Dando tiempo al plan

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Nº2066 - al de Abril de 2020

En estos tiempos de emergencia sanitaria planetaria, uno de los síntomas claros es que nos encontramos ante un terremoto de información de todo tipo y origen, con varias puntas para entretener el verbo o la pluma de periodistas, expertos, políticos, mayorías silenciosas y no tanto. La cosa va desde que el virus fue “fabricado” por la imprudencia de científicos chinos —hay un reporte de la RAI del 2015 denunciando un manejo irresponsable en laboratorios donde se originó todo que deja los pelos de punta— hasta expertos que dicen que eso es imposible. Teorías conspirativas, acusaciones de negligencia, los que hablan de exageración, los que dicen que el peligro es mucho mayor, gobiernos que mienten y que no. Mucho material para una ronda si pudiéramos encontrarnos en el bar o infinito material para nuestras redes. Un plato perfecto para lo peor que nos puede pasar: la completa confusión.

Si estuviéramos ante la inminencia de un terremoto, que además amenazara con una serie de réplicas que podrían ser mucho peor, obviamente no sería el momento de ponerse a revisar si es un fenómeno natural o culpa de los que descuidaron el ambiente con pruebas nucleares. No perderíamos tiempo: buscaríamos refugio, quizás adecuaríamos nuestras casas ante semejante amenaza. En modo de supervivencia nos enfocaríamos en protegernos, no habría tiempo que perder en vanas discusiones.

Entonces, ante tanta retórica y ganas de levantar la mano para hablar, es importante tener bien claro las bases más simples, por más obvias que resulten. Los ciudadanos del mundo parecen haber entendido el mensaje respecto a cuál es su responsabilidad: evitar el contagio, y para eso primero hay que eludir el contagio propio. El aislamiento y la higiene extrema son en este momento la mejor solución, por lo pronto la menos mala. Hagamos nuestra parte en esta suerte de guerra desatada contra el virus. No perdamos el foco: la pandemia está declarada y es simple lo que podemos hacer.

De esta forma minimizaremos los daños y daremos a los gobiernos tiempo para resolver los problemas para los cuales el mundo entero prácticamente no estaba preparado: la posibilidad de controlar y tener la respuesta estructural para las consecuencias de este virus. El plan obliga a manejar varios elementos entrelazados, pero sin dudas tiene que incluir dos grandes objetivos: mejorar exponencialmente la capacidad de diagnóstico y reforzar la posibilidad de atender emergencias respiratorias. El nuevo nombre oficial del virus quiere indicar ese camino: SARS-COV-2 (síndrome respiratorio agudo severo coronavirus).

Nuestro gobierno ha sabido acomodarse a una situación insólitamente complicada, única en la historia de la humanidad, mostrando que entiende su rol en la crisis. Así logra —algo importantísimo— brindar seguridad a la población y evitar la angustia exagerada y el miedo. Los uruguayos tuvimos quizás la suerte de contar con un gobierno nuevo y más joven, con ganas de mostrar que está al nivel de la exigencia.  Nos referimos a “nuevo” y no a determinada bandera política.

Tomen nota de que no hemos hablado de una utopía, de una solución definitiva, sino de un plan para convivir con la mutación de un virus que ya existía. De hecho, la posibilidad de un remedio o vacuna también se ha convertido en pandemonio de informaciones confusas. Hay quienes incluso ya se preocupan por los efectos secundarios de una supuesta vacuna. No hay dudas: los remedios demoran un tiempo largo en llegar, y aun así serán una solución experimental. En otras épocas la erradicación de una enfermedad llevó muchísimo tiempo. Con la globalización quizás el lapso sea menor. 

El plan del gobierno uruguayo debería tener —si no lo tiene ya— otro objetivo fundamental: la crisis económica, que es de proporciones mayúsculas. El aislamiento actual en un país del tercer mundo no puede durar demasiado tiempo. El presidente de EE.UU., Donald Trump, un líder reticente a entender el problema, firmó un paquete de rescate económico por 2.200 millones de dólares. Así se moverán los países más ricos. Nuestro gobierno sabe que no tiene semejantes recursos. Debe alcanzar las metas indicadas antes, para poder salir del aislamiento y recuperar una —ojalá nueva— normalización de la vida social como la concebimos en estos tiempos.

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