Editorial

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Nº1982 - al de Agosto de 2018
por Adela Dubra

Uruguay tiene 680 kilómetros de costa sobre el Río de la Plata y el océano Atlántico. Los seis departamentos costeros crecieron en población en los últimos años. Cada verano aumenta el flujo de turistas. Este año fue récord: entre enero y marzo ingresaron a nuestro país 1.531.746 visitantes, 10,2% más que en igual período de 2017. Punta del Este y la costa de Rocha están cada vez más solicitados.

Sin embargo, siempre se dijo que este es un país que le da la espalda al mar. Si bien Montevideo se fundó como ciudad puerto y “venimos de los barcos”, durante el siglo XVIII y XIX la arquitectura, el estilo de vida, la gastronomía y hasta la literatura estaban de espaldas al mar.

No tenemos una gran literatura marítima (con excepciones: Maluco, de Napoleón Baccino,­ La fragata de las máscaras, de Tomás de Mattos y el cuento El viaje hacia el mar de Morosoli, entre otros), y hay pocos, muy pocos, relatos de balnearios. Si pensamos en Onetti, Benedetti, Felisberto, es todo urbano. Un fenómeno aparte son los muchos libros históricos sobre faros y naufragios (incluido el Graf Spee, pero ese es otro tema).

En la gastronomía también le damos la espalda al mar. En su libro El asado, Gustavo Laborde señala la centralidad de la carne en la dieta de los uruguayos: tan importante que ha condicionado nuestro sentido de la saciedad, por lo que mucha gente siente que si no come carne, no comió.

En la actualidad, los cocineros comprometidos con la renovación de la cocina uruguaya intentan poner en el centro productos que siempre fueron marginales en nuestra dieta: pescados y mariscos. “La ironía es que los uruguayos parecen consumir pescado de manera estacional: solo en verano, cuando están en la playa de vacaciones”, dice Laborde. Como antecedente de la nueva cocina, se puede citar el Hostal Gure-Etxe, que estaba primero en La Coronilla y después en Punta del Este; también La Balconada, en La Paloma.

El mar y la costa cada vez importan más y al valor económico se suman el estético y cultural. La costa estuarina y atlántica del país es responsable del 70% del PBI nacional y concentra la mayor parte de su población, según estudios académicos. Es un área que está en un constante cambio. Y rápido. Nuestra nota de tapa es un ejemplo muy puntual: hace cuatro décadas, pocos uruguayos navegaban (incluso es llamativo que para el país que somos haya tantos uruguayos que no saben nadar).

Nuestros abuelos no tenían rambla. La que hoy conocemos como la del Parque Rodó fue la pionera. En 1904 se sustituyó el paseo de madera que bordeaba la playa por una rambla y se abrió esa gran terraza al mar, según describió Marcello Figueredo en su libro Rambla. En 1909 se inauguró el Casino Parque Hotel como un lugar donde los veraneantes adinerados podrían alojarse. Después vino la rambla Sur (que empezó en 1925 y demoró 10 años).

Un grupo de privados encabezados por Alfredo Arocena desarrollaron el balneario de Carrasco y el hotel, cuyas obras se iniciaron en 1913. Antes de eso, Antonio Lussich hizo una obra monumental en Punta Ballena y, poco después, Francisco Piria también hizo historia.

Punta del Este empezó a existir como lugar para la aristocracia montevideana y porteña, según la historiadora Yvette Trochón, entre 1903 y 1904. Con la vida de fiestas a la noche, convivían los deportes. “La natación, las cabalgatas, el yachting, golf, tenis —practicados, al principio, sobre todo por los sportmen ingleses— así como el football, remo, pesca, conformaron la rutina diaria de los veraneantes. Estas prácticas deportivas de plain air ocuparon un lugar importante desde fines del siglo XIX en el redescubrimiento del cuerpo”, escribe Trochón. El Yacht Club Punta del Este se fundó en 1924 por parte de un grupo de uruguayos y argentinos para fomentar la navegación por placer. Vaya si lo han conseguido; de hecho, aunque el Optimist nació en Montevideo, el impulso se lo dio el club esteño.

Hoy la costa es un espacio de creciente conflicto ambiental. Allí conviven la actividad portuaria, la pesca, el turismo, la industria y la urbanización. En los últimos 20 años se ha avanzado; se controla el desarrollo habitacional, la caminería y el manejo de las aguas pluviales. Esa franja costera, la arena, el suelo, son altamente sensibles y sabemos que el desarrollo turístico siempre va adelante y más rápido; se generan conflictos por el uso intensivo del recurso. “Uruguay invierte poco en mantener y mejorar esa franja tan delicada”, dice el doctor e ingeniero Ismael Piedra-Cueva, experto en temas ambientales. “Se hace mucho, pero falta mucho. Van desapareciendo­ dunas”, dice. La formación va avanzando: desde 2007 funciona una maestría en Manejo Costero Integrado en la Udelar en Maldonado.

Hay mucho por delante, y tenemos que educarnos sobre el cuidado del mar y las dunas, la disputa por la franja costera, discutir sobre un puerto de aguas profundas y los temas medioambientales con conocimiento.

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