Educar a distancia ante la suspensión de clases por expansión del Covid-19 desafía el aislamiento de docentes, alumnos y familias

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Nº2066 - al de Abril de 2020
escribe Juan Pablo Mosteiro

Cuando hace medio mes el gobierno suspendió las clases ante la propagación del coronavirus, Lucía y Juan Pedro, padres de una adolescente de 15 años y de otra joven de 18, se sintieron agobiados al tratar de organizar sus horarios y repartirse actividades entre los cuatro. Por un lado, ellos debían ocuparse de tener la casa abastecida y, por otro, tenían que explicarles a sus hijas que el aislamiento no era sinónimo de vacaciones. Al principio fue difícil, una mezcla de sensaciones —angustia, ansiedad, estrés— ante una situación inédita que puso a prueba la propia convivencia familiar. Pero con los días se fueron organizando frente a la emergencia, estableciendo hábitos de trabajo y clases fijas, con recreos y momentos de ocio.

Lucía, que es profesora de Historia en Secundaria en el ámbito público y privado, dice que varios docentes y alumnos tuvieron  problemas de conectividad y de acceso a los dispositivos del Plan Ceibal, como la plataforma educativa CREA, sobrecargada por la alta demanda, lo cual confirmaron a Búsqueda fuentes oficiales. Esto, sumado a la falta de acceso a Internet en algunas zonas del país y a la inadaptación o el rechazo de no pocos docentes a los recursos digitales desafía la tarea de educar en tiempos de coronavirus.

Las tecnologías —redes sociales incluidas— hoy son “un puente” para maestros y niños, dice a Búsqueda Elbia Pereira, secretaria general de la Federación Uruguaya de Magisterio (FUM), para quien, de todos modos, “no hay manera de suplir el contacto personal, el cara a cara”. Gremialista y maestra con 22 años de experiencia en aula, Pereira opina que el vínculo “pantalla a pantalla” complementa —y, solo en la emergencia, sustituye— a la clase presencial.

Según los maestros agremiados, también muchas madres y padres se vieron “desbordados” por intentar seguirles el ritmo a sus hijos con las actividades domiciliarias. “Muchos gurises están perdidos con las tareas escolares porque solo tuvieron una semana de integración”, dice Pereira.

Otra limitación es el acceso a Internet en hogares pobres para trabajar en las plataformas educativas. Ante esto, algunos docentes armaron grupos de WhatsApp con los padres para enviar tareas escolares y despejar dudas. Es el caso de maestros de Casavalle que ni bien abrieron el grupo recibieron “montones” de mensajes, sobre todo de madres que buscan orientación sobre el calendario y las actividades escolares, y de otros docentes para integrarse al grupo.

“La maestra le avisa a algún padre qué ejercicio toca ese día y lo reenvían al grupo de WhatsApp en el que estamos todos”, cuenta una madre del barrio. En otros casos, los docentes mandan la tarea a sus alumnos y después hacen las devoluciones vía mail.

WhatsApp también es la aplicación más usada en las áreas rurales donde hay poca o nula conectividad, lo que hace el trabajo en línea muy lento o inaccesible, dice Limber Santos, director nacional del Departamento de Educación para el Medio Rural del Consejo de Educación Inicial y Primaria (CEIP). Como nota curiosa, destaca el maestro rural, en departamentos como Tacuarembó, Flores o  Lavalleja “resurgió la radio educativa”, a iniciativa de emisoras locales que transmiten programas de contenido pedagógico dirigidos a las familias rurales.

Entrar a los hogares

Para salvar las distancias, la inspección técnica de la División Educación Inicial y Primaria de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP) distribuyó el lunes 23 una circular, a la que accedió Búsqueda, en la que convoca a todos los educadores a “entrar en los hogares” por medio de la tecnología digital, que “se ha convertido en ‘la oportunidad’, en la única herramienta posible e insustituible”, dicen, para ejercer la docencia ante la pandemia global.

