Columna

De bomberos y astronautas a youtubers e influencers

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Nº2015 - al de Abril de 2019
por Carmen Posadas

¿Se acuerdan de aquellos tiempos cuando los niños querían ser bomberos  o astronautas? Vaya antigualla, qué estupidez, qué “desubique”, como dicen ahora. Según  una reciente encuesta, los niños de hoy, de mayores quieren ser famosos. Para ser más precisos, youtubers o influencers, y su deseo no parece ya tan remoto. La revista Forbes, que todos los años desvela la lista de los más ricos del mundo, publicó a fines de 2018 el nombre de la persona que más dinero gana en YouTube y es… ¿un adolescente que juega con una videoconsola —literalmente— día y noche para que sus fans lo vean?, ¿un tipo que explica los mejores trucos para encestar cosas inverosímiles en una papelera?, ¿una chef jovencísima que comparte sus secretos culinarios mientras cocina en topless? No, aunque bien podrían serlo, porque de todo esto y mucho más hay en la red cosechando likes convertibles en millones de  euros. Según Forbes, el youtuber con mayores ingresos del planeta es un niño de siete años. Ryan, que así se llama la criatura, “trabaja” en un canal gestionado por su familia que, en los últimos doce meses, ha generado cerca de 20 millones de euros. Ryan ToysReview, que así se llama su canal, empezó lentamente. Pero, un buen día, un video donde el niño aparecía abriendo y analizando una caja con más de cien juguetes de la marca Pixas se hizo viral hasta alcanzar 935 millones de visualizaciones. Desde entonces Ryan ha decidido ampliar el negocio y además de juguetes recomienda comida infantil, ropa y artículos deportivos, haciendo lo que sus fascinados fans llaman comentarios “sinceros y entusiastas” sobre cada producto. Fascinada, yo también entré en el canal para ver a tal portento en acción y me quedé turulata. Ahí estaba Ryan dispuesto a explicarme —al igual que ya ha hecho a otros 17 millones de personas— cómo él y su papá fabricaban un dispensador de chuches con una caja de cartón. Mientras se jaleaban el uno al otro al grito de ¡Woow! ¡Mira eso! ¡Fiu, qué cool! ¡Cómo mola!, etcétera, procedieron a cortar —muy chapuceramente, todo sea dicho— la caja en cuestión hasta convertirla en una especie de cajonera de seis compartimentos pegoteados con celo. Y atención, porque aquí viene la parte comercial del asunto. Una vez en pie el  adefesio cartonil, Ryan y papá, con ayuda de mamá, que es la que graba el video, empezaron a mostrarnos los dulces que iban a meter en el recién fabricado dispensador que, por supuesto, no eran chuches del chino de la esquina sino todas con nombres comerciales (¡Guau, Ryan! ¿Dónde vas a poner los M&M, en el casillero de la derecha? ¡Cool! Sí, mami, pero mis favoritos son estos Skittles de colorines! ¡Wow!, eres un mentirosillo, Ryan, ayer me dijiste que te chiflan más los Haribos y los Hot tamales!). Y de este modo, comprenden ustedes, entre ¡guaus! y ¡cooles!, la familia —cling, cling— va haciendo caja: hoy son marcas de chuches pero mañana tal vez sean refrescos; pasado, Ryan puede hablar del último grito en juguetes y luego de ropa de niño y así hasta amasar los veinte millones que le atribuye la revista Forbes. Visto lo visto, ¿a quién puede sorprender que los niños quieran ser youtubers e influencers? Además, ¿para qué estudiar matemáticas si lo único que necesita contar uno son un puñado de chuches? o ¿para qué molestarse en aprender lengua si el vocabulario que necesitarán para su trabajo son  tres o cuatro interjecciones gringas? ¿Se han quedado ustedes de pasta de boniato como yo? No desesperen, vamos a acabar con una nota de optimismo. Ryan  ha logrado otra gesta, esta sí muy meritoria: destronar al famosísimo Jake Paul, el anterior y temible rey de YouTube. Gracias a Ryan y sus encantadoras manualidades con papá y mamá, Jake Paul y las fiestorras, gamberradas y vejaciones varias que cuelga en su canal han conseguido este año ingresar un millón y medio de euros menos que en 2017. ¡Fiu!,¡ wow!, ¡cool, qué alivio!, todavía hay esperanza.

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