Seis jovenes mujeres y su trabajo teatral de este 2016

El poder de la escena femenina

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Nº1896 - al de Diciembre de 2016
Pía Supervielle - Fotos: Leo Barizzoni

Dos mil dieciséis será recordado por infinidad de razones, pero para un grupo de mujeres de una misma generación que forma parte del universo del arte dramático uruguayo tuvo la particularidad de ser muy valioso en el crecimiento de su carrera. Fue un año de los primeros unipersonales para Dahiana Méndez con “Encuentros en la Estación del Este” y Mané Pérez con “La Fiera”; del primer trabajo como directora y dramaturga para Lucía Trentini con “Muñeca rota”; de la primera participación de Jimena Márquez en la Comedia Nacional durante la temporada de autores nacionales con su pieza “La duda en gira”; del primer trabajo actoral después de un año de formación en Buenos Aires que llevó adelante Manuela da Silveira con “Las Manolas”, y del estreno de “Cabalgar”, la primera obra que Federica Presa gestó en Montevideo después de volver de Argentina. Con personalidades artísticas distintas, estas seis mujeres lograron ­—cada una en su espacio— que sus voces fueran más fuertes y que su trabajo mereciera ser destacado.

Lucía Trentini

En la casa de la familia Trentini, en Durazno, cuando los cuatro hijos eran pequeños había espectáculos teatrales todo el tiempo. Se hacían en el fondo y con los vecinos como público. Los niños crecieron con los sonidos del piano del padre y la guitarra de la madre y las tertulias en lo de la abuela muy vinculada al Festival de Folclore de la ciudad. Lucía Trentini se metió en el universo del teatro de chica y de adolescente ingresó al elenco del teatro local. “Tenía 13 años y estaba fascinada. Hacíamos giras en el interior de Durazno. Nos íbamos los fines de semana en un camión. Me parecía alucinante”, cuenta. A los 17, cuando terminó el bachillerato, tuvo que empezar de nuevo en Montevideo. Se anotó en la EMAD, dio la prueba y salvó de primera. Terminó la carrera y decidió hacer un posgrado con Roberto Suárez. Y allí vino el paréntesis. Lucía fue, durante seis años, cantante de La Tabaré y las giras y los conciertos eran incompatibles con las funciones teatrales. Hasta que la actuación empezó a tirarle nuevamente. Y creó “Música de fiambrería”, el unipersonal que escribió y actuó con la dirección de Diego Arbelo y que le valió el Florencio a Revelación. “Mi iniciativa de escribir tenía que ver con mi necesidad de actuar. Me puse a pensar qué podía hacer, no quería esperar a que alguien me llamara. Siento que no podría dejar de actuar. Ser actriz siempre estuvo en mi vida, pero se manifestó cuando fui creciendo. Hay momentos en los que te preguntan  ‘¿a qué te dedicás?’. Y ahí te cuestionás pila. Yo decía: ‘Estudio teatro’. Y me preguntaban qué más hacía”, cuenta.

Desde 2014 la carrera de Trentini creció. Ese mismo año también integró el elenco de “No daré hijos, daré versos”, de Marianella Morena. En 2016 volvió a estrenar una obra suya, ahora con ella haciendo solo la puesta en escena. “Muñeca rota” es una pieza ambiciosa con veinte personas en escena y la música del Ensamble La Nonna. Porque en la creación de Trentini teatro, música, escenografía y vestuario van juntos. “Muñeca rota” es la historia de un crimen que cometió una de las tres amigas que despiertan en una misma casa. La pieza, un policial sinfónico como lo llamó, tiene una cuota de humor negro, ácido, igual que “Música de fiambrería”. “Me gusta mucho el humor y es difícil de lograr. En mi caso entra por la parte más oscura, es como burlarse de determinadas cosas que son trágicas. Me gusta lo que genera en el espectador, ese lugar extremo”, dice. La gestación y el proceso de “Muñeca rota” tiene mucho que ver con una forma de trabajar que Trentini tomó de Suárez y Morena. Más allá de que ella convocó a los actores con una idea clara, la pieza se fue reescribiendo con las sugerencias de los intérpretes. “En la dirección sos como la madre del proyecto. Tenés que cuidar a la gente, tratar de que todos estén a gusto, pero siempre es un desafío, estás aprendiendo y tomando conciencia de los difícil que es”, agrega.

