Diego Labat. Foto: Presidencia

El Banco Central libera fondos de encajes bancarios por tres meses para apuntalar el crédito, mientras su presidente estima que una normalización podría empezar en junio; luego se definirán cambios en la estrategia para bajar la inflación

El sistema financiero opera con “normalidad”, aunque el impacto económico del Covid-19 está siendo “muy fuerte”, dice el presidente del BCU

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Nº2066 - al de Abril de 2020
entrevista de Ismael Grau

Algunos de sus antecesores usaban la imagen de los “platitos chinos” para aludir al desafío que supone para los jerarcas del área económica mantener en equilibrio distintas variables. Con la pandemia del Covid-19, todo terminó por el piso: la actividad entró en una recesión programada, ya hay miles de empleos recortados y el déficit fiscal crece, lo que tendrá consecuencias a corto y mediano plazo.

Dentro de ese descalabro, algunos datos de su responsabilidad más directa dan cierto optimismo al nuevo presidente del Banco Central (BCU), Diego Labat. El sistema financiero está operando “perfectamente y con normalidad”, los volúmenes de transacciones son más o menos los de siempre, y hasta hubo en marzo un pequeño incremento en el nivel de créditos. De todos modos, el organismo aprobó ayer miércoles 1º una reducción en los encajes bancarios en moneda nacional. Liberar esos fondos a los bancos —hasta $ 14.000 millones— será un estímulo temporal porque se está ante un impacto económico “muy fuerte pero transitorio”, si bien la salida “no va a ser de un día para el otro, como prender una llave”.

Pero antes de que la normalidad se restablezca, el jerarca pretende iniciar una agenda de largo aliento que implicará revisar aspectos de la política monetaria —para que no sea la “única que reme contra la inflación”—, así como darle más “agilidad” al sistema financiero, lo que debería bajar costos y propiciar una verdadera “inclusión”, además de favorecer la desdolarización de la economía.

Desde su despacho y por teléfono ante el contexto de la emergencia sanitaria, Labat mantuvo ayer miércoles 1º el siguiente diálogo con Búsqueda.

—La pandemia del Covid-19 trastocó los planes del nuevo gobierno. Desde la perspectiva del BCU, ¿cuáles son las prioridades en lo inmediato?

—Son tres líneas de trabajo.

Primero, asegurar que el sistema financiero opere con la mayor normalidad posible. En ese sentido, hemos sacado medidas operativas, como flexibilizar la apertura de sucursales. También hay cuestiones de gestión, como la coordinación con las distintas cajas y redes de cobranza para que no haya ningún ruido. El sistema está operando perfectamente y con normalidad; no recibimos quejas de los usuarios distintas a las de otros momentos.

Otra segunda línea tiene que ver con la regulación del crédito, para rápidamente generar el ambiente para que los bancos puedan acordar condiciones con sus clientes que permitan aplazar pagos —también las administradoras de crédito—, de tal manera que las instituciones no estén tan castigadas por eso. En un momento en que muchos agentes tienen restricciones financieras, esto parece bien relevante para que el crédito continúe su vida normal.

La tercera línea apunta a proveer liquidez al mercado. En esto ya hemos trabajado durante marzo. Y en particular hoy (por ayer), el Directorio aprobará una nueva normativa de encajes en pesos y unidades indexadas, para que su reducción dirija los recursos hacia el crédito. Dependiendo del plazo, la baja es de 22% a 15% sobre las obligaciones a menos de un mes y de 5% a 2% para los de seis meses a un año, siempre que ese encaje vaya a crédito. Es una medida transitoria, de abril a junio; obviamente, si la pandemia siguiera, podría estirarse.

—¿Qué expectativa tiene con esta medida? ¿Los bancos van a lanzarse a dar nuevos préstamos en este momento complicado?

—Entiendo que sí. Los números de marzo muestran que ya hubo un leve aumento; yo pensé que podía haber una caída...

