El día después

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Nº2046 - al de Noviembre de 2019
por Fernando Santullo

En la columna de la semana pasada señalaba los peligros de la construcción de un “ellos” y un “nosotros” que se alinearan de manera exacta con lo que los partidos proponen. Y hablaba de los partidos definiéndolos como aquello que, necesariamente (lo llevan en el nombre), solo pueden ser parte y nunca el todo. Esto es, no se conocen elecciones no fraudulentas en donde uno de los partidos recibiera el 100% de los votos. Hacía mi comentario con la convicción de que en nuestra convivencia real, esa que va a más allá de unas elecciones, siempre vamos a estar rodeados de personas que piensan distinto. Al interior de los partidos esto es algo mucho más acotado: en el partido se juntan todos aquellos que comparten unas ciertas ideas. En cambio, en la panadería o el almacén no.

Uno de los efectos colaterales de asumir esas agendas furiosas que muchas veces generan los partidos (visto desde su perspectiva, casi todo vale para capturar votos) es que se termina no solo insultando a vecinos, amigos y familiares, sino también aplicando esa misma retícula partidaria sobre cada hecho de la realidad. Todo termina siendo tamizado por ese cernidor que distingue, de manera tan simplista como poco real, a “ellos” de “nosotros”. Es decir, nuestra mirada sobre los hechos de la vida real, termina subordinada a esa parcelación partidaria previa. Que, llegado ese punto, ya no es solo una danza de los partidos, sino un baile que los ciudadanos bailan a veces hasta sin darse cuenta del todo.

Está por verse aún si esa polarización le sirve a alguien, incluidos los partidos que apelan a ella. Y está aun más en veremos si esa mirada polarizada sirve para intentar entender las cosas que pasan a nuestro alrededor. Por poner un ejemplo reciente, frente a las diversas lineas de conflicto que han estallado en los últimos tiempos en América Latina, parece crecer una fuerte tendencia a intentar reducir esa formidable variedad de situaciones al clásico eje de izquierda versus derecha. Como si cada uno de esos conflictos no respondiera a los muy distintos contextos previos de cada uno de esos países. El problema que encuentro en ese tentador reduccionismo es que, en vez de arrojar la luz que propone, sirve más que nada para enturbiar cualquier posible intento de explicación racional. O de una que por lo menos no implique caer en contradicciones lógicas que terminan aniquilando cualquier argumento.

En concreto, ¿que dirían quienes reducen todos los conflictos a ese tradicional eje ideológico si el ejército chileno le sugiriera a Piñera que abandonara el poder? ¿Sería un golpe de Estado como el que se habría producido en Bolivia? ¿Qué tanto sirve ese eje para explicar que el principal sindicato boliviano, la Central Obrera Boliviana (COB), uno de los aliados fundamentales del Evo Morales, le haya sugerido la renuncia al “compañero presidente”? ¿Serían golpistas los militares chilenos si se negaran a reprimir? ¿Lo son los militares bolivianos? Y eso sin entrar en situaciones como la producida hace semanas en Perú (disolución del Parlamento) o Ecuador (protestas por las medidas económicas del presidente Lenin Moreno). Todos ellos con gobiernos de diversos signos ideológicos.

Mi intuición es que medir todos esos procesos con una sola vara tiende a oscurecer más que a aclarar. Que es necesario pensar cada uno de ellos con lo que tiene de específico, ubicar el momento presente en la historia de cada nación, ver los antecedentes democráticos del país, la fortaleza de sus instituciones democráticas, sus niveles de desigualdad, de injusticia, de pobreza, cómo han evolucionado en tiempos recientes estos indicadores, etc. Es decir, esquivar tanto como sea posible la aplicación de esa simplificación ideológica previa. Y que, si a uno de verdad le interesa el tema, se ponga a leer, de fuentes que pueden ser hasta opuestas incluso, todo cuanto sea posible al respecto. Da trabajo y su resultado es incierto pero, mucho me temo, es de las pocas formas que tenemos todos a nuestro alcance para intentar estar al tanto en temas complejos como estos.

Para que esa apuesta por informarse sea más completa sería deseable lograr moverse más allá de la indignación que nos producen estos hechos. Porque, si bien la indignación puede ser un buen disparador de la política, como herramienta para hacer política es bastante limitada. De hecho, todo lo que hemos construido en los últimos 250 años es resultado de un primer momento pasional y, luego, de otro más racional. Si no existiera ese segundo momento, más frío, no tendríamos leyes, derechos, no tendríamos ni siquiera democracia. En ese sentido, la indignación es lo que late detrás de las shitstorms que suelen producirse en las redes y que, por su propia inercia meteorológica (inestable y fugaz) nunca llegan a constituirse como una política. Esto es, nunca llegan a desafiar al statu quo, solo alcanzan a agredir y a intentar aplastar personas. La política, por el contrario, es el intercambio que se genera una vez conocidos y establecidos los puntos a debatir. Una vez establecida la distancia entre las distintas visiones. La política comienza cuando se abandona la indignación y uno se sienta a negociar sus puntos de vista con el resto. Si nos abandonamos a la pasión, podremos estar orgullosos de nuestra estatura moral, pero seguiremos lejos de la política entendida como espacio de construcción democrática.

En Uruguay estamos (o parecemos estar) lejos de estas pasiones convertidas en batalla campal en las calles. Nuestra institucionalidad parece ser más firme, pero eso no debería hacernos olvidar que la salud de esa institucionalidad depende en buena medida de los mimos que le prodiguemos como colectivo. Y que una parte no menor de la responsabilidad de que eso sea así pasa por los partidos. Los partidos deben ser conscientes de que sus votantes tienen una existencia más allá de lo partidario y que azuzarlos unos contra otros es algo que se sabe cómo comienza pero no se sabe muy bien cómo termina.

Recuerdo una película para televisión muy buena que se llamaba El día después. Era sobre los sobrevivientes del holocausto nuclear en las primeras horas después de que las bombas terminaran con la civilización tal como la conocemos. La película, que era desgarradora, mostraba cómo los que habían tenido la "suerte" de sobrevivir se las apañaban frente a la radiación, la muerte y el invierno nuclear que empezaba a llegar. Sin final feliz, el filme venía a decir que, en caso de una guerra termonuclear total, no había ganador posible. Y que esos supervivientes, condenados de antemano a la muerte, nunca iban a poder hacer otra cosa que matarse unos a otros para prolongar un tiempo su cada vez más perceptible agonía.

Me gustaría pensar que alguien en los partidos recuerda haber visto esa película y que en estos momentos está pensando qué hacer ese día después del balotaje. Viendo el tono de la campaña, no apostaría demasiado por ello. En todo caso, no vendría mal comenzar a hacerlo, porque la enorme diversidad de los conflictos que sacuden la región estos días no parece augurarnos ninguna clase de inmunidad al respecto.

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