Nos fue muy bien, tuvimos una linda recepción. Hicimos una temporada en el Victoria y después nos llevamos la sorpresa de que nos convocaran para hacer unas funciones en la Zavala Muniz. Tuvimos tres nominaciones para los Florencio, no ganamos ninguna, pero el reconocimiento es un mimo y un estímulo para seguir haciendo. No es que lo hagas por los premios, pero siempre te da satisfacción”, cuenta Lucía, que para 2017 planifica los estrenos de “Rabiosa melancolía”, de Morena, e “Inconfesable”, un unipersonal escrito y actuado por ella.

Dahiana Méndez

Un día de 2015 Dahiana Méndez se encontró con su exdocente de la Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático (EMAD), la productora y dramaturga Laura Pouso. Durante la charla, Pouso le preguntó qué estaba haciendo en teatro y Méndez le contó que en ese momento no estaba trabajando en nada. “Yo te voy a buscar algo”, prometió Pouso. A la mañana siguiente, Dahiana volvió a escuchar a Pouso: “Me quedé toda la noche sin dormir y encontré esta obra, que está buenísima”, le dijo. El texto era “Encuentros en la Estación del Este”, del francés Guillaume Vincent, producto de una serie de conversaciones en París con una mujer que sufre un trastorno de bipolaridad. El trabajo actoral de Méndez con la dirección de Margarita Musto se convirtió en uno de los unipersonales más demoledores y bien logrados del 2016 (aunque no haya figurado en la lista de nominaciones de los premios Florencio).

Dahiana —33 años, con trabajos como la inolvidable “Mi Muñequita”, “Uz – el pueblo”, “Ex – Que revienten los actores”— hizo suyas las palabras de una mujer real y bipolar. Con el pelo zanahoria, una silla en un escenario despojado de cualquier otro elemento, un vestuario del montón y su voz que iba mutando a medida que avanzaba la obra, Méndez lograba ser esa mujer. Y durante más de 60 minutos, los espectadores —que la vieron en la sala pequeña del Teatro Circular o en la Sala Zavala Muniz— entendieron, tal vez por primera vez, cómo se siente una persona que convive con ese trastorno. “Me di cuenta de que era muy difícil lo que íbamos a hacer. El texto me gustó, es terrible, muy emotivo, pero a su vez me encantó el humor que tenía. Ella se toma todo con humor y, muchas veces, es como nos lo tomamos todos, más allá de la tragedia que estemos viviendo”, cuenta Dahiana.

Está sentada en el patio de la casa que comparte junto a su pareja, Gabriel Calderón, su hijo Manolo y su perro Chompi. Es lunes y en cuatro horas ella y Manolo se tomarán un avión junto al resto del elenco de “Ex…” para montarla en el Festival Latinoamericano de las Artes, en Guadalajara (México). Son los últimos días de noviembre de un año que parece inolvidable para ella. Dahiana dice que sí, que lo fue. “Siempre cuando aprendés un nuevo lenguaje es muy nutritivo para la actuación. Y este fue el caso. Además del factor del unipersonal, hay algo de una forma de actuación. ‘Encuentros…’ era muy particular y estaba muy alejado de lo que siempre hice como actriz. Como es teatro documental, lo que se buscaba era reproducir cómo se comporta una persona ante esa situación, cómo lo cuenta. No es lo mismo lo que le contás a una amiga en tu casa que lo que le contás a alguien que no conocés. Me sostengo todo el tiempo de imágenes, de vivencias que no tuve, pero que debo reproducir. No se buscó un personaje. Era Dahiana sintiendo todo eso. Por eso Margarita me insistía todo el tiempo ‘no actués, no actués’”, dice.

Y Dahiana no actuó, o sí, pero de una manera distinta. Pouso, productora de “Encuentros…”  describe su trabajo así: “Reúne disciplina, talento y sobriedad. Tiene un don y lo lleva con naturalidad. De una discreción infinita, es respetada y querida en nuestro medio”.

Federica Presa

Antes de que la gente esté sentada en su butaca, antes de que se apaguen las luces para después volverse a prender, antes de que haya un silencio absoluto, Federica Presa siente siempre lo mismo: una angustia inmensa. Y piensa: “¿Para qué hago esto?”. Después no habrá después. Porque Federica, como lo hace desde hace años, se parará sobre el escenario con sus ojos clarísimos, su voz cascada y su energía topadora y dará vida al personaje en cuestión.

