Knazevs, Salle y Hospitale a los pies del monumento a Artigas . Foto: Nicolás Der Agopián

El “pueblo dormido” y la vigilia artiguista del doctor Salle y sus fieles militantes en la plaza Independencia

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Nº2021 - al de Mayo de 2019
escriben Martín Mocoroa y Federico Castillo

Un crupier de chaleco azul brillante, con rostro solitario y aburrido, apoya sus brazos sobre la mesa de blackjack y espera sin demasiada expectativa. Busca con la mirada a ver si algunos de los pocos que deambulan en el casino se deciden de una vez a probar su suerte en esta madrugada de sábado a la que aún le queda paño. Arriba, en el primer piso del Hotel Radisson, se oye el ruido de música electrónica. Gente de entre 18 y 30 años entra y sale divertida del salón donde la fiesta está ocurriendo. El punchi punchi aparece en oleadas cuando las puertas de la discoteca se abren y cierran en vaivén. La mayoría viste de negro, plateado, subidos a plataformas altísimas. Lookeados como para ejecutar una performance. Con la energía a tope. Y a solo unos metros de allí, en la fría plaza Independencia, tres hombres sentados en reposeras de playa aguantan todo eso que la noche y su intemperie tienen para ofrecerles al pie del monumento al prócer José Artigas.

En el centro de la escena el abogado y precandidato presidencial por el Partido Verde Animalista, Gustavo Salle Lorier. A sus costados, los jóvenes militantes Marcelo Hospitale y Vladimir Knazevs. Los tres llevan ya más de 12 horas sentados para denunciar el acuerdo del gobierno con la empresa finlandesa UPM. “Ya generamos un hecho político”, repitió como un latiguillo durante la jornada un eufórico, enérgico Salle que ahora parece haberse quedado sin pilas. El doctor, ataviado con un gorro soviético, un poncho de lana gruesa que le regaló su consuegro y sobreviviente de la tragedia de Los Andes, Álvaro Mangino, y una frazada multicolor que cubre un elegante traje gris y no logra tapar unos mocasines italianos, hunde la cabeza entre sus rodillas para intentar dormir. Pero no será fácil. La noche empieza a mostrar sus personajes. Uno de ellos, atraído como insecto a la luz por la inusual manifestación en la plaza, ve la oportunidad de contar su historia. Dice que lo mueve gente como estos tres de las reposeras. “Gente con huevo, con voluntad”. “Votar es obligatorio, a quién voto, qué hago”, esas eran sus inquietudes antes de dar con ellos. Ya no las tiene. La charla se convierte en un monólogo. Obliga a ver un video de su suegro trabajando en su pequeña granja. Lo van a matar con la ley de riego, lo dejan sin agua. Cuenta los problemas de piel de su cuñada a los que los médicos no le encuentran explicación. “¿No será el agua que nos están dando?”, dice como un hallazgo. No es un pregunta. Ya está convencido. “Nos están envenenando y el pueblo está dormido”. La situación lo irrita. Tiene los ojos abiertos de par en par. No pestañea. “Me dan ganas de matarlos a palos a todos. Hay que matarlos a palos”.

Unos metros más allá, sentados en una camioneta estacionada, dos negociadores de la Guardia Republicana observan la escena. Están en su propia vigilia obligada. Decenas de jóvenes desabrigados cruzan la plaza rumbo a la fiesta electrónica del Radisson. Apenas reparan en los manifestantes de las reposeras, son una curiosidad de camino al baile. El pueblo está dormido.

Gustavo Salle
Foto: Nicolás Der Agopián

El líder de esta manifestación también parece haber encontrado el sueño. En el cuerpo de Salle no quedan rastros de la efervescencia de la tarde, cuando daba una entrevista telefónica atrás de otra con una retórica heroica: “Hoy es un día clave para el país. Hoy un gobierno corrupto le está entregando el agua a una corporación. Indignas figuras vendrán mañana a ultrajar al prócer Artigas”, declamaba. También anunciaba con humor a quienes se acercaban a conversar sus grandes planes para la noche. Recordaba el caso del periodista tunecino que el último diciembre se roció con nafta y se incendió para provocar un levantamiento contra el gobierno. “Yo no me voy a rociar con nafta, me voy a rociar con etiqueta negra”, remataba Salle con picardía. Ahora apenas se revuelve de tanto en tanto entre sus abrigos buscando una comodidad imposible.

El joven Vladimir tiene los ojos cerrados detrás de unos lentes negros RayBan, pero no está durmiendo. Durante la tarde algo le entró en el ojo y lo lastimó. Aunque cruzó a atenderse al Radisson y le pusieron unas gotitas, la molestia persiste y lo obliga a mantener los párpados entrecerrados. “No te veo. ¿Quién me habla? ¿Dónde estás? ¡Ah, los periodistas! ¿Siguen acá?”, dice enfundado en un sobre de dormir anaranjado que brilla en la noche. En su voz no hay cansancio, tampoco en su pelo largo y castaño que le cruza la cabeza tan espléndido como en la tarde.

Vladimir tiene 18 años. Su padre es de origen ruso y no está en Montevideo. Trabaja embarcado. Su madre sí está en la ciudad y, si bien lo dejó participar en la manifestación, antes le dedicó algunos rezongos. No le permitió llevarse las frazadas que pretendió agarrar cuando hace unas horas pasó por su casa a buscar abrigo para la madrugada y, de nuevo, se llevó la reprobación de su madre. Aunque parezca imposible, Vladimir sigue a Salle desde hace años. Desde los 8 años cree recordar. Era 2008 y las opiniones de Salle sobre Pluna despertaron su interés. La aerolínea estaba todavía lejos de su desenlace fatal, pero el doctor —así le gusta llamarlo a Vladimir— ya estaba en una ofensiva contra Leadgate, la empresa del argentino Matías Campiani. Ahora Vladimir está ahí, sentado a la derecha del doctor que intenta dormir encadenado.

