El poco por ciento

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Nº2034 - al de Agosto de 2019
por Pau Delgado Iglesias

“En mi empresa eso no pasa porque la mayoría son mujeres y las organizaciones con las que trabajamos también tienen muchas jefas y gerentas”. Comentarios de este tipo aparecen en forma recurrente al hablar sobre temas de género en el sector empresarial. Las percepciones sobre igualdad de género en el espacio de trabajo tienden a desestimar el problema. Es por esto que los datos estadísticos han resultado siempre grandes aliados del feminismo: más allá de la percepción personal, la realidad indica, por ejemplo, que en Uruguay el 90% de los puestos gerenciales son ocupados por hombres y solo 10% por mujeres. Además (según el estudio realizado en 2016 por Marcia Barbero y Miguel Serna), los hombres ocupan cargos más importantes dentro del organigrama, dejando para las mujeres las “gerencias soft” como recursos humanos o comunicación, o las subgerencias. Al analizar la presencia en los directorios de las compañías, la proporción 90% a 10% a favor de los hombres vuelve a repetirse.

Que las mujeres tienen en general menor acceso a la riqueza no es una característica exclusiva de Uruguay. Una revisión rápida de datos globales informa por ejemplo que las mujeres son el 70% de la población mundial en situación de pobreza y que el porcentaje de tierras propiedad de mujeres en los países en desarrollo no alcanza el 2%. En un análisis para América Latina, las cifras agregadas muestran que tan solo 2% de las empresas de la región tienen una mujer CEO, solo 52% de las mujeres de la región participan en el mercado laboral (frente al 80% de los hombres), y 60% de las mujeres que trabajan tienen empleos informales o precarios. En Uruguay, los hombres con educación terciaria ganan 24% más que las mujeres con la misma educación y experiencia laboral; además, las mujeres dedican más del doble de tiempo que los hombres al trabajo doméstico no remunerado, lo que compromete aún más su autonomía económica.

Por estos y otros muchos motivos, ONU Mujeres viene trabajando desde el año pasado en promover la igualdad de género, extendiendo el compromiso al sector privado. Para eso desarrolló el proyecto “Ganar – Ganar: La igualdad de género es un buen negocio”, implementado en asociación con la Organización Internacional del Trabajo y financiado por la Unión Europea. El programa, que se presentó en Uruguay en marzo de 2018, busca fortalecer las capacidades de las empresas para implementar efectivamente estos compromisos de igualdad, con el objetivo general de “contribuir al empoderamiento económico de las mujeres”, reconociéndolas como beneficiarias y socias del crecimiento y el desarrollo.

Es verdad que la palabra “empoderar” puede resultar problemática para algunas personas –la antropóloga feminista Rita Segato, por ejemplo, declara no usar la palabra empoderamiento porque “habla del poder, y a mí me interesa la horizontalidad”—. También puede ser que hablar de igualdad de género como un “un buen negocio” resulte una falta de respeto para algunas personas. Pero lo cierto es que el sector privado parece bastante impermeable a los avances hacia la igualdad, y la promesa de una mejora en los resultados constituye una forma “seductora” para lograr poner el tema en la agenda de las empresas. Lo que ONU Mujeres ofrece a las que estén dispuestas a comprometerse son consultorías y talleres de sensibilización para que puedan visualizar el problema internamente y tengan herramientas para atacarlo, siempre de forma gratuita.

Durante los talleres, las resistencias llegan de todos lados: de los altos mandos, de los mandos medios, de los cargos administrativos, de hombres y de mujeres. Preguntas como ¿por qué debería mi empresa privilegiar a una proveedora mujer antes que a un hombre, a igual precio e igual calidad de producto ofrecido?, resultan recurrentes. Porque la proveedora, en la mayoría de los casos, encontró en el camino muchísimos más obstáculos para llegar a ese lugar; de eso se trata la idea de equidad de género que maneja ONU Mujeres en el programa: de la necesidad de aplicar medidas que compensen las desventajas históricas y sociales a las que se han enfrentado sistemáticamente las mujeres.

Hasta ahora hay en Uruguay solo 12 empresas que han recibido talleres o realizado consultorías. Parece un número bajo para una actividad que no tiene costo más que el tiempo dedicado al tema. Pero es al menos el inicio de un camino que invita a todas las empresas a animarse al cambio y a contribuir a romper con porcentajes de desigualdad estructurales.

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