Mi diagnóstico —pero que es compartido con el resto del equipo económico— es que esto de la pandemia es un fenómeno muy fuerte pero transitorio. Entonces, el esfuerzo tiene que ser, mientras estén los efectos directos, tratar de mantener el nivel de actividad lo máximo posible y, además, tener las mejores condiciones para el día después, de forma que la economía arranque con toda la fuerza y normalidad posible. Pero estamos viendo un fenómeno transitorio y las medidas son transitorias; la baja del encaje no es eterna, sino por tres meses.

—¿Ese es el momento en que esperan que empiece a normalizarse la economía?, ¿en junio?

—Sí. No la pandemia; capaz uno puede ser más optimista y pensar que la pandemia termina un poco antes, aunque es un tema en el que no soy especialista. Lo que creo es que, aun en un escenario muy optimista de cuándo se revierte, la salida de esta situación no va a ser de un día para el otro, como prender una llave. Por eso es importante ofrecer estas condiciones de crédito por tres meses; obviamente, vamos a monitorear si va dando efecto, y es posible que esto haya que extenderlo.

Esta medida de los encajes —lo aclaro— no implica la renuncia a otras medidas de aporte de liquidez al sistema ya disponibles, como la recompra de Letras, derivados como repo o swap de moneda. Esto no se está usando ahora, pero están a disposición si el sistema lo precisara.

—¿Podría haber un deterioro importante en las carteras de créditos del sistema en estos meses, con aumento de la morosidad?

—Con la medida de flexibilizar los plazos justamente se apuntó a eso: si hay un acuerdo entre una institución y su cliente, que no le implique castigar la cartera. Día a día estamos monitoreando el crédito, cuánta liquidez hay, cómo opera la cámara compensadora de cheques, y si observamos que algo obstruyera el funcionamiento normal, vamos a actuar. Pero siendo muy pragmáticos; no tomar medidas por las dudas, si no se necesitan.

No esperaría un deterioro fuerte en las carteras; las medidas apuntan justamente a que esto no pase. Sí es previsible que el signo de la morosidad en general sea para arriba, pero no debería ser excesivamente grande.

—¿La paralización de la actividad se está reflejando en el volumen de transacciones en la economía?

—Los números que manejamos desde el banco y algunos indicadores anticipados sí reflejan una caída de la actividad, como en el consumo de electricidad y combustibles. No hay datos cerrados de marzo, pero son indicadores bien claros de caída de la actividad. No en la intermediación financiera; los volúmenes de las cámaras compensadoras siguen siendo razonables y los cheques están dentro de lo habitual. Sí teníamos la percepción de que para que el crédito siguiera fluyendo era importante apuntalar la liquidez, y por eso la medida de los encajes: para que los bancos pudieran aumentar las líneas a sus clientes.

—Entonces, ¿no se ve, a priori, indicios de un corte en la cadena de pagos? Eso era una preocupación central para la ministra Arbeleche…

—Sí. Hoy no vemos ningún síntoma que nos haga llegar a otro tipo de medias. A veces aparecen ruidos y alguno que dice: “Fui al banco y no me aplazó el pago”. Y ahí miramos qué pasó. Pero, en principio, con los planteos que han hecho los bancos, entendemos que se está cubriendo la situación. De vuelta: siendo bien pragmáticos, monitoreando día a día, es posible que haya que tomar medidas adicionales. Pero hoy no lo vemos necesario.

—¿Todas las entidades del sistema financiero están en una posición sólida para enfrentar un posible deterioro en el negocio? 

—Por ahora no vemos ninguna empresa que tenga problemas particulares. El sistema ya estaba muy sólido y el crédito a las familias en particular está pesificado hace muchos años, lo que es una buena cosa.  

—¿Tampoco ven problemas en la filial de Bandes, que en los test de stress que hace el BCU presenta los indicadores más frágiles?

—No vemos ningún problema.

—Saliendo de esta coyuntura del Covid-19, ¿ve saludable los niveles de concentración que presenta el negocio bancario? ¿Hay espacio para nuevas ventas o fusiones de entidades?