Cuando pasó por su casa a buscar abrigo, Vladimir subió una historia de la manifestación a sus redes sociales. El Instagram explotaba. Pero el apoyo virtual no satisface a este muchacho, que tiene un aura de mayo francés. “Por un lado le ponemos corazón a la historia de Vladimir, pero yo te quiero acá”, se queja. El pueblo está dormido.

Hospitale está en silencio. El ideólogo de este encadenamiento a los pies de Artigas tiene el temple sereno y la mirada mansa, perdida en algún punto de la avenida 18 de Julio. La procesión va por dentro y adentro de Hospitale arden convicciones. Son esas que lo llevaron unos días atrás a dejar de ir a un parcial de facultad y dirigirse al Ministerio de Transporte para plantarse con sus reivindicaciones delante de políticos, empresarios y periodistas. Años antes, en 2015, había sido protagonista de los disturbios por una ocupación en el Codicen. Por el episodio lo procesaron y lo obligaron a cumplir trabajo comunitario. Además, el senador suplente blanco Sebastián da Silva lo bautizó como el “tupita con iPhone”. Hospitale, mientras exhibe su teléfono Samsung, dice que ese apodo lo convirtió en leyenda y que es el único aporte que se recuerda de Da Silva como parlamentario.

“Soy discutidor, voy al hueso”, dice. Lo saben discutidor en la Facultad de Ciencias Sociales en la que —según cuenta— le faltan seis materias para recibirse y en la que ejerció una especie de oposición en la militancia estudiantil. Con un grupo de compañeros obligó a generar actividades para hablar de Aratirí, un tema del que en la facultad no se quería hablar. También lo saben discutidor en la Facultad de Veterinaria donde llegó a cursar hasta el tercer año y donde, según una nota de El Observador de 2015, fue suspendido por agredir a otros estudiantes.

Hospitale tiene 33 años. Su familia tiene una especie de granja en el barrio Colón. La política es esencial en su vida y sus ideas, asegura, se conjugan muy bien con las del Frente Amplio del 71. También se siente artiguista. Le interesa particularmente la ecología, la tierra y el agua. En un giro extraño, hace un tiempo estuvo militando para Jorge Larrañaga. Fue solo un mes, dice. Pronto se dio cuenta de que aquello no iba con sus ideas. Ahora está en el Partido Verde Animalista. Lo considera una herramienta para pelear por los temas que le interesan. Cree que sería un éxito lograr que Salle entre al Parlamento y a él mismo le gustaría algún día ser legislador para incidir desde ahí.

Por lo pronto, pelea encadenado a los pies de Artigas. La idea de encadenarse fue un reflejo de rebeldía en una tarde que parecía de derrota. Estaban con Salle y otros manifestantes haciendo una protesta absurda frente al edificio de Presidencia, porque el gobierno había cambiado el lugar de las reuniones entre Tabaré Vázquez, el CEO de UPM, Jussi Pesonen, y las autoridades del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y del Banco de Desarrollo de América Latina (CAF) que financiarán la obra ferroviaria. Salle, Hospitale y los manifestantes quisieron ir caminando hasta la residencia de Suárez y Reyes, pero a medio camino y con gente mayor en el grupo se dieron cuenta de que no llegarían a tiempo a la nueva ubicación. “Nos habían ganado”, reflexiona Hospitale. Fue ahí, caminando de regreso por la avenida del Libertador, que se le ocurrió la idea y le propuso a Salle encadenarse. La cadena y los candados los compró en una ferretería de la calle Convención, mientras Salle pasaba por su estudio a resolver otras cuestiones logísticas. La decisión fue espontánea. Sobre la marcha se dieron cuenta de que al otro día era 18 de mayo y el gobierno tendría que celebrar el acto en la plaza Independencia.

“Creo que les ganamos. Esto es realmente un obstáculo para ellos”. Hospitale suena satisfecho.

Gustavo Salle
Foto: Nicolás Der Agopián

Hay días que son más trascendentes de lo que parecen. Salle, Hospitale y el joven Vladimir se conocieron personalmente recién este mes. Fue el 1º de mayo. En el Día de los Trabajadores, en el estudio de Salle sobraba trabajo. Estaban en pleno conteo de papeletas firmadas para forzar un plebiscito contra la “bancarización obligatoria”. Seguramente no imaginaron que su vínculo avanzaría tan rápido. Un par de semanas después, Salle le rendía un homenaje a Hospitale por su actitud heroica en aquella conferencia de prensa en el Ministerio de Transporte y apenas unos días más tarde terminaron encadenados juntos a los pies de Artigas.

A la 1 y 30 de la madrugada Salle, acostumbrado a estar acostado a las 7 de la tarde mirando el informativo, empezaba a procesar los efectos de esa decisión tomada en un arrebato de euforia en la calle Libertador. El doctor de 61 años, ladeado por Vladimir y Hospitale y con el look que definió como “estilo Mides”, ya empezaba a perder la energía, pero no el sentido del humor.

—¿Cuál creen que va a ser el efecto de todo esto que están haciendo?

El abogado se apuró a responder antes de guardarse otra vez entre las mantas.

—Gripe, cansancio, desánimo, frustración.

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