Presa volvió a Uruguay en 2014. Se fue a estudiar teatro a Buenos Aires. Lo hizo de manera intuitiva y pasional. Como es ella. Le fue muy bien. Estudió con varios maestros, entre ellos el reconocido director y dramaturgo Ricardo Bartis. Y después trabajó en dos obras exitosas y nominadas a varios premios ACE como “Malditos (todos mis ex)” y “Vivan las feas”, ambas de Mariela Asensio. También conoció a Patricio Ruiz y juntos dieron vida a “Potencialmente Haydée”, el primer unipersonal de Presa. En ese momento, cuando tenía tres obras en cartel, cuando cualquiera podría decir que le estaba yendo de maravilla, decidió volver a Uruguay. “Era una época en que no estaba muy bien y me levantaba de la cama para ir a hacer ‘Haydée’, después me iba a Corrientes a hacer “Vivan las feas” y al día siguiente era la función de “Malditos”. Había momentos en que pensaba que no quería hacerlo más. Creí que me iba a quedar en Buenos Aires para siempre, pero me pasaron cosas personales y empecé a volver más a Montevideo. La ciudad me expulsó, no la aguanté”, cuenta sentada a una mesa del bar Bacacay con una valija animal print a su lado. Unas horas más tarde, Federica, con sus 32 años, sentirá, nuevamente, esa angustia previa a que empiece la función.

Por esos días está terminando la temporada que hizo con “Cabalgar”, el unipersonal dirigido y con texto de Patricio Ruiz, en la Sala Zavala Muniz, en el que ella encarna a una yegua que vive en el campo y a todos los personajes que conviven con ella. “Cabalgar” es la primera obra que estrena en Montevideo. Porque cuando regresó, lo hizo con “Potencialmente Haydée” que ya tenía varios meses en la cartelera bonaerense. “Hacer un unipersonal es de una responsabilidad absoluta porque el espectáculo depende de vos. Y te da una impunidad tremenda. En ese sentido tiene mucha libertad. Con ‘Cabalgar’ me di cuenta de que iba a ser difícil y que el texto no iba a ser lo aliado que fue el de Haydée. Pero tiene que ver con querer probar otra cosa. Me cuesta hacerla, por el desgaste físico y también porque es difícil. Y que la obra no sea popular me angustia, porque me gusta que la gente entienda. Hacer una obra así es mucho más riesgoso. Con Pato siempre decimos: ‘No hay que pedirle explicaciones al teatro’. Pero entiendo que hay gente que necesita comprender todo”, dice.

A Federica le gusta trabajar con dramaturgos que sean, a la vez, directores. Así se siente más cercana, puede entender y, también, confiar. En su historia como actriz hizo un único clásico. “Me aburrí terriblemente”, confiesa. Para ella, que usa su cuerpo como instrumento, el actor le presta la vida al personaje, hay un vínculo de parentesco entre ambos. Lo explica así: “No existe eso de que después se prenden las luces y queda todo atrás; para mí no queda nada atrás. Yo actúo lo que soy. Cuando yo estaba mal, Haydée estaba muy deprimida. Es ficción, pero hay mucho de verdad. No creo en la ficción absoluta. Hay algo que siempre es autoficción. Por eso debés conocerte mucho vos mismo. Y sobre todo tus oscuridades y miserias porque trabajás contigo y con lo que sos”.

Manuela da Silveira

Manuela da Silveira sabe que la cartelera teatral montevideana está dividida: por un lado están los espectáculos que tienen que ver con el entretenimiento de los comunicadores de la televisión y, por el otro, el resto. Hasta hace unos años, tal vez unos meses, cada vez que iba a ver una obra de teatro y recorría los pasillos que conducen a las sala sufría, moría de la vergüenza. En su cabeza estaba, todo el tiempo, la idea de que la gente iba a decir “¿qué hace acá?”. A Manuela le cuesta llamarse actriz, aunque este año empezó un trabajo mucho más consciente de formación actoral. “¿Qué es la labor actoral? ¿Qué es ser actor? No lo tenía claro, en mi cabeza estaba muy lejos. Me parecía que solo estaba vinculado con haber ido a la EMAD. Yo no había leído nada. Había estudiado Comunicación, con énfasis en Audiovisual, estaba en otro planeta. Cuando hicimos ‘Las tres gracias’, con dramaturgia de María Rosa Oña, me enfrenté a un personaje y a las herramientas que, generosamente, me daban Angie (Oña) y Emilia (Díaz) y el director Ramiro Perdomo. Pero todo era desde el lugar de ‘una comediante que estrena una obra con varios ensayos’. No desde una mujer con una formación actoral”, cuenta.

