El partido más difícil

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Nº1975 - al de 2018
por Pau Delgado Iglesias

El Mundial de fútbol de Rusia 2018 está a punto de meterse en octavos de final y hace 15 días que solo se habla de esto en medios de prensa y redes sociales. Claro que siempre es agradable ver a Cavani hacer un gol con la celeste puesta, pero más allá del “juego”, hay muchos otros temas en torno a este Mundial que vale la pena analizar en conjunto.

El lunes pasado, ONU Mujeres condenó públicamente la “violencia de género” en la Copa del Mundo. El comunicado se refería a los contenidos de una gran cantidad de videos que fueron viralizados en redes sociales, en los que se puede ver a hinchas de países principalmente latinoamericanos agrediendo de múltiples formas a mujeres de distintas nacionalidades. En todas las situaciones, la agresión a las mujeres pasaba siempre por lo sexual. Entristece ver las caras de estos hombres en los videos, la expresión decadente de quien disfruta con la humillación del “otro”. Pero los tiempos están cambiando y lo que antes solo hubiera generado risas, ahora tuvo también otras consecuencias: algunos se quedaron sin poder entrar más a los estadios y tuvieron que volver a sus casas antes de tiempo; otros perdieron sus trabajos; más de uno deberá enfrentarse a la “Justicia rusa”, y todos quedaron expuestos al repudio de mujeres y hombres de distintas partes del mundo.

Pero en estos pocos días, los hinchas también tuvieron oportunidad de dar rienda suelta a la homofobia. La Federación Mexicana de Fútbol fue multada por el “grito homofóbico” de los fans mexicanos durante el partido contra Alemania, y la FIFA amenazó con quitarle puntos a la selección. Varios jugadores pidieron a sus hinchas que por favor dejen de usar “el grito” para evitar seguir siendo penalizados (“evitar la discriminación” no parece ser un argumento relevante). También la Asociación de Fútbol Argentino fue multada por los cantos homofóbicos de sus fans, y por violencia física durante y después del partido con Croacia: la multa fue de aproximadamente US$ 100.000.

Lamentablemente, la homofobia y la misoginia son rasgos que han acompañado al fútbol desde siempre. Juan José Sebreli (1998) entiende que “es en el fútbol donde la violencia se da en su forma plena en todos sus aspectos: etnocentrismo, xenofobia, racismo, chauvinismo”, y argumenta que son las propias características del “aficionado de fútbol” las que hacen que este deporte tenga “fanáticos” especialmente en lugares como España, Italia y Latinoamérica, “sociedades de tradición patriarcal y católica, con una gran represión sexual, donde se cultivaba el ‘machismo’ y la mujer jugaba hasta hace poco un papel pasivo”. Tal vez no sea casualidad entonces, que actitudes como las observadas en Rusia 2018 hayan provenido principalmente de “fanáticos” latinoamericanos.

Desde otro ángulo, el escritor Manuel Soriano (2018) explica cómo en las “canciones de cancha” la violencia es expresada siempre a través de lo sexual: se pone en juego una concepción de sexualidad en la que “el macho somete y humilla a la hembra o a otro macho, porque si los dos gozan esto no tiene mucho sentido”. Así, los “verdaderos hombres” en el fútbol son siempre sexualmente agresivos.

Claro, resulta que esto fue así toda la vida y nunca pasó nada, y ahora la “corrección política” y las “feminazis” vienen a decirles a los pobres fanáticos que ser machista, racista y homofóbico no está tan bien. Y como si esto fuera poco, la FIFA (en su intento de limpiar los problemas de reputación a los que se enfrentó en 2015) incorporó entre 2016 y 2017 una política “clara y coherente” en materia de derechos humanos. En particular, el punto 4 de su estatuto prohíbe estrictamente la discriminación por cuestiones de raza, origen étnico, sexo, discapacidad, religión, orientación sexual o cualquier otra razón. La elección de Rusia (un país abiertamente hostil a las personas LGBT) como sede de la Copa del Mundo fue previa a la incorporación de esta óptica de derechos, pero para ser coherente con los nuevos lineamientos, la FIFA deberá ser más estricta en su próxima elección.

Así las cosas, parecería que los hinchas tarde o temprano deberán aprender a disfrutar del juego sin necesidad de canalizar en él todas sus frustraciones machistas. Pero hasta ahora, y más allá de cuántos goles nos regale Cavani en las siguientes etapas, el partido más difícil de jugar parece seguir siendo el de la no discriminación.

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