Fernando Cabrera. Foto: Javier Calvelo/ adhocFotos

Obras maestras: "El tiempo está después", reeditado en vinilo

El meridiano cero de Fernando Cabrera

6min
Nº2003 - al de Enero de 2019
Javier Alfonso

Una tríada instrumental. Bajo y guitarra al unísono hacen la base-riff minimalista. Las tres notas son acompañadas por golpes de tambor. Una campana marca el pulso. Se suma un tímido platillo de batería. Aunque Fernando Cabrera ya tenía 32 años cuando grabó la canción, su voz suena en un registro mucho más agudo que el actual, casi adolescente: Había un monstruo de mil cabezas / en mi cabeza / contaminada. / Nada me canta con tanta calma. / Desde que entraste / iluminada. Irrumpe el timbre dulce y metálico de Mariana Ingold en un coro a contratiempo: sus na-na-na-na-na bañan de luz la melodía: Por mil caprichos del inconsciente / en mi rutina / vos estás siempre. / En casi todos los ingredientes / de mi comida / vos estás siempre. Apenas van 38 segundos de canción y ya pasó de todo. La voz de Ingold sigue explorando otras variantes tímbricas del na-na-na-na-na pero no sale de esa métrica perfecta. Los versos que expresan devoción por esta dama que irrumpió con aires de redención y alcanzó una dimensión sagrada, de golpe cobran forma de amenaza: Que nadie me diga intransigente. / Que nadie invente. / Que nadie nada. Perfectamente podría haber sido escrita por John Lennon en los tiempos turbulentos en que apareció Yoko Ono y se pudrió todo. Y cierra, capicúa con el mismo verso inicial, ahora con el bajista Andrés Recagno sumado al coro. Iluminada es una turbonada de música que en menos de un minuto cabreriza el oído. Es el portal para ingresar a un disco que dura menos de media hora pero que es fundamental, no solo en la obra de Cabrera, sino en la historia de la música popular uruguaya.

El tiempo está después fue publicado en 1989 por Orfeo. Parte del álbum había sido incluido en el compilado El tiempo en la cara, lanzado por Ayuí a fines de los 90. En 2005, EMI, entonces en poder del enorme catálogo de Orfeo (casi mil títulos), publicó un compilado homónimo con la mayor parte de las canciones y otros clásicos de Cabrera. Cuatro años después, Bizarro Records se hizo con el acervo de Orfeo y el público uruguayo volvió a acceder a obras fundamentales, cuya presencia en las bateas se había discontinuado por la crisis de los formatos. En 2010 se reeditó en CD y ahora, cuando cumple 30 años la fonográfica que dirige Andrés Sanabria, lo acaba de reeditar en vinilo.   

El sonido Cabrera

Dentro de una obra que ya supera los 40 años, llena de grandes discos, este es sin dudas el más importante. Cuatro de sus 12 temas son clásicos, piezas que rara vez faltan en sus conciertos y siempre están entre las más esperadas y aplaudidas: Punto muerto, La garra del corazón, Imposibles y El tiempo está después. Un póker irresistible tanto para neófitos como para los conocedores que, recital a recital vuelven a derretirse con esa combinación de melodías y versos hipnotizantes como los de la canción que da nombre al disco: El beso y la comunión. / El precipicio del miedo. / Las trampas de la cabeza. / La garra del corazón.

Tras presentar sus eclécticas y folclóricas credenciales en los grupos Montresvideo y Baldío, y en El viento en la cara, su debut como solista (1984), después de recostarse al rock y al pop en Autoblues (1985) y Buzos azules (1986), y de abrazarse al minimalismo radical (guitarra, percusión y voces) en Mateo y Cabrera (1987), es en esta obra donde Cabrera, ya en su madurez como compositor e intérprete, logró total coherencia en su sonoridad. Y la tan ansiada por muchos pero esquiva unidad en la temática de las canciones: un individuo de esta parte del mundo que llega a los 30 y aún se está buscando a sí mismo. Coherencia también es lo que exhiben la instrumentación, los arreglos, su plenitud vocal y ese modo sugerente de ejecutar arpegios y rasguidos de guitarra, siempre sutiles, sin alarde ni desbordes de virtuosismo.

Es también en esta obra donde aparece ese sonido asordinado de guitarra eléctrica que suele inclinarse por la zona más grave del encordado. Sutilezas que fue aprendiendo con los músicos con los que compartió escena en los 70 y 80.

Sin dudas Eduardo Mateo fue una de esas poderosas influencias. Quizá la mayor. Dos años antes habían hecho juntos Mateo y Cabrera, clásico de clásicos que hace rato que también merece otra edición en vinilo. A su regreso de La Paz, Cabrera se reencontró con Mateo y lo convocó al estudio para explotar su faceta menos difundida, la de percusionista.