—Desde el 2002 el sistema se ha ido concentrando fruto de una rentabilidad no demasiado alta, que llevó a fusiones. Esto tiene dos caras: la concentración le da mucha fortaleza al sistema, porque hay muchos menos bancos pero grandes y sólidos. Por otro lado, a veces lo que hace es quitarle agilidad al sistema. En el corto plazo no preveo ninguna fusión.

Esta cuestión tiene que ver con la agenda de más largo plazo: es relevante que el sistema tome agilidad por muchos lados. No me imagino que sea por la vía de que aparezcan más jugadores, sino por incorporación de tecnología o por algunas modificaciones en el sistema de pagos.

—En esa línea, ¿qué visión tiene sobre la “inclusión financiera” impulsada en los gobiernos del Frente Amplio, entre otras cosas buscando universalizar la bancarización y bajar costos?

—Hoy los costos para los usuarios siguen siendo altos. Es uno de los objetivos que debe tener el sistema financiero en su conjunto: abaratar los servicios. Para que un ciudadano esté incluido realmente tiene que tener de verdad acceso. Se han dado muchos pasos que han estado bien, y muchos pasaron a tener cuenta bancaria y ese acceso mínimo, pero hay muchísimos pasos para dar, sobre todo en materia de costos. Los pagos tienen que ser mucho más ágiles, más modernos, y mucho más baratos. Para esto hay que facilitar la incorporación de innovaciones, por la vía de que las actuales instituciones —bancos, administradoras de crédito, empresas de servicios financieros— incorporen mucha, mucha tecnología. Y, por otro lado, con una regulación que permita el acceso a nuevas empresas —como las Fintech— que hagan el negocio de manera distinta, obviamente siempre en igualdad de condiciones con las que ya están. El sistema requiere de una apuesta muy fuerte a la innovación.

—¿Con la suba del precio del dólar que se dio sobre todo en las primeras semanas de marzo se corrigió todo el problema de “atraso cambiario” que, según el gobierno, tiene el país?

—Parto de la base de que no hay un valor óptimo del dólar al cual queramos llegar. La suba del tipo de cambio no fue una corrección que buscamos, sino que surgió de la libre flotación en el mercado. Uruguay lo que sí ha hecho en este tiempo fue corregir su moneda un poquito más rápido que algunos otros países, y eso en principio corrige parte de las diferencias. De todas maneras, ese no es el único lugar donde se define la competitividad; no solo depende de las correcciones nominales de precios.

—¿Qué nivel de inflación estiman en lo inmediato y con un horizonte más largo, dada esta suba del dólar y el efecto de la emergencia sanitaria?

—Es una preocupación que la corrección del dólar termine afectando los precios, ya que se agregan algunas restricciones importantes de oferta por el coronavirus, como en las frutas y verduras. Los próximos valores de la inflación son una preocupación, y ahí estamos intentando actuar por varios lados, sabiendo que en el muy corto plazo es difícil. Desde el banco se siguió con la política que se venía, con alguna intervención para que el salto del dólar no fuera tan alto. Pero no resignamos ninguna herramienta.

—Desde el punto de vista de la credibilidad del BCU y el equipo económico, ¿tiene sentido mantener un rango meta de inflación —hoy en 3%-7%— que sistemáticamente se incumple?

