Editorial

El cine y la ciudad

3min
Nº1998 - al de Diciembre de 2018
Por Adela Dubra

Semanas atrás, cerró el VIC, Video Imagen Club, emblemático videoclub de Pocitos, fundado por Ronald Melzer, Ronny, que también fue crítico, distribuidor y productor de cine uruguayo, que murió en 2013. Al igual que Cinemateca, VIC, un fenómeno en sí mismo, posibilitó el acceso a títulos de importancia y a veces difíciles de encontrar, títulos esenciales que servían para demostrar que el cine no nació con Tarantino ni con Danny Boyle, que antes de Blade Runner hubo algo llamado Metrópolis, el tipo de largometraje que todavía sigue influyendo en el cine de ciencia ficción. VIC también fue una comunidad, un lugar donde se cruzaban y dialogaban y discutían artistas y creadores. 25 watts, de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, todavía no era una película cuando ya se hablaba de ella en el VIC. 

Lo saben bien quienes viajan a festivales de cine. Uruguay, siendo un país chico, produce cine de muy buen nivel. Tenemos pocas películas. Pero llaman la atención. Las razones detrás de ese buen gusto, buen ojo, buen pulso, son muchas. Desde algunos aspectos de la educación hasta el nivel que tuvo la crítica cinematográfica y su papel como formadora de espectadores exigentes. La labor fue potenciada, se sabe, por emprendimientos como VIC e instituciones como Cinemateca Uruguaya. 

La formación de públicos es un asunto central para cualquier país. La filmoteca, fundada en 1952, es un fenómeno muy particular y su contribución a la formación de espectadores merece ser subrayada. Dice María José Santacreu, su actual coordinadora, en una entrevista con Brecha: “Acá, por el momento histórico o por cómo era Manuel, logramos una Cinemateca realmente popular, barata, accesible, que tenía una voluntad de enseñar a ver cine. Manolo decía: ‘Si a vos en la escuela te enseñan un montón de cosas, ¿por qué no vamos a enseñar a ver cine?’”. 

En otros países, las cinematecas son para una elite. Mientras aquí, con un precio accesible, se podía ver una película y contar con la presencia del polémico Manuel Martínez Carril en sala, micrófono en mano, analizando el guion. 

Con 20.000 películas, la institución tiene un archivo que es referencia en toda Latinoamérica. Allí está, en cierta medida, la historia de Uruguay. Martínez Carril, crítico de cine, docente y director de Cinemateca durante casi 30 años, logró que si una persona encontraba un rollo de película, por más insignificante que pudiera parecer, lo acercara a la institución; podía ser un rollo de alguien que filmó la construcción de la refinería de Ancap, como explicaba Santacreu, y allí iba a parar. A partir de 1975 llevó un registro de socios: de 1.200 iniciales pasó a tener 16.000 en 1983 y quizá más. Otro cálculo asombroso: llegó a exhibir 150 películas por mes. Con sus festivales, sus ciclos, sus muestras, Cinemateca creó una comunidad que atravesó clases sociales y políticas. Fue refugio y a la vez espacio de libertad durante la dictadura.

El mes pasado, la filmoteca, Patrimonio Cultural de Montevideo, cerró sus viejas salas. El jueves 13 abrirá tres nuevas salas con 400 butacas en total, donde antes estuvo Morini. Tendrá muy buena tecnología no solo en proyectores digitales, sino también de 35 milímetros, un formato ya extinto en las exhibidoras del país. Esto sucede en un año en el que se vendieron casi tres millones de entradas de cine en Uruguay. La gente sigue queriendo ver cine, sentarse en una sala solo o acompañado, que se apaguen las luces y comiencen a ocurrir cosas en la pantalla. Hay espectadores formándose. Para quienes disfrutamos del cine en su versión original, sin doblar, es esperanzador pensar que, al menos en Cinemateca, vamos a seguir escuchando las voces originales de los actores. Es decir: vamos a apreciar el trabajo completo, integral, de los intérpretes. 

Fui socia de Cinemateca y del VIC; a ambos les estoy muy agradecida. Cinemateca, además, tiene el buen gusto de traer, como hizo este invierno, a Lucrecia Martel a dar una charla sobre el sonido en el cine. Una delicia de escuchar. Fue bárbaro ver gente haciendo una fila que daba la vuelta a la manzana de la sala de Chucarro. 

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