El encanto de los débiles

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Nº2042 - al de Octubre de 2019
por Andrés Danza

Que la culpa es de los demás, que somos un pequeño país en inferioridad de condiciones, que es imposible hacer grandes cambios porque la población está aferrada al pasado y que no se puede, por más que se intente una y mil veces, no se puede. No hay nada más identificativo de la idiosincrasia uruguaya que el papel de víctima. Somos víctimas, el mundo conspira en nuestra contra, parece la frase de cabecera.

Los victimarios están condenados a ser minoría. Por más que sean los más activos y emprendedores, no logran congeniar con la mayoría de la población, les falta la empatía suficiente o el sex appel necesario como para poder ganar una elección presidencial. Asumen el rol de los malos de la película, esos que terminan haciendo más buenos a los no tan buenos.

Basta con analizar algunos aspectos de la política reciente como para concluir que los que terminan cosechando la mayor cantidad de votos son los que logran asumir por un tiempo prolongado el papel de víctimas. Claro que a lo largo de una carrera electoral un candidato o un partido pueden ser víctimas y victimarios en varias oportunidades. Depende mucho de sus oponentes y de las decisiones que tomen como para ubicarse en alguna de las dos veredas.

Pero, a la hora de la verdad, los que suelen ganar son las víctimas circunstanciales y no los mejores. Para sumar votos hay que sintonizar con la mayoría, ese es el secreto. No es suficiente ser el más inteligente, ni el más preparado, ni el que puede asegurar un mejor gobierno. El tema es ser el más creíble. Al final del camino manda la confianza, esa cualidad que la mayoría de los uruguayos depositan en las víctimas y no en los victimarios.

El crecimiento electoral del candidato oficialista Daniel Martínez que registran las encuestas parece ser, a simple vista, consecuencia del nuevo rol que asumió en las últimas semanas. Los días posteriores a las elecciones internas eligió ser el victimario, dejando de lado los consejos de los viejos líderes del Frente Amplio —Tabaré Vázquez, José Mujica y Danilo Astori— para elegir a su compañera de fórmula. De un solo movimiento, al optar por Graciela Villar, pareció cometer un parricidio triple, violento y cruel.

Pero luego se fue acercando al otro rol, al de víctima. Acomodó sus apariciones públicas a una actitud más defensiva, se quejó en más de una oportunidad de ser el centro de todas las críticas y moderó su discurso. En el debate presidencial, visto por más de un millón de personas, volvió a ocupar ese papel del supuestamente débil y en inferioridad, cuando claramente no es así. Con sus lentes, que a muchos parecieron anticuados para la ocasión, y su arranque titubeante, recibió los primeros golpes fuertes de su contrincante, que parecían anunciar un knock out. Pero eso no le jugó en contra. Más bien ocurrió lo opuesto si se tienen en cuenta las últimas encuestas.

Algo similar ocurrió con la entrevista que le realizó el periodista Ignacio Álvarez en el programa Santo y seña de Canal 4. El tono fue confrontativo y al final, luego de más de dos horas de preguntas, Martínez se mostró muy fastidiado. “El que se calienta pierde”, le dijo Álvarez ¿Es así? No necesariamente. También puede ocurrir que de esa forma logre victimizarse y genere solidaridad. Y más votos, según los últimos sondeos de opinión.

El caso del candidato colorado Ernesto Talvi es el mismo, pero a la inversa. Empezó siendo la víctima, el Goliat peleando contra David, que era el dos veces presidente Julio Sanguinetti. Talvi construyó de la mejor manera esa figura del que llega a jugar de visitante con un resultado a priori adverso y logra revertirlo. Hizo casi todo bien antes de las elecciones internas.

El problema surgió después, cuando se pasó al bando de los ganadores y optó por no disimularlo. Fue demasiada la euforia inicial y eso no parece gustarle a la mayoría de los uruguayos. Encima eligió bloquear la continuidad del senador Pedro Bordaberry, una decisión que probablemente fuera necesaria, pero que lo puso en el lugar de victimario, del que todavía no ha logrado salir. Procuró volver a ser víctima al quedar afuera del debate entre Martínez y Luis Lacalle Pou, pero de una forma demasiado agresiva, lo que lo hizo poco creíble.

El general retirado Guido Manini Ríos cumple con todos los requisitos como para ser visto como una víctima por muchos y quizá por eso su partido político crece semana tras semana, según las encuestas. No quiere decir que lo sea, pero lo aparenta muy bien. Dice ser perseguido por la Justicia, no tiene casi vínculos con el sistema político tradicional más resistido, se presenta como lo nuevo y desafiante aunque todavía minoritario, y es blanco de la mayoría de las críticas. Mejor, imposible.

Lacalle Pou es el único, entre los favoritos, con antecedentes como candidato presidencial. Ya ha sido víctima muchas veces y otras tantas, victimario. En las elecciones internas, por más que siempre estuvo primero en las preferencias electorales, fue víctima de un candidato outsider que usó métodos poco transparentes para intentar perjudicarlo. Ganó por una diferencia mucho más holgada de la que se esperaba.

En la recta final ha atacado y también se ha defendido. Pero la mayoría de tiempo ha optado por el camino del medio, tratando de controlar la ansiedad, tan alimentadora de errores irreversibles. Tiene experiencia, sabe que está cerca, pero también es consciente de que eso le puede jugar en contra. Critica mucho más que antes, asume el papel de juez de los últimos 15 años de gobierno frenteamplista pero intentando no perder el rol de conciliador entre toda la oposición, algo que necesita para poder ganar, sobre todo en noviembre.

No es nada fácil su tarea. Su objetivo tendría que ser mantenerse, que pase el tiempo lo más rápido posible, que sean otros los que asuman los papeles de víctimas y victimarios y él quien los une, como dice su slogan de campaña. La disyuntiva es cómo hace para lograrlo y evitar que, al igual que en las últimas elecciones, vuelva a ser víctima, pero luego de que se abran las urnas.

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