—En el medio de la tormenta no tiene sentido intentar cambiar un instrumento que no es el que tiene la culpa de que durante varios años la inflación no haya entrado en el rango. El instrumento es perfectible, seguramente cambiable en el mediano plazo, pero no es el culpable. La primera línea a seguir es empezar a tener políticas consistentes y que la monetaria no sea la única que reme contra la inflación; hasta ahora no hubo consistencia con la política fiscal. Se acaba de informar un déficit de 5%, y hoy por la pandemia, cierta caída de la recaudación y algún gasto más, ya nos hacen pensar en que la situación va a ser aún más compleja. Pensar en reformular la política monetaria básicamente sería matar un instrumento que quizás en otro momento sí sea útil. ¿Qué cosas sí se pueden ir haciendo en el muy corto plazo, que no ayudarán a una baja mañana en la inflación pero que vayan construyendo ese camino? Empezar a que, ya desde su reunión de después de Semana Santa, el Comité de Política Monetaria comunique mucho mejor lo que se intenta hacer y, por tanto, aumentarle su frecuencia. También vamos a reformular algún otro instrumento, como la encuesta de expectativas; hoy es poco representativa, la contestan solo seis agentes. Si paso a 20 respuestas no voy a bajar la inflación, pero sí voy construyendo un instrumento que, cuando se salga de estos meses del coronavirus, irán ayudando a que la transmisión de la política monetaria sea más adecuada. Y ahí sí se pueda pensar en un cambio de instrumentos.

—¿Abandonar el instrumento del manejo de agregados monetarios y volver al de la tasa de interés estará en consideración entonces?

—Se va a definir más adelante, cuando estén las condiciones dadas para que la política monetaria tenga que tomar un papel más activo que el actual. El cambio de instrumento está arriba de la mesa, para el momento adecuado.

—¿Hay aspectos a mejorar en el funcionamiento del mercado cambiario, que es chico o poco profundo como se dice en la jerga financiera?

—Notoriamente hay que darle más profundidad, pero yo digo que no solo al mercado cambiario, sino en general a todos los mercados financieros. El cambiario también tiene algunas restricciones, pero también las tiene el mercado de pesos. En los últimos años se han hecho esfuerzos en el buen sentido y se han logrado algunos avances, pero hay que ir por más. Que las empresas públicas tengan otro papel es posible que importe, lo mismo respecto del sector exportador.

Esto lo ato con preguntas anteriores: el propio sistema de pagos también a veces lleva a estas cosas. La modernización a la que refería termina vinculada con los mercados financieros, no son asuntos paralelos. Si mejoráramos el sistema de pagos, eso seguramente llevaría a mercados más profundos. Desde el BCU, lo que se va a hacer es tratar de poner reglas de juego que faciliten ese desarrollo. Notoriamente es un desafío central tener mercados financieros más profundos. A veces cuesta visualizar la importancia de esto, porque termina ayudando a mucha cosa y haciendo que la manzana en la feria pueda ser más barata. El desarrollo de los mercados financieros termina teniendo consecuencias sobre la vida de cada uno de los ciudadanos.

—Si le preguntan hasta el hartazgo cuánto va a valer el dólar es en parte porque la economía uruguaya está muy dolarizada. ¿Tiene en la agenda acciones para revertir esta realidad?

—Enseguida del 2002 el país tuvo una agenda hacia la desdolarización que fue bien importante, desde la propia creación de la UI hasta cambios en la regulación bancaria, además del esfuerzo hecho también en cuanto a la deuda pública. Hasta empezada la década pasada tuvo una buena evolución; después, cuando comenzó a deteriorarse la situación financiera, algunas medidas —como ciertas influencias sobre el IPC que distorsionaron la UI— llevaron a desandar un poco ese camino. No es un problema en medio del coronavirus, pero sí el país tiene que volver a hacer ese esfuerzo. La modernización del sistema de pagos —aunque parezca que no tiene nada que ver— es muy importante: si un importador compra en dólares, si le es muy costosa la conversión cambiaria, termina poniendo sus precios en dólares. Esos detallecitos micro son los que van construyendo esa dolarización de la economía. No es la única solución, pero es un ejemplo de cosas chicas, medianas y grandes que se pueden hacer en el camino para que los agentes económicos empiecen a pensar en pesos y, por tanto, a desdolarizar. No es un camino que lleve solo meses o años; pero hay que recorrerlo, indefectiblemente. Al final del camino trae ventajas a la propia política monetaria, pero también a los agentes, que consiguen mejores instrumentos para ahorrar o financiarse.  

Recuadro de la entrevista

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