El segundo semestre de 2015 tiene que haber sido duro para Manuela. “Parentela”, el programa de Canal 4 que marcaba su regreso a la televisión después de “Sonríe, te estamos grabando” y que también significaba un cambio de pantalla, no funcionó como ella esperaba y dejó de salir al aire. Manuela dice que esos cambios en lo laboral fueron como una señal para probar qué pasaba con la actuación. Así que 2016 empezó en Buenos Aires con ella —anónima y sin ningún tipo de mochila— haciendo el casting para una obra de teatro. Manuela quedó, pero la obra se empezó a posponer, por lo que decidió empezar a estudiar actuación durante las mañanas que tenía libre pues los ensayos eran de tarde. El primer nombre que apareció fue el del director y actor Augusto Fernandes, recomendación de Rogelio Gracia. “Fue un febrero muy crudo. Augusto te derrumba. Todo el castillito de naipes que habías montado te lo tira abajo. Lo que lloraba por la calle Corrientes cuando salía de clase. Él me decía: ‘Si no te tomás en serio, yo no te voy a escuchar’”, cuenta. Manuela decidió bajarse de la obra en la que había quedado, se dedicó a estudiar y sumó a Inés Estévez como maestra. Así se sacó, una vez más, sus prejuicios y se descubrió a sí misma a los 34 años en plena formación.

“Las Manolas” —probablemente la obra que más la expone sobre el escenario— es un texto que ella ya tenía empezado, pero que, seguramente, estaba destinado a estrenarse en este año. En abril, Emilia Díaz le presentó a María Mendive y Manuela le dio su texto para que lo leyera. Tiempo más tarde, Mendive se convirtió en su directora. “Manuela es una intérprete que combina talento, entrega, humor, estudio, humildad y generosidad. Es una actriz que está en constante evolución. Trabaja cada momento para estar al máximo de su potencial”, opina Mendive.

Manuela, por ejemplo, cuando estaba con la obra en cartel llegaba dos horas antes al teatro. Y, mientras esperaba, hacía una pasada entera de la obra sola, sin público. Lo aprendió de Verónica Perrotta cuando hacían juntas “Muchacháchara”. Recién con “La Manolas”, Manuela se piensa un poco más como actriz. Pero sigue luchando contra sus etiquetas. “Me cuesta darme mi lugar en esta nota también. Pero es cuestión de empezar a convivir, animarme. Es difícil porque desde el lugar que vengo hay obras para las que nunca puedo hacer casting porque tengo una carga semántica muy complicada. Pero hay mucho que tiene que ver conmigo que pienso: ‘¿Qué voy a hacer yo ahí?’”, dice.

Jimena Marquez

Hubo un día que la vida, el destino, los astros, una fuerza superior, vaya uno a saber qué, decidieron que Jimena Márquez se rompiera las dos rodillas y tuviera que dejar de jugar al handball. Formaba parte de la Selección. Era muy buena. Pero allí quedó y, entonces, apareció el teatro junto con la literatura. Coincidió que en su generación del IPA donde estudiaba para ser docente de Literatura estaban Ramiro Perdomo y Virginia Arzüaga. Eran tiempos de mucha ebullición, había paros, ocupaciones y, también, muchas ganas de crear. Y Jimena escribía, así que en el primer grupo teatral que tuvo fue la responsable de la dramaturgia. Así empezó la historia. En el medio se cuela un vínculo muy fuerte con los tablados. Su lugar de referencia era el Tabaré y después Estocolmo, porque la familia de su padre era del Prado. Jimena se desempeña desde hace años como letrista de Carnaval. Formó parte de la murga La Gran Muñeca y en 2015 debutó en el grupo de humoristas Cyranos. Pero esa es su vida de verano, después está toda su faceta teatral.

Márquez, a sus 38 años, tiene una sólida carrera teatral, pero en 2016 experimentó un destaque particular. Primero porque su nombre apareció varias veces en la cartelera. Se estrenaron sus obras “El club de los idiotas” y “Lítost”, también la pieza infantil “El tesoro olvidado de la familia RTMFRJMK” y formó parte de los dramaturgos contemporáneos que trabajaron en la temporada de autores nacionales de la Comedia Nacional. “Siempre fui un poco resentida de cómo se manejan las cosas acá y cómo suceden las becas, los concursos, las oportunidades. Siento que es para un círculo cerrado. Hace años que la vengo remando y me cuesta acceder a ciertos espacios o he sentido que no se me considera. Cuando la Comedia armó este ciclo y me convocó me sentí, por primera vez, tenida en cuenta en la generación de dramaturgos jóvenes uruguayos. También, por primera vez, una obra mía quedó seleccionada para un Festival Internacional, en Rafaela, Argentina, y ahora vamos a Buenos Aires, a Timbre 4. Esto me genera mucha alegría y mucho nervio”, dice.