“Acostumbrados a abrir las puertas de nuestras instituciones a la familia, nos sorprende hoy un derrotero a la inversa, porque es momento de entrar a los hogares, de ganarse la confianza para generar un vínculo amigable, que acompañe el proceso de revisar rutinas familiares y ayude a tomar conciencia de cómo vivir un tiempo diferente”, expresan las inspectoras escolares. 

No obstante,  advierten que “no es cuestión de transferir toda la responsabilidad educativa a la familia ni pretender que la tecnología per se cumpla el rol de enseñante”. Insisten en que “hoy más que nunca lo escolar tiene la posibilidad de entrar en cada hogar evitando ser presa de ansiedades o disputas de protagonismos”. Y terminan: “La creatividad está de fiesta, para disfrutar de la singularidad, para fomentar la colaboración, para hacer visible la profesionalidad y el compromiso ético”.

Conectados desde casa

A poco de cumplir 16 años, Rocío va a quinto año de liceo. En realidad, iba. Desde la segunda semana de clase se queda en casa, como la gran mayoría de los uruguayos. Sin embargo, desde su colegio intentan que la experiencia de educación a distancia resulte lo más parecida posible a la que recibía en el aula antes de las medidas de emergencia.

Rocío accede a una de las plataformas del Ceibal donde encuentra las tareas. Cuenta que en los primeros días de clase a distancia la llenaron de actividades en la mayoría de las materias y eso le provocó cierta presión y agobio. Dice que los trabajos los escribe en Word y después copia y pega en la plataforma, aunque también puede hacerlos en papel y mandar una foto.

Según el nuevo presidente del Plan Ceibal, Leandro Folgar, el número de solicitudes de centros de educación privada para acceder a las plataformas de la institución se duplicó en las primeras semanas de confinamiento. En 2019 la plataforma CREA cerró con 80.000 usuarios, y hoy son más de 500.000.

Pero las realidades de cada centro educativo —y de cada familia— son bien distintas. Muchos alumnos, como Rocío, tienen las condiciones y herramientas necesarias para estudiar a distancia. Pueden consultar por chat o videoconferencias a los profesores de cada materia y reciben clases en tiempo real. Algunos docentes graban las clases teóricas en audio o video y envían ese material a sus alumnos. Otros usan el horario de clase para hacer ejercicios prácticos y contestar preguntas por Skype u otras aplicaciones como Zoom. 

Sin embargo, hay casos en los que el flujo de las tareas es lento o inexistente, y el de la comunicación de ida y vuelta muy relativo, aseguran docentes y alumnos consultados. Es que las directivas de las autoridades no han sido claras en cuanto a cómo pretenden que en secundaria se impartan clases durante esta etapa y qué tipo de exigencias deben imponerse a los estudiantes. Por lo tanto, los caminos son diversos y dependen de la decisión individual de profesores, de las inspecciones o de las direcciones de los liceos.

La Inspección de Historia del Consejo de Educación Secundaria de la ANEP, por ejemplo, comunicó el miércoles 25 al cuerpo docente que el objetivo no es supervisar la instrumentación de las propuestas de trabajo online. En ese sentido, pidió que no se contabilicen las clases “porque no se han dictado en la medida en que quizás no hayan llegado a todos” los alumnos, sea por falta de conectividad, de dispositivos o por problemas de su entorno familiar. 

Por otra parte, en varios liceos hubo problemas técnicos desde antes de la suspensión de los cursos que afectaron hasta el listado de clases. Eso implicó que hubiera profesores que no tenían la lista de sus alumnos antes de la interrupción de las clases, con lo cual han tenido dificultades para ponerse en contacto con ellos. A eso se suma que hay docentes que aún se resisten al uso de las tecnologías digitales y reclaman marcos de referencia claros para trabajar.

Mientras tanto, muchos padres se muestran sorprendidos para bien por lo aceitado de la modalidad de educación a distancia a poco de ser aplicada. Otros, en cambio, sufren la experiencia junto con sus hijos.

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