Kurt Cobain, por Youri Lenquette

A 25 años de la muerte de Kurt Cobain

El precio de tomar el palacio

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Nº2016 - al de Abril de 2019
Fernando Santullo

Todavía no hacia frío en Nueva York en aquel octubre de 1991. La verticalidad de Manhattan, vista a la distancia desde el aeropuerto JFK, se imponía majestuosa a mi alrededor cuando el bus me dejó cerca de Grand Central. Ahí estaba, en la Gran Manzana, con 23 años, una campera de media estación, la ropa que había usado en México los meses previos (nada abrigado, por descontado) y 150 dólares por todo capital. Tenía también los teléfonos de un par de amigos y alojamiento por unos días en la casa de unos amigos de mis padres.

El apartamento en donde me recibieron era inmenso, ubicado en la calle 48, el corazón de un Hell’s Kitchen que se estaba gentrificando a pasos agigantados, tal como lo demostraba la presencia de mis anfitriones en ese barrio, famoso hasta hacía muy poco por ser territorio de la mafia irlandesa. La habitación en donde me alojaron daba a la calle (el piso era en la planta baja), luminosa y cómoda. Y, dato importante para esta nota, tenía televisión.

Mi intención era recorrer la ciudad mientras buscaba trabajo y molestar lo menos posible en la casa donde estaba. Por eso me levantaba temprano, desayunaba en la calle y salía a patearme la infinita cuadrícula de la isla, clavándome un café esquinero cada tanto. Así fue como recorrí más de 70 manzanas de Broadway, con el cuello torcido de tanto mirar hacia arriba, como le debe pasar a casi todo el mundo en su primera visita a Manhattan. Fue justo una de esas noches, regresando de caminar y con el asombro aún en el cuerpo, que me dio por encender la televisión en mi cuarto.

Luego de vagar por distintos canales con decreciente entusiasmo, decidí quedarme en MTV, que aunque no pasaba nada demasiado potable, anunciaba el estreno de un nuevo y monumental video de Metallica. Esperando eso fue que me crucé con el clip de una banda que no conocía: Nirvana. La canción era Smells Like Teen Spirit y cuando terminó tenía la sensación de que la cabeza, incluido el pelo, me estaba ardiendo adentro de un guante de gamuza y lija.

Todo estaba en su lugar en ese tema y sin embargo todo parecía distinto y ligeramente descentrado: la rabia deprimida y contenida de los versos, la explosión termonuclear de los estribillos, las melodías incandescentes cantadas por un flaco que debería ser punk o metalero y que sin embargo tenía pinta de otra cosa. El aire psicópata de sus gestos y el peludeo del resto de la banda, la iconografía anarco-anti-todo del video, los colores, la dinámica de la canción, el sonido aceitado y a la vez áspero de la producción, la agresividad de la interpretación. Todo era reconocible y al mismo tiempo distinto. Algo estaba llegando y yo me topaba por primera vez con eso.

Al otro día, tras un café y un pastelito de queso, me puse a caminar hacia el Downtown hasta que me topé con una disquería Tower Records. En ese entonces no tenía del todo clara cuál iba a ser mi relación con los discos compactos ni tampoco con la música de Nirvana, así que en lugar de gastar los casi 20 dólares que costaba el Nevermind en CD, lo compré en cassette. Que aunque más barato, tampoco era mala compra: sonaba bárbaro y el arte, aunque reducido, era potable y tenía las letras. El cassette fue a parar al walkman y allí se quedó durante esa primera semana en que recorrí la ciudad y busqué trabajo. Cuando encontré trabajo y mi walkman se convirtió en discman, allí fue el Nevermind otra vez, acompañándome en el cruce diario ida y vuelta entre Manhattan y mi casa en Queens.

Tanto como la dinámica y el sonido de las canciones, me intrigaban las letras y la forma de cantarlas del cantante del grupo, Kurt Cobain. Había algo en su actitud, en su pinta, en su reticencia a ser un rockstar, que me llamaba la atención. Entonces, a pesar de sus pelos mal peinados, su actitud de “me cago en todo” y demás gestos propios de un rockero que se precie de ser tal, pronto la cara de Cobain empezó a ser figurita repetida en las calles de la ciudad; revistas, vidrieras de disquerías, avisos de nuevos videos en MTV, etc. Cuanto más aumentaba su presencia en los medios, más parecía contraerse el Cobain de carne y hueso.

Quizá por venir de una escena musical que suele rechazar el éxito y asociarlo antes que nada a “venderse” (sea eso lo que sea), Cobain parecía cada vez más un condenado que alguien que finalmente disfrutara de los resultados de un trabajo hasta entonces oscuro y casi invisible. La carrera de Nirvana hasta esos últimos meses de 1991 se componía de un solo disco: Bleach. Editado en 1989, producido por Jack Endino y con Chad Channing en la batería, el disco mostraba una suerte de versión demo de lo que más tarde haría Cobain en compañía de Krist Novoselic en bajo y Dave Grohl en la batería. Demo no solo por la rusticidad del sonido del disco, también por el menor desarrollo melódico y argumental de las canciones, como si las ideas que luego llevarían a Nirvana al ídem, en 1989 aun estuvieran en estado embrionario.

