Nobleza obliga

El dios de las palabras

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Nº1981 - al de Agosto de 2018
por Claudia Amengual

Hace dos décadas, durante la apertura del Primer Congreso Internacional de la Lengua Española, Gabriel García Márquez pronunció un célebre discurso que tituló Botella al mar para el dios de las palabras. Allí reconocía el poder de la lengua y su innegable vitalidad. Pedía no “meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos”. Para ello, sugería la simplificación de la gramática, la humanización de sus leyes y la jubilación de la ortografía. En suma, lo que el gran Gabo proponía —con un gracejo tal que aún hoy leo el texto y sonrío― era un golpe de Estado tan encantador y demagógico como ingenuo. Y es que su propuesta partía de una suposición equivocada porque, aunque quede simpático ir contra lo establecido, nadie mete la lengua en cintura, ni puede simplificarla ni mandarla a cuarteles de invierno.

La lengua no se forma ni se cambia por decreto. Aun en esta época de avances tecnológicos, el cambio lingüístico toma su tiempo. A diferencia de lo que algunos creen, el cambio no se produce desde arriba, sino desde la base, esto es, desde la comunidad donde hay hablantes de mayor y menor prestigio que van consolidando el uso. La mayoría de las veces la forma antigua y la nueva conviven por largas temporadas y no siempre la última prevalece. ¿Quién toma la decisión final? No la Academia, por cierto, sino la comunidad parlante. Por eso la lengua está atada a la historia de los pueblos de los que se nutre y en cuyo devenir interviene.
La Academia aparece después. Analiza el cambio, redacta las normas y oficializa el uso. Tal como dice su lema, “limpia, fija y da esplendor”. Pero ni siquiera así, puede asegurar que el cambio vaya a estabilizarse. La Academia legitima lo que el uso consolida. Y luego solo resta esperar la voz implacable del tiempo.

Importa tener esto en cuenta cuando se discute acerca de los cambios vinculados al lenguaje inclusivo. Sabido es que toda lengua refleja la realidad y también la crea. Su uso, por tanto, jamás es inocente y deja huellas. La matriz cultural sobre la que se forja una lengua tiene que ver con los valores de la comunidad que la adopta y estos están influidos por su época. De ahí que no deba extrañarnos algún giro patriarcal o incluso machista que encontremos en la estructura profunda de nuestra lengua cuyos orígenes se hunden en la bruma de los siglos.

Pero el sentido común y el afán de mejora van haciendo su obra. Y el progreso actúa sobre la lengua, tanto como la lengua actúa sobre el progreso. Por tanto, además de reivindicar usos nuevos ―lo que me parece correcto si se hace con respeto―, hay que preocuparse por educar en valores, distribuir con justicia el acceso a la cultura, ampliar los horizontes y hacer entender a los menos privilegiados y a las minorías que tienen derecho no a dádivas, sino a igualdad de oportunidades de crecimiento. La lengua acompañará los cambios que la sociedad quiera darse, ya propiciándolos sin groseras imposiciones, ya siguiéndolos como un reflejo.

Resulta estéril discutir acerca de la conveniencia de los cambios que el lenguaje inclusivo propone. No porque sus intenciones sean malas, sino porque no se puede forzar lo que requiere un proceso. La revolución se hace desde abajo y va unida a cambios sociales profundos.

A mi modo de ver, resulta estéril discutir acerca de la conveniencia de los cambios que el lenguaje inclusivo propone. No porque sus intenciones sean malas, sino porque no se puede forzar lo que requiere un proceso. La revolución se hace desde abajo y va unida a cambios sociales profundos. Es allí donde hay que poner el énfasis. Cuando ese cambio social está maduro se traduce a la lengua y con toda naturalidad echa raíces en ella. Si los hablantes no acogen el cambio, imponerlo resulta ineficaz porque, lejos de crear adhesión, el autoritarismo genera resistencia.

No hay misterio en esto. El dominio a través de la lengua es tan viejo como el poder mismo. Recuérdese la sabia advertencia que Antonio de Nebrija ―el sevillano autor de la primera Gramática de la lengua castellana― hizo a Isabel la Católica: “Siempre la lengua fue compañera del imperio, y de tal manera lo siguió, que juntamente comenzaron, crecieron y florecieron, y después junta fue la caída de entrambos”. Nebrija había entendido que la espada podía someter a corto plazo, pero que la lengua, aunque implicara un prolongado esfuerzo, era un arma mucho más poderosa para extender el dominio duradero del Viejo Mundo sobre el Nuevo. Pero esto no se hace en un pestañeo.

El cambio lingüístico es inevitable. Gracias a él las lenguas se refrescan y no mueren. Es, por tanto, necio resistirse a él. Así como es necio forzarlo. Militantes del lenguaje inclusivo y opositores darán su batalla y la Academia dirá lo suyo. Habrá discusiones, debates, enfrentamientos, hasta columnas como esta. Después, los hablantes harán lo que quieran. El dios de las palabras tiene sus tiempos. Más que con consignas, hay que enamorarlo con hechos. El resto es paciencia.

tatiam@galeria.com.uy

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