Con Sigo más loca que una cabra en cartel, Petru Valenski habla de su carrera y dice que se sintió “humillado” por las críticas que recibió por su apoyo a la campaña de seugirdad de Larrañaga

“De la boca para afuera el uruguayo se muestra tolerante, pero en su cabeza es otra cosa”

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Nº2020 - al de Mayo de 2019
Por Florencia Pujadas

Petru Valenski parece el dueño de casa. Unos minutos antes de la hora coordinada, el actor sostiene la puerta del Teatro del Notariado como si estuviera a punto de recibir visitas. Está en el mismo sitio que lo espera todas las semanas con la sala repleta para las funciones de Sigo más loca que una cabra. Pero esta tarde se ve distinto. Y si uno mira de lejos, es difícil reconocer al actor que se hizo conocido por aparecer en escena con ropa de mujer, altos tacones y llamativas pelucas. Ahora está escondido debajo de una gorra, con una remera negra y un pantalón del mismo tono. “Puede hacerme pasar inadvertido, pero el negro es mi color”, asegura. Luego de unos minutos, se detiene para hablar con un compañero en la cafetería del teatro, avisa que va a estar en la sala y, como si estuviera en el living de su casa, dice: “Sentate donde quieras”. 

A los 60 años, Valenski es un gran contador de historias. Con una carrera consolidada en el teatro y la televisión, se emociona al recordar las tardes que, en su adolescencia, pasaba con compañeros de liceo como María Inés Obaldía, y el dolor que sintió a los 18 años cuando sus padres durante la dictadura se tuvieron que ir a vivir a Paraguay. “Me quedé solo. Y siento que siempre busqué en el uruguayo el amor de familia que me faltaba”, cuenta.

Con una mirada vidriosa, el actor confiesa que nunca se olvida de las historias que lo conmueven. O de las veces que lo lastiman. Así, todavía recuerda las críticas que recibió el año pasado por apoyar la iniciativa de Jorge Larrañaga, Vivir sin miedo. “La polémica me humilló, me dolió, me movilizó y a partir de ahí, con el paso de los días, resolví hacer una barrera y no escuchar lo que dicen”, cuenta.

Detrás de este actor, que tiene una sonrisa imposible de olvidar, se esconde un hombre sensible —y sin pelos en la lengua— que tejió una carrera marcada por los desafíos. Con su clásico humor negro y un estilo inconfundible, Petru se animó a hablar abiertamente sobre su homosexualidad en una época más conservadora. Así, también se ganó la simpatía de los uruguayos, que agotan sus funciones desde que apareció en 1988 con su exitoso rol protagónico en ¿Quién le teme a Italia Fausta?.  “Fue una época increíble, que recuerdo con mucho cariño”, dice.

Con una nueva versión de Más loca que una cabra, vuelve a interpretar un libreto que se estrenó en 2005 como homenaje a Italia Fausta, la emblemática obra que alcanzó el récord de permanecer 15 años en cartel.

Foto: Adrián Echeverriaga
Foto: Adrián Echeverriaga

En este monólogo reaparecen los personajes de Más loca que una cabra. ¿Tuvo que adaptar el contenido al momento actual?

La obra cambió toda. Hoy en día, por respeto y porque han cambiado las costumbres, hay cosas que no se pueden decir. Nos pasó con el payaso Morrón, un personaje que hubo que suspender. Por los avances de la sociedad no hubiera entrado porque el humor cambió mucho. Se pueden decir cosas, pero desde otro lado. Todos estos personajes, desde Teresa hasta La Pituca, surgieron de la observación. Hay frases que son auténticas. La obra es fuerte y graciosa, pero real.

Sigo más loca que una cabra termina con una dura reflexión sobre los actores y su carrera. ¿Es una obra que guarda muchos recuerdos?

A mí me despertó muchos recuerdos, y sobre todo emoción en los ensayos con Silvia Novarese y Omar Varela. Con ella habíamos hecho Cabaret y algunos espectáculos de café concert pero no mucho más. Y reencontrarme con Omar fue una experiencia increíble. Él fue el hombre que me abrió las puertas del teatro con Italia Fausta. Me defendió y me acompañó siempre.

El humor es un recurso permanente en su carrera. ¿Por qué se siente atraído por este género?

Porque con el humor se pueden decir muchas cosas. Otro tipo de expresión capaz que puede lograrlo pero no con esa intensidad. A mí, el humor me acompañó desde que era chico. En el liceo también era conocido entre mis amigos por mi personalidad y el humor. Teníamos un vínculo increíble y nos seguimos viendo. Una de mis compañeras era María Inés Obaldía, nos sentábamos juntos en la clase. Me acuerdo que tenía el pelito carré y era flaquita. Una divina.

