Homenaje a Omar Gutierrez de la Junta Departamental de Montevideo. Foto: Nicolás Celaya /adhocFOTOS

El secreto de lo popular

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Nº1986 - al de Septiembre de 2018
Martín Mocoroa

“Se murió Omar”, leo en el celular. La amargura se me cuela como esa pestaña de WhatsApp en la pantalla: directa, seca. El mensaje es de Federico Castillo. Hace apenas un par de meses los dos charlamos con Omar Gutiérrez en una oficina semidesierta de Radio Nacional en el Palacio Salvo. Fuimos tras la historia de Luis Alberto Mulhetaler, el Colorado, que se hizo famoso desde la tribuna de De igual a igual, y en seguida nos descubrimos cautivados por el carisma de ese hombre generoso y sencillo, con un humor y una picardía que desbordaban de su cuerpo gigante y curtido. Pero fue solo eso, un par de encuentros y nada más. Entonces, ¿por qué nos escribimos como si se nos hubiera muerto un familiar? Si apenas lo conocimos, ¿por qué asumimos su muerte como una pérdida propia? De pronto, a mi alrededor empiezan a llegar mensajes directos y secos, como si fuera un familiar: “Murió Omar”. Y si no llegan, saltan en Twitter, en Instagram o en Facebook, o en algún portal. Ahora entiendo, todos conocimos a Omar. Crecimos o envejecimos viendo y escuchando a Omar. Lo vimos arrasar con la solemnidad de la televisión hablándole directo al vecino y a la vecina o metiendo un perro en el estudio. Lo vimos fumar, tomar mate. Vivimos con él el auge del rock nacional y de la cumbia. Lo vimos entrevistar a presidentes y a radicales que quemaban banderas de Estados Unidos en vivo. Lo vimos llenar plazas en el interior con De igual a igual, que llegó a estar 20 años al aire. Omar conocía el secreto de lo popular y la televisión era popular. Por eso todos sentimos que conocíamos a Omar. De verdad que lo conocíamos. Esa televisión ayer también murió un poco, como Omar.

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