Antes de reunirse con Mario Ferreira, director de la Comedia Nacional, Jimena pensaba qué le contestaba si él le ofrecía dirigir una obra que no fuera de ella. Márquez, en sus años de trabajo teatral, jamás lo hizo. “No sé si puedo, no sé si sé dirigir un Shakespeare o un Ibsen. Iba pensando que si esa era la propuesta decir que no, porque no me siento segura. Además no tengo una formación teatral. Cuando llegué me encontré con que la propuesta era el sueño del pibe: dirigir una obra mía, con el elenco de la Comedia, en la sala grande el Solís”, cuenta Márquez. Así nació “La duda en gira”. Tal vez uno de los trabajos más desafiantes a los que se haya enfrentado. Tenía que dirigir a Levón, Isabel Legarra, Andrea Davidovics, Alejandra Wolff, entre otros. Márquez trajo su obra favorita de Shakespeare y la incorporó a la pieza que narra el conflicto de una compañía teatral que se encuentra en plena gira con una pieza que interpretan hace años: “Hamlet”. “Iba con presión, miedo, unos nervios tremendos. Me costó explicarle a Levón por qué hacer una cosa de una manera y no de otra. Me acuerdo que él me repetía mucho: ‘Esto no es creíble’. Y yo le contestaba: ‘Yo nunca hice una obra creíble’. Yo pido una actuación un poquito más subida de rosca, con las clavículas más ajustadas de lo que puede ser el cordel de la naturalidad. Terminó siendo una experiencia genial”, cuenta.   

Mané Pérez

La foto la muestra transpirada, el pelo sobre la cara, los ojos desencajados, la boca abierta y feroz. Esa es la imagen que ilustra —si es que se puede ilustrar— el trabajo de Mané Pérez en “La fiera”, el unipersonal del argentino Mariano Tenconi que se estrenó en Montevideo a mediados de 2016. La exposición, la entrega, el amor de Pérez —27 años, egresada de la Escuela de Comedia Musical y de la Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático (EMAD)— tuvo su reconocimiento hace unas semanas cuando su interpretación se llevó el Florencio a mejor unipersonal. Pérez cuenta que cuando se supieron las nominaciones recorrió la lista. Primero vio que la obra no había sido elegida entre las mejores. Luego, tampoco se encontró entre las mejores actrices. Hasta que llegó a la nueva categoría, que resultó necesaria un año en que los unipersonales —y su gran calidad— rompían los ojos, y allí sí, leyó su nombre. “Eran más las ganas y la ilusión que el convencimiento de ganar”, dice Mané sentada en el comedor de su acogedora casa de la calle Brecha.

“La fiera” es, para ella, la pieza que marca un antes y un después en su carrera. El mérito es todo de ella, pero la responsable de que llegara hasta allí es Carolina Escajal. Un día, la productora uruguaya la llamó para decirle que Tenconi quería poner en escena su obra en Uruguay y que el papel era para ella. Pérez viajó a Buenos Aires para que el director dijera sí o no. La respuesta fue sí. Un mes más tarde —después de ensayar en la capital argentina durante varios fines de semana— “La fiera” se estrenó en Tractatus. Fueron dos meses en los que Mané se puso en la piel de una mujer que vive en la frontera con Brasil; durante el día está sometida a los mandatos masculinos y de noche se transforma en un tigre que sale a matar. “Al principio, cuando leí el libreto, me generó mucho miedo. Después que empecé a adentrarme y sentirme contenida vi la oportunidad de lucirme, en el mejor de los sentidos. Me gustan los trabajos donde el actor se expone. Acá pensé, si me voy a quemar, me quiero prender fuego entera. Asumí el riesgo, puede que guste o no, pero la entrega es indiscutible”, dice Mané.

Pérez venía de formar parte del elenco de “No daré hijos, daré versos”, la pieza sobre Delmira Agustini con dirección y dramaturgia de Marianella Morena, donde el trabajo fue distinto, colectivo, las voces de los actores formaron parte de la creación. La obra —que se estrenó en 2014, año del centenario de la muerte de la poetisa uruguaya— les valió el reconocimiento a los seis actores que la llevaban adelante y, desde ese entonces, ha girado por América Latina y España generando muy elogiosas críticas. Para Mané, el momento en el que se empieza a definir como actriz tiene muchísimo que ver con Marianella Morena. A ella le gusta ese tipo de trabajo, formar parte, no ser solo una intérprete. Aunque entendió que hay varias formas y que en el caso de “La fiera” no podría haber funcionado de otra manera. “Para mí fue una crisis porque yo venía de poder opinar y proponer y decidir”, cuenta Mané. Para 2017 en su lista de proyectos está el estreno de “Rabiosa melancolía” con dirección de Morena, el mismo elenco y la incorporación de Malena Muyala; las ganas de volver a montar “La fiera”; y un posible monólogo que Morena también pondrá en escena. 

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