A nivel de la industria discográfica, Nevermind fue un auténtico sacudón: el álbum desplazó a Michael Jackson de las listas de ventas y al mismo tiempo abrió la veda a firmar bandas de rock alternativo que hasta entonces se movían en un más que opaco segundo plano. Muy pronto apareció en los medios y en las charlas de la vida real, una etiqueta nueva comenzó a definir al conjunto de bandas que venían de Seattle: grunge.

Poco importó que las bandas que fueron vendidas bajo la etiqueta hicieran algo más cercano al hard rock de los 70 como Pearl Jam, al heavy metal como Soundgarden, al rock sureño como Alice in Chains o al punk más irreverente como Mudhoney. La etiqueta funcionó como denominación de origen hasta el punto en que una banda que se encuadraba sin problemas en ese tablero musical, como los Stone Temple Pilots, fue criticada por no ser de Seattle. El grunge, se nos decía entonces, tiene que ver con un sonido (distorsionado), con una procedencia (esa lluviosa ciudad del norte) y con una intención o actitud (que en muchos casos pasó más que nada por el consumo kamikaze de heroína).

Ahora, ¿qué fue lo que separó a Nirvana del resto? ¿Qué hizo que las camisetas de Nirvana sean hoy vendidas en Zara y Wallmart y que su música siga siendo material de intercambio y regalo entre jóvenes que, como mi hija, tienen menos de 20 años? Es verdad que mucho de ese grunge se sigue escuchando hoy, pero también es cierto que ninguna otra banda del pelotón alcanzó o tiene miras de alcanzar a Nirvana en su impacto cultural.

Quizá la respuesta esté en una broma del propio Dave Grohl, cuando dijo que a diferencia de Nirvana, que hacía grunge, su banda, los Foo Fighters, hacia “grunge orientado a los adultos”, jugando con el concepto de “rock orientado a los adultos”, el rock mainstream en los 70. Quizá haya sido la capacidad de las canciones de Cobain de estremecer sin cortapisas a cualquiera que les pusiera oreja. En un mundo musical donde lo auténtico y lo expresivo no parecían cosas demasiado relevantes, aparecía un artista capaz de exponerse de manera absoluta en su material. Y que además, nada menor, ese material fuera comparativamente más accesible que el de sus vecinos musicales. Esa accesibilidad es una de las claves que explica la eterna pregunta: ¿por qué Nirvana y no los Pixies?

Por más que sus letras fueran muchas veces expresiones abstractas de un malestar oscuro y por momentos insondable, había algo en la forma de cantar esas palabras que transmitía una sensación que, aunque desasosegante, era poderosa. Citando una nota que escribimos a cuatro manos con Gonzalo Curbelo hace un par de décadas, “Cuando Kurt Cobain se voló la cabeza en 1994, el puzzle se armó y lo que hasta entonces era una difusa sensación de ‘algo’, tuvo nombre: depresión. Buena parte de las letras de la primera mitad de los 90 estuvo marcada por ese carácter autista y autoflagelante”.

Mirando hacia atrás 25 años, se puede ver que Cobain fue el primer rockero ilustre de mi (su) generación que decidió seguir el camino de tantos otros rockeros angustiados o reventados antes que él. El primero de los nuestros en ingresar al martirologio. Y entonces quizá la lógica de la pregunta sobre quién fue el segundo hombre en pisar la Luna, sirva para explicar su permanencia sobre otros artistas también relevantes y más bien suicidas de su (mi) generación.

Cuando Kurt Cobain decidió, en medio de una serie de recaídas en la heroína y el temor de perder la custodia de su hija, que una buena salida era darse un escopetazo en la cara, hacía rato que lo suyo tenía algo de muerte anunciada. No solo había pasado por un par de sobredosis. También se había internado en una clínica de rehabilitación de la que se escapó para no volver. Lo que había comenzado como el rechazo frontal a la lógica del star system gringo, se fue convirtiendo en una angustia más profunda y vital. O quizá esa angustia estuvo siempre allí y nosotros solo nos enteramos de ella cuando fue expuesta por ese mismo star system.

En cualquier caso, Cobain fue el último artista capaz de un crossover total, uno que sacó la música del under y la convirtió en esa que escuchan los adolescentes y niños en su casa. Cuando se divulgó la noticia de su muerte, el escritor Douglas Coupland escribió un bello texto que terminaba así: “Nunca te pedí que me hicieras preocuparme por ti, pero ocurrió —contra la moda, contra todas las posibilidades— y ahora estás en mi imaginación para siempre. Y supongo que tú también estás en el cielo. ¿Pero cómo, exactamente, te ayuda saber que tú, también, como se dice, alguna vez fuiste adorado?”.

Vista a un cuarto de siglo de distancia, la música de Cobain fue quizá la ultima explosión de emoción rockera, sincera hasta el suicidio. Y al mismo tiempo, fue el inicio del canto del cisne del rock como género popular global. En lo que a mí concierne, fue uno de los disparadores de mis ganas de hacer música y en hacerla siempre desde las tripas. Y creo que justo allí, en esa sinceridad dolorosa y absoluta, reside su capacidad para trascender décadas y generaciones.

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