El público lo conoce como Petru Valenski pero en su cédula figura bajo el nombre de Fernando Gabriel Enciso. ¿En qué se diferencia el actor del personaje?

Es que me he olvidado un poco de Fernando. No me olvidé de mi esencia, las raíces y la familia, pero Petru lo ha superado en mucho.

Ya no es solo un personaje.

Claro. Es algo más para mí. Hay veces, por ejemplo, que me dicen “firme acá” y pongo “Petru Valenski”. Ya no escribo mi nombre de nacimiento. Ya dejó de ser un personaje.

El seudónimo Petru Valenski surgió de forma improvisada. El día que Fernando Enciso se inscribió en la Sociedad Uruguaya de Actores se enteró de que había un afiliado con el mismo nombre y quiso cambiarlo. Así, compuso un seudónimo con el sobrenombre Petru —que su padre le puso por su semejanza con unos pájaros con el pico grande que vio en Grecia— y Valenski, un apellido que adoptó después de leer unas novelas de Judith Krantz. “Improvisé pero quedó muy bien”, recuerda el actor.

Además de hacer una sólida carrera en teatro, hace más de tres décadas se mantiene en la televisión. ¿Es cierto que le costó mucho adaptarse a este ambiente?

Me costó porque yo estaba acostumbrado a la cercanía del teatro. En la televisión solo sabía que estaba al aire cuando se prendía una luz roja. Es muy frío. Y por eso siempre he necesitado pasar muchos años con la misma gente. En el teatro pasé 25 años con los mismos compañeros y en la televisión hago lo mismo. Eso es lo que me hace feliz. Es gracioso, porque siempre me llevo a un compañero a los viajes. Hago temporadas y funciones en distintas partes, y siempre necesito compañía.

Todos los años viaja a Estados Unidos y en varias entrevistas dijo que siempre pensó en emigrar. ¿Por qué nunca se fue?

Ahora ya no podría, pero si tuviera mucho dinero me iría. Lo cierto también es que soy muy apegado al Uruguay. Extrañaría al público; el amor de la gente es tan grande que me costaría perderlo. Yo siempre busqué en el uruguayo el amor de familia que me faltaba porque mis padres se fueron a Paraguay cuando tenía 18 años. Volqué por ahí eso que me faltaba. Por eso creo que soy de tener amigos por añares y me apego mucho a las cosas. Cuando ellos se fueron, pasé épocas muy duras. Nunca me voy a olvidar el día que se fueron.

¿Cómo recuerda la partida?

Pasó de todo. Ellos se fueron rapidísimo. En el barrio había apagón, llovía a cántaros y era domingo. Se fueron en ómnibus, yo los fui a despedir y volví solo a casa. El silencio era enorme. Me acuerdo que agarré la gata que teníamos y no la quería soltar. Mi madre había dejado un montón de facturas sin pagar y estaba solo. Fue terrible.

¿Nunca pensó en irse con ellos?

La verdad es que nunca lo consideré. Después de que estuve en Miami, donde empecé mi carrera, ellos me dijeron que me fuera y trabajara allá pero no quise. Cuando estuve en la calle Corrientes, en Buenos Aires, también me dijeron que me quedara. Pero siempre elegí volver. Con mis padres siempre tuvimos una relación muy especial. Mi padre falleció pero a mi madre la sigo teniendo. Está muy viejita y me sorprende con cosas muy dolorosas.

Su padre nunca lo vio en teatro. El día que murió estaba a punto de salir al escenario y decidió seguir con la función...

Ni siquiera lo pensé. Me acuerdo que mirando hacia la platea había un teléfono que sonó antes de subir al escenario. Ya estaba el telón corrido y el público en la sala. En la llamada me dijeron: “Petru, lamentablemente falleció tu padre. ¿Qué hacemos?”. Y yo contesté que no quería que suspendieran la función. La hice y después seguí con el duelo. El teatro me da felicidad; es como una especie de refugio. Hay pocas cosas que nos hacen bien. A mí, este sitio, como las salidas en la televisión, es lo que me da felicidad. No te olvides que soy el hombre vestido de mujer que ha entrado más veces a las casas de los uruguayos (risas).

También hizo historia con las largas temporadas de Italia Fausta y fue uno de los primeros homosexuales en hablar de su orientación sexual en una época en la que no se discutía. ¿Cómo definiría el impacto de su carrera?

Diría que tengo una carrera que, más que famoso, me hizo popular. Y no reniego de eso. Hay muchos a los que no les gusta ser popular, quieren ser conocidos o de culto. Pero yo soy popular y lo descubrí cuando hice tres años de Carnaval.

El año pasado estuvo envuelto en la polémica por firmar la campaña Vivir sin miedo. ¿Por qué se sumó a esta propuesta impulsada por Jorge Larrañaga?

Decidí firmar porque unos días antes ocurrieron dos muertes de gente conocida que me llegaron muchísimo. Fueron hechos vinculados a la inseguridad. A los dos días firmé y estaba como en una nube. No me importaba el partido que fuera, el momento que fuera, ni quién me lo pidiera: lo volvería a hacer.

¿Esperaba las críticas que recibió?

No, no las esperaba. Por eso la polémica me humilló, me dolió, me movilizó y a partir de ahí, con el pasar de los días, resolví poner una barrera y no escuchar lo que dicen. Yo no tengo redes sociales, me parece que se volvieron una picadora de carne. Seré muy antiguo pero prefiero el teléfono, mandar una carta. Prefiero muchas cosas de las que había antes de esta modernidad que causa tanto dolor. A Facebook, por ejemplo, lo usa gente que está muy sola y necesita comunicarse. Uno lanza un improperio y viene una catarata de gente que se descarga por ahí. La gente está cargada. A mí me lastimó mucho lo que pasó y no me lo merecía. Lo hice por un motivo puntual y nací en un país libre. Defiendo la libertad ante todo.

Lo llamaron “facho” y “burguesito cagón”. En las redes sociales, incluso, se llegó a discutir sobre el rol de los militares y su vínculo con la dictadura.

Yo estoy totalmente en desacuerdo con la dictadura. La aborrezco y la sufrí mucho. Por eso considero que hay otros medios para cambiar que no son la dictadura. Yo no quiero a los militares, quiero que se pueda entrenar a quien está pintando o cortando el pasto en un cuartel para que pueda estar cuidándonos a los ciudadanos. No te olvides que durante la dictadura terminé preso.

¿Qué pasó en esas 72 horas?

Fue el 12 de enero de 1982 a las 2 menos 20 de la mañana. Yo estaba en el escenario, se prendieron las luces y entraron todos los milicos de verde. En mi cabeza pensaba: “Pero estos no están en el show”. Y después marchamos todos para la jefatura. Estuve en el subsuelo y ahí se suscitaron anécdotas increíbles. Me acuerdo que había un gran espejo con una barra y yo estaba tan aburrido que empecé a hacer ballet. Me miraba y hacía morisquetas sin saber que del otro lado estaban todos los milicos mirándome.

¿Todavía hay censura en el teatro?

No es que haya censura, se empezó a respetar y a valorar tanto a una mujer como a un gay. Pero en los medios, en la vida real, es bastante diferente. El empoderamiento que tiene la mujer hoy es fantástico, pero de ahí a que el uruguayo lo cumpla...

¿Por qué lo dice?

De la boca para afuera el uruguayo se muestra tolerante, pero en su cabeza es otra cosa.

¿En qué lo ve?

A mí no me lo hacen notar porque siempre se puso delante el actor que la persona. Pero sé que se discrimina mucho. Sé que por lo bajo se dicen muchas cosas y es doloroso. Volvemos al tema de las redes sociales: el año pasado sentí la homofobia, la discriminación, la intolerancia. Y no eran merecidas.

Es cierto que al tomar una postura política las redes se encienden con comentarios.

Por eso me he vuelto totalmente apolítico.

¿No se siente identificado con ningún partido político?

No. Fui socialista toda la vida. Lo he dicho adelante del que sea y en todos los ámbitos. Soy de cabeza socialista, pero hoy prefiero abstenerme, tomar distancia y observar, porque veo que no es lo mismo que antes. No es el socialismo que pregonaba. Te voy a contar algo doloroso. Yo hago muchas obras y actividades a beneficio y hace poco hice una para un niño que está enfermo y tiene que viajar a Boston. El grupo de amigos de los padres fueron oficina por oficina dentro del Palacio Legislativo y nadie los ayudó. Solo uno les dio los dólares que pudo. Y ganando lo que ganan, eso duele. Te duele ver que la gente no llega a fin de mes, el sacrificio que hacen y no pueden brindarle a su familia lo que merece. Eso es terrible. Si vos observás la cara de la pobreza es el dolor más grande que podés encontrar.

Tiene una enorme sensibilidad. ¿Canaliza esa emoción a través de sus personajes?

Hago una técnica de café concert que me representa muy bien. Empieza con una canción muy arriba y llega un punto en el que baja de golpe. El final es muy fuerte. La gente pasa de la risa a las lágrimas enseguida. Y ahí ser así de sensible como soy, te sirve. Es una parte importante para explorar la creatividad. Por fuera de los escenarios, igual, me trajo cosas buenas y otras no tanto. Hay historias que son terribles y te van haciendo fuerte. Yo también tuve una época, cuando empecé a ganar dinero, que lo tiraba todo en estupideces.

En una entrevista para galería contó que era fanático de los relojes y que le gustaban las marcas buenas. ¿Esas eran “estupideces”?

Es cierto que tenía muchos. Tenía marcas muy buenas, pero me separé de todo eso. Algunos los rifé en eventos a beneficio y me quedé con tres cosas. Pero eso te lo dan los años. Si agarrás a un guacho que recién empezó a ganar unos mangos, seguro va a querer una nueva goma. ¿Sabés dónde aprendí a cambiar eso? Aunque parezca increíble fue en Estados Unidos, que es considerada la sociedad más consumista. En mi primera gira estaba en un apartamento hermoso en Miami y llegaron los dueños. Yo no dejaba de comprar y me preguntaron: “¿Para qué querés tres pares de mocasines?”. Y me dijeron que intentara vivir con lo justo y necesario. Dije “tenés razón”, pero después vine acá y me olvidé.

¿En qué momento cambió? ¿Tuvo un quiebre?

Sí, tuve muchos hechos que me cambiaron. Empecé a ver la miseria y el sacrificio que había en la sociedad. Cuando empezás a ver a la señora que juntó una moneda para pagar una entrada al teatro. Una vez yo salía del cine y había una señora haciendo garrapiñada. Un niño le decía a su madre y ella le contestó: “Esperá que venda unos paquetes y ya te doy”. Esas cosas no pueden dejar de movilizarte.

A los 60 años, ¿cómo lleva el paso de los años?

Puede que me canse más en un vuelo, en una espera o que me cueste recuperarme. Si estuviera solo, estaría hecho carozo, pero siempre llevo a un amigo, un compañero. Es muy gracioso, pero a veces llego a la producción con la fecha de una función en el exterior marcada y enseguida pregunto quién quiere ir.

¿Se imagina fuera de los escenarios?

No. Antes decía que a los 50 años me iba a retirar pero no voy a poder. Me queda la ilusión. Veo a Antonio Gasalla que tiene más de 70 y sigue actuando. Todavía tengo muchos años para seguir.

Barbarita Mitre Acuña de Figueroa: perlitas del guion

—Estábamos en una degustación de quesos en lo del Pacha Cantón y me encontré con una amiga mía que es una locutora de televisión muy importante, que estaba con un flaco, que tenía una camiseta que decía “Volvé, Pepe”. Y yo pensé: “Pepe Jeans, qué bárbaro, vuelve a Uruguay otra vez la marca”. Y ahí mi empleada me avivó y me dijo que Pepe era un hombre que había sido presidente de este país, que vivía en un rancho, que era repobre, y yo dije: “Ay, Dios mío, ¿dónde estaba yo cuando pasó eso?¿Estaría internada? ¿Estaría de viaje?”.

— Después de tanto tiempo de terapia dije: “Vamos, Barbarita, vamos” y me subí a un ómnibus y me vine al Centro. Subí al ómnibus y le di al guarda un billete de 500 pesos. Y le digo: “¿Cuánto sale el ticket?”. El tipo me miró como para matarme y me dijo: “¿No tiene más cambio? ¿No tiene más chico?”. “No, no, no tengo”. Y la gente empezó a gritar abajo que quería subir al ómnibus. De pronto apareció la mucama de Verónica García Mansilla con una tarjeta de crédito que aprieta contra una pared en una columna del ómnibus y saca el boleto. Yo le dije: “Ay, querida, muchas gracias. No sabía que se podía pagar con tarjeta de crédito”, por la boletera esa nueva que hay electrónica. Yo la invité a tomar el té por la buena onda que tuvo conmigo. Me dijo que tenía cuatro trabajos y yo dije: “Qué genia, porque, una mujer que tiene cuatro trabajos ahora que no hay trabajo es porque debe ser una genia”.

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