Día dieciocho del encierro

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Nº2066 - al de Abril de 2020
por Fernando Santullo

Abro los ojos y busco, instintivamente, la luz que entra a través de la persiana. No logro darme cuenta de si está soleado o nublado. Habrá que esperar a abrir la ventana. En todo caso, no importa mucho. Vamos a pasar el día y los días tan dentro de casa como se pueda. Hay pandemia. No logro recordar bien qué día de la semana es, todos me resultan prácticamente iguales. Pienso en la gente que vive sola en su casa. Por un lado, privilegiados por no tener que compartir el espacio si este es pequeño. Por otro, creo que debe ser angustiante esa soledad en estos momentos. Es raro, nunca había pensado en esos términos sobre quienes viven solos.

Por suerte, además de café con leche, en casa tenemos conexión de alta velocidad y podemos informarnos. Desde el comienzo de la pandemia dedico un rato largo de cada mañana a leer todo lo que puedo sobre este momento complicado. Tengo familia en España y las noticias que llegan de allá no son alentadoras. No es solo que el gobierno no cortó con todos los eventos masivos y colectivos a tiempo y esto, muy probablemente, extendió y aceleró los contagios. Es que el desorden político allí parece no detenerse nunca, ni siquiera cuando el mundo se cae.

En Uruguay, por suerte, aún quedan políticos con sentido de Estado y de comunidad que, después de putearse durante unos días, se dan cuenta de que se necesita hacer frente común y dejarse de dispersar los esfuerzos. En España eso no parece tan claro. Un país que desde siempre tiende al centrifugado, difícilmente iba a lograr unirse frente una pandemia. Dicho y hecho, el nacionalismo catalán, por ejemplo, viene aprovechando la trágica situación (como ya hiciera con los atentados de Barcelona en 2017) para acusar al gobierno de cualquier cosa delirante. Por supuesto, la oposición también pesca en pandemia revuelta y se dedica a programar conferencias de prensa posteriores a las del gobierno para contradecirlo con ganas. La actitud del gobierno es, como suele ocurrir, la soberbia y la descalificación. No pintan bien las cosas en España.

Dejo las noticias y busco información sobre la pandemia y el virus en las redes. Esto agrega problemas pero también abre posibilidades que los medios convencionales no siempre tienen. Si uno logra sortear la maraña de tontoteorías paranoides que son el material más habitual allí, puede encontrarse con que algunos conocidos son especialmente buenos buscando y seleccionando material relevante que vale la pena leer para informarse. Las diferencias se ven, por ejemplo, entre quienes entendieron rápidamente que el factor clave era la velocidad de contagio y quienes siguen jugando a conspiraciones que pueden tener como protagonistas a la CIA (nostalgia de guerra fría), los chinos (nostalgia de Fu Manchu), las malditas farmacéuticas (nostalgia de las tasas de mortalidad previas a las vacunas) y hasta quienes directamente niegan la pandemia (el terraplanismo de este mes).

Miro por la ventana y el día, efectivamente, está nublado. Ya pasearon al perro y no me tocó a mí, así que es mediodía y sigo sin asomar la nariz al mundo exterior. Es raro, sé que el virus no está en el aire, pero cada vez que salgo siento un picor automático en la nariz, como si el coronavirus se pudiera oler. Como para confiar en los sentidos estoy. La tentación de seguir informándome (o intoxicándome, no siempre es clara la diferencia) sigue allí, pero me tengo que poner a cocinar. La cocina es una actividad que me funciona como perfecta evasión en estos días de preocupación extrema. Elegir, descongelar, picar, saltear, hornear, servir, comer. No sé si es por lo breve del lapso que hay entre arrancar un plato y el placer de comersélo, pero la cocina me resulta un refugio confortable. Y no solo durante la pandemia: uno tiene una idea, la cocina y se la come. Casi todas las demás cosas que nos proponemos en la vida involucran mucho más tiempo y mucho más esfuerzo. Y a veces ni siquiera quedan ricas.

Lavo platos y pienso en lo que debo ponerme a hacer enseguida. Los shows se cancelaron, juntarse a grabar tiene una cuota de riesgo extra que nadie quiere correr. Así que trabajamos a distancia y vamos avanzando en las nuevas canciones. Que serán grabadas, mezcladas y editadas quién sabe cuándo. ¿Me quejo? Claro que no, hay miles de personas en el seguro de paro y un montón más que ni eso tienen. Tener trabajo en este instante es casi un privilegio. Lo que sí es claro es que la situación nos está obligando a reiventarnos. Pero incluso para intentar reinventarse hace falta un mínimo de certeza, y en estos días no abunda. Escribo, grabo maquetas, preparo clases, corrijo exámenes, sigo leyendo/intoxicándome sobre el virus y sus efectos. Afuera, en ese exterior que mi nariz huele peligroso y enfermizo, llueve.

En la calle no pasan casi coches. Un alumno, estadounidense, me dice que le sorprende el alto grado de acatamiento que tiene el exhorto del gobierno. De hecho, él eligió quedarse en Uruguay en vez de regresar a su país. “En EE.UU. está muy loco el asunto”, comenta mientras terminamos la clase que hicimos a través de Zoom. El resto de sus compañeros sí regresó a EE.UU. y toma la clase en tres diferentes husos horarios. Nos comunicamos, viajamos, nos conectamos, hacemos turismo, emigramos y es en todos esos cruces que una sopa de murciélago en China (o lo que haya disparado la pandemia) termina enfermando a medio planeta. Una enseñanza directa de este quilombo debería ser revisar nuestra ética hacia el planeta. No todo debe hacerse solo porque puede hacerse. Ya no hay forma de desconectar nuestras acciones globales de nuestros impactos globales.

Mientras enjuago una taza recuerdo que hace un par de columnas tomé prestada la idea de “especie distraída”, que es una forma suave de decir “especie capaz de terminar con sí misma sin darse cuenta”. Solemos dar demasiadas cosas por sentadas, sobre todo quienes (dictadura más, dictadura menos) no conocemos el impacto de eventos realmente terribles, como una guerra. Tengo la impresión de que esa distracción es también una pérdida de reflejos, de esos reflejos que nos permitieron escapar de los leones. No todos estamos distraídos, claro, nuestros médicos e investigadores trabajan metódicamente para encontrar una cura, para atender a quienes lo necesiten en medio del caos. Y no solo ellos, todos los indispensables siguen mostrando buenos reflejos. Desde el feriante que trae la fruta a casa con guantes y mascarilla hasta el del camión que recoge la basura mientras dormimos.

Es casi medianoche cuando salgo por primera vez a la calle. Paseo al perro. Camino cuatro cuadras sin cruzarme con nadie. Los semáforos bailan su baile automático pero esta vez no hay público. Sus luces se desparraman sobre el asfalto mojado. Coronavirus. Entro en casa, miramos una serie en Netflix y me duermo, tras dar un montón de vueltas. Sueño con despertarme y darme cuenta, aunque sea una sola vez, en qué día estoy.

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