. Al tener poco acceso, vos tenías que negociar con la cultura a la que accedías, reconocer al otro y construirte en esa interacción. Con información muy incompleta y a veces de segunda mano. Hoy tenés medios para manejarte como un fan, solo leés o escuchás lo que te gusta, nada que confronte tu mirada previa. Se está perdiendo la capacidad de notar la contradicción. Y creo que es porque la gente viene internalizando ese doublethink orwelliano. No solo como argumento hacia afuera, también como mecanismo interno. Como una forma de no reventar ante la incoherencia que te exige el medio social y que nos tiene por completo fuera de fase. Ninguno de nosotros, monos como somos, tiene el control de este proceso. Entonces el mecanismo para lidiar con eso es eliminar el concepto de contradicción, poder decir que la tolerancia es lo máximo y que por eso hay que matar a los intolerantes. Y no percibir esa contradicción en absoluto.

Según Aldo Mazzuchelli, eso se debe al pasaje de una cultura escrita y narrativa a una cultura basada en el montaje de lo visual, fragmentario. Y que eso trae problemas a la hora de intentar construir enunciados lógicos.

—Totalmente. Es interesante la capacidad de pensar fragmentaria, yo crecí leyendo poetas surrealistas y siempre pensé de esa forma fragmentaria. Pero entiendo que es un desastre en términos de convivencia. Si vos no podés presentarte como una generalidad frente a los otros, como un ciudadano, digamos, y sos una especie de doble o triple discurso ambulante, no hay manera de que seas funcional. No estamos hablando de psicóticos sino de grupos humanos enormes. Lo bueno es que por ahora las pedradas son solo retóricas. Si eso pasa al siguiente nivel, entonces olvidate, Mad Max es un poroto.

Regístrate sin costo, recibe notas de regalo.