El problema de los bandos

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Nº2073 - al de 2020
por Fernando Santullo

Una de las “batallas” que se vienen librando en nuestra nueva lógica de pandemia, es aquella que separa de manera tajante las acciones científicas de las acciones políticas. Una que cree que aunque se alcance alguna conclusión científica en alguna dirección (“usen barbijos”, “no usen barbijos”, “el covicho está en las cosas”, “no, el covicho solo se transmite en la saliva”, etc), los vaivenes que presenta esa conclusión son resultado de la manipulación de la ciencia por los poderes fácticos. Es decir, que esos vaivenes no se deben a la propia lógica del aprendizaje científico sino a la batalla por el control de la población que se libra en el nivel de los que realmente deciden: Bill Gates, las multinacionales farmacéuticas y todo aquel poder no del todo oficial que se vincule con el asunto. En resumen, que el principal problema que plantea la pandemia no sería tanto médico o epidemiológico como político y que estaríamos asistiendo a una nueva versión de la eterna lucha de los poderosos por aumentar su poder.

Por supuesto, esta forma de entender la pandemia como un problema eminentemente político se corresponde bastante con una forma de entender la política, que, quizá porque sobreentiende que la política “es así”, no siempre es explicitada en este debate público. Y es que, aunque no siempre lo declara, esa mirada entiende la política como un espacio de confrontación, de choque entre distintas miradas en donde, a través de una elección o de algún gesto menos democrático, una de las visiones sobre la realidad colectiva logra imponerse sobre el resto de las opiniones. Una mirada que cree que quien no participa de esa visión de las cosas, debe dedicar los siguientes cuatro o cinco años (siempre que sea una democracia, claro) a acatar lo que sea que disponga el sector victorioso. Una mirada que, como decía en su muro de Facebook el contador Ricardo Lombardo, ya no entiende la política como “un escenario de articulación” en donde “pactar el disenso para vivir en paz y encontrar objetivos comunes entre personas que piensen distinto, tengan modelos mentales diferentes e ideologías discordantes”. Una visión bastante pobre de la política.

No estoy diciendo aquí que se pueda o se deba trasladar de manera mecánica a cuál “bando” se pertenece en la pandemia de acuerdo con los “bandos” partidarios existentes. No se trata de que si cuestiono al gobierno uruguayo en su gestión de la pandemia eso se deba a que soy de izquierda. Y, viceversa, que si un mexicano critica al gobierno de su país por la forma en que gestiona la pandemia, lo hace porque es de derecha. Lo que digo es que la propia convicción de la existencia de unos bandos en las acciones contra la pandemia y en el hecho de reducir la política a la existencia de unos bandos, se deben a que comparten una misma lógica o forma de mirar la realidad colectiva. Digo que la propia convicción de que la política es antes que nada un asunto de bandos se parece bastante a la idea de que la pandemia es antes que un problema científico, uno de bandos políticos predefinidos. Al final, se trata de una visión que reduce la ciencia a la política en su versión mas mezquina y corta.

En todo caso, en situaciones normales eso no sería un problema demasiado serio: sí, es un embole tener a los vencedores de una elección dando la matraca con lo maravilloso que es su gobierno, haga este lo que haga. Y es otro embole tener a los derrotados en esa misma elección dedicando sus mejores esfuerzos a descalificar lo que sea que haga el gobierno. Pero más allá de la erosión, lenta y constante, que esta forma de entender la política provoca en la propia democracia, es asumible su existencia. Después de todo, quienes miran la política de esa manera no son todos, también somos muchos quienes pensamos que hacer política es antes que nada intentar construir consensos tan amplios como se pueda.

El problema es un poco más grave cuando esa lógica de la confrontación y del buscar (¿o será construir?) bandos se impone a la posibilidad analítica y entonces proponemos y hacemos cosas que pueden tener consecuencias funestas para el colectivo. Por ejemplo, que si vemos que existe un debate entre los epidemiólogos sobre cuáles son o deberían ser las medidas adecuadas, concluyamos que eso se debe a que algunos de esos científicos (los que dicen cosas que no nos gustan) no son sinceros y se limitan a operar para esos poderes fácticos que tienen la sartén por el mango. Y que los otros (ya están ahí los bandos), los que dicen aquello que sí coincide con nuestra idea previa, son los únicos que dicen la verdad de la milanesa.

Si a partir de eso pedimos a gritos que se haga aquello que nuestro epidemiólogo favorito dice, creo que la idea de los bandos ya no estaría permitiendo entender que si existen distintas opiniones entre los técnicos más calificados, eso se debe muy seguramente a que nada de lo que se viene haciendo es 100% certero. Es decir, se vienen tomando decisiones sobre un terreno cambiante, en el que aparece información nueva todo el tiempo y en donde esa información cambiante obliga a dar marcha atrás y adelante de manera constante. Este vaivén puede ser una sorpresa para quienes creen que ciencia y tecnología son la misma cosa, pero ese ir y venir dentro de ciertos márgenes (estoy bastante seguro de que no existe un epidemiólogo que “no crea” en la pandemia) es bastante habitual en las ciencias. Se trata del viejo método de ensayo y error, en tiempo real y a escala global.

Algo que ocurre de manera recurrente cuando se asumen los “bandos” como motor único de análisis de la realidad es que ante un problema complejo nos encontramos con comentarios que suelen comenzar con un “esto es muy simple...”. No amigo, en el caso de esta pandemia el problema es tan complejo y novedoso que ni siquiera los mejores especialistas logran ponerse 100% de acuerdo. Es verdad que en la ciencia, gracias a su método, al final se van deslindando las mejores teorías y aquellas que peor explican lo que intentan explicar, son paulatinamente descartadas. El problema es que ese proceso necesita tiempo y tiempo no es precisamente lo que tenían los gobiernos en el arranque de este lío. Y tampoco les sobra en este instante.

En resumen, que si se entiende la política (y por ende, el debate público) como mero combate y no como un proceso de construcción conjunta, entonces la existencia de distintas voces en la ciencia es tomada como la prueba de mala voluntad de quienes están “a favor” del “otro bando”. Es decir, la mala voluntad de quienes dicen las cosas que no coinciden con lo que nosotros necesitamos creer. Se trata de una mirada que, ya lo dije, resulta más o menos asumible en tiempos de “vieja normalidad”, puede ser de verdad peligrosa en un presente como el nuestro, tan incierto. Por eso, mejor guardar los bandos para cuando el fútbol vuelva. E incluso allí, no viene mal tratar de ser mesurados en nuestro griterío de hinchas.

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