Edad: 45 • Ocupación: Emprendedor gastronómico • Señas Particulares: Tiene un grupo de 17 amigos íntimos desde los cuatro años; sