De favoritismos y derrotas

4min 11
Nº2002 - al de Enero de 2019
por Andrés Danza

Es importante saber perder. No debe haber un signo de madurez más significativo que ese. Pero más importante aún es aprender de las derrotas. Asumir la realidad, desplegarla sobre la mesa como si fuera un mapa del campo de batalla, y contemplar por un rato, en silencio, donde se encuentran los errores más claros para luego marcarlos en rojo e intentar corregir cada uno de ellos. Sin ese paso posterior, la caída sirve de muy poco y un nuevo tropiezo será inminente.

 Porque en definitiva la realidad es la que manda y se impone, aunque el exceso de soberbia trate de transformarla en una ilusión óptica. No asumir que dos más dos son cuatro y que después del día viene la noche y del invierno la primavera, es un camino seguro hacia el fracaso. Por más resistencias que se puedan ofrecer, la tierra siempre seguirá girando para el mismo lado y su superficie será en su mayoría agua.

La oposición tuvo una derrota inesperada en la última elección, un sacudón que no se había imaginado. Muy por el contrario, algunos asesores del principal candidato, el senador blanco Luis Lacalle Pou, ya casi daban como un hecho que llegarían al gobierno. Hasta convocaron a dirigentes sindicales días antes de las elecciones, convencidos de que ganarían, para tratar de negociar sobre el relacionamiento futuro. Ese fue un grave error. No lograron leer correctamente la realidad o no la entendieron.

La duda es cuánto aprendieron de esa experiencia. Me consta que muchos de ellos sí lo hicieron y comenzaron a trabajar nuevamente a partir de los pasos en falso y las torpezas cometidas. Pero muchos otros inician este 2019 casi con la certeza de que terminarán el año levantando sus copas en celebración por el gobierno obtenido. Eso se percibe en el ambiente político y muy especialmente en las redes sociales.

Claro que hay una gran diferencia con respecto a lo que ocurrió en 2014. Ahora, el exceso de soberbia y de negación de la realidad se concentra del otro lado. El presidente Tabaré Vázquez y una parte importante de su gabinete no asumen que la mayoría de la gente está más fastidiada que hace cinco años. Es como si el tiempo no hubiera pasado para ellos.

Quizá por eso, 2019 se inicia con la oposición como la gran favorita para obtener el próximo gobierno. Es la primera vez que ocurre en 15 años: no es un dato para nada menor. Así lo muestran las encuestas, así lo manifiestan los empresarios según un sondeo publicado por Búsqueda la semana pasada y así también lo dan a entender una serie de hechos recientes que alimentan esa percepción.

El primero y más importante es que el gobierno que todavía está en funciones no es bueno. Son muy pocos los logros que tiene para mostrar y muchas las deficiencias o promesas que quedaron en el camino. La actual administración hace acordar a esas segundas partes de películas que fueron relativamente exitosas y que por intentar repetir casi la misma fórmula, fracasan y se tornan aburridas.

Vázquez logró en su primera presidencia instrumentar una reforma tributaria, de la salud y crear el Ministerio de Desarrollo Social. También instaló el Plan Ceibal y logró comunicarlo de muy buena manera. Se podrá estar de acuerdo o no con esas medidas, pero existen y tienen su valor. ¿Y ahora? ¿Qué queda? ¿Cuáles son las dos o tres marcas históricas de este tercer período frenteamplista? Difícil encontrarlas. Y si es así, seguramente sea porque no las hay. Los votantes lo perciben, y por eso baja el apoyo.

No tienen la culpa las encuestas ni los encuestadores. Que el presidente atribuya la responsabilidad a ellos es una señal de miopía política o, una vez más, de falta de realidad. Es verdad que en los últimos comicios los encuestadores se equivocaron con respecto a la mayoría parlamentaria, pero todos daban como favorito al Frente Amplio, que finalmente ganó. El entonces presidente, José Mujica, se fue además con una popularidad cercana al 70% y utilizó todo ese apoyo para dar el empuje final al triunfo. Fuera de la Constitución, pero lo hizo. Y hoy Vázquez no puede hacerlo, porque no tiene con qué. Esa es una diferencia clave porque, al final del día, los que pierden las elecciones son los gobiernos.

El segundo factor a tener en cuenta es, justamente, la ausencia de los caudillos o conseguidores de votos en la primera línea electoral del Frente Amplio. Es muy significativo para los intereses del oficialismo que ni Mujica ni el ministro de Economía, Danilo Astori, sean candidatos presidenciales. Por supuesto que implica una renovación, pero también un alto riesgo. Porque ambos fueron determinantes en las últimas tres elecciones. ¿O acaso Vázquez hubiera podido ganar sin ellos dos en 2004? ¿Y Mujica sin Astori en 2009? ¿Y si no se hubieran reunido y puesto de acuerdo en 2014 el triunfo hubiera sido del Frente Amplio? Basta con ver los números para deducir las respuestas.

Es cierto que hacía falta un cambio después de una década y media. Los actores principales ya estaban un poco desgastados y los diálogos comenzaban a mostrar el deterioro de los años. Pero no será inocua esa ausencia. Si hay algo que tienen Mujica y Astori, es experiencia política, y por algo optaron por no presentarse. Los dos saben que la derrota es una posibilidad cercana y no se sienten capacitados o con el apoyo necesario como para poder revertirla. Ese es otro dato muy significativo.

El tercero es lo que está ocurriendo en la región. Al analizar las últimas décadas, hay una constante que se repite: cuando Brasil y Argentina tuvieron dictaduras, Uruguay tuvo dictadura; cuando Brasil y Argentina fueron gobernados por partidos de centroderecha, Uruguay repitió la fórmula; y cuando en Brasil y Argentina ganó la izquierda, lo mismo ocurrió en Uruguay. El continente también se mueve en función de ciclos y el actual parece estar cambiando de signo político. Eso también favorece a los opositores.

Pero lo que hoy llena de esperanza a quienes intentan alcanzar el piso 11 de la Torre Ejecutiva desde hace más de una década, puede ser también lo que los vuelva a arrastrar hacia los subsuelos de la decepción. El triunfalismo es el peor asesor y da la sensación de que empezó a crecer dentro de los partidos históricos. Subestimar el empuje que puedan tener las nuevas figuras en el oficialismo, con el apoyo de lo más veteranos, sería la mejor forma de estropear todas las ventajas con las que inician la carrera. Y en eso ya tienen experiencia.

✔️ Mentiras

Regístrate sin costo, recibe notas de regalo.