Grandes éxitos

Este disco parece una antología que bien podría haber sido titulada “Lo mejor de Cabrera”. Punto muerto es un candombe con la clásica llevada de guitarra mateística, con aires de samba brasileño, a la que se suma el bajo machacante de Andrés Recagno y las congas de Mateo. Hay penas que hacen daño, hay penas que son prendas, dice, y remata: No hay nada más decente en mi corazón. Luego varía el mismo verso con demente y termina con presente, junto a esa orquesta de coros tarareados por Ingold y Recagno.

Con aura piazzolliana abre La garra del corazón, con un contrapunto entre su guitarra y el violín de Juan José Rodríguez, que siembra angustia y extrañeza. Mateo acompaña con su inconfundible toco, ese mismo estilo percusivo que Cabrera usa en Yo quería ser como vos y Todo el día, dos de sus canciones más influidas por el autor de Cuerpo y alma.  

Remontar un barco, sumergir su voz, descubrir El Dorado en cualquier rincón, tirarse al agua sin mojarse el pantalón o ilusionarse con un mundo sin desilusión, son algunas de las utopías que Cabrera plasma en Imposibles. Además de ansiar el corazón de esa misteriosa musa prohibida que brilla en cada rayo de sol. Imposible no caer rendido ante uno de los versos más elocuentes de toda la obra de Cabrera, una brillante evocación del mito de Ícaro: Ta loco aquel que quiera volar / buscando un sitio al lado del sol. / Ta loco aquel que quiera tu corazón. / Quien colocó tu color / en cada rayo de sol./ Se quema aquel que quiera tu corazón. Gustavo Etchenique da una auténtica clínica de batería aplicada al candombe (quizá junto con Osvaldo Fattoruso son quienes han logrado la mejor síntesis candombera en la batería).

Tal es así que otra canción de este disco, La casa, parece estar hecha en torno de la batería de Etchenique, el motor narrativo de esa tonada que va y viene entre el jazz y la bossa nova.

Pero El tiempo está después tiene otro grupo de grandes canciones, quizá no tan conocidas o no tan presentes en su repertorio habitual, pero atesoradas por todo cabreriano de ley.

Comienza la escuela, esa balada con aromas bluseros, es un tremendo himno a la indolencia, en la que afloran trazos del humor asordinado que atraviesa la lírica de Cabrera: Comienza la escuela / y yo sin ganas de madrugar. / Comienza el repecho/ y yo sin ganas de pedalear. / Comienzan los celos / y yo sin ganas de discutir.

Vidalita fea, la primera canción que compuso Cabrera, es una joyita que destila arpegios de mano derecha muy relacionados con los clásicos ejercicios de digitación que todo estudiante de las seis cuerdas aprende en sus primeros años. Esta tonada irrestiblemente melancólica se sostiene en ese chelo casi inaudible, en esa misteriosa mezcla de tristeza y luminosidad.

La frenética Hay pájaros concentra la mayor dosis de exploración en un lenguaje rockero con un toque de free jazz.

Copiando la lluvia es otra oda a la melancolía, un sentimiento que algunos confunden con depresión. Pero estas músicas tienen el antídoto perfecto para ahuyentar la angustia: la belleza, la delicadeza en el aire de la exquisita Mariana Berta, que fluye por el oboe y el corno inglés.

Mateo vuelve al primer plano en los parches, en Saber, un tema de ritmo indefinible que cierra el disco con una frase que no pasa inadvertida: “El futuro no importa nada”. 

Los viajantes es un retrato de la gente que va y viene por las rutas. Sus años como conductor de camiones se condensan en los versos y en ese sonido de motores en la intro arpegiada de guitarra.

Para el final, una especie de valsecito que da nombre al disco y sentido a la portada con esa foto de Cabrera mirando una vidriera con relojes junto a un transeúnte anónimo, que arranca por la calle Llupes con su raya al medio, con el tren que saluda con “silbos de tristeza” y las filas infinitas que salen de Central (casi cuando salió el disco, dejaron de salir). Una canción que encierra en sus versos una profecía que se sigue cumpliendo, más allá de los cambios tecnológicos. La más bella de las canciones dedicadas a un barrio montevideano, la que “encuentra Belvedere”. La que encontró el secreto de la atemporalidad justamente pintando al tiempo y su transcurrir: Un día nos encontraremos en otro carnaval. / Tendremos suerte si aprendemos / que no hay ningún rincón, / que no hay ningún atracadero / que pueda disolver / en su escondite lo que fuimos. / El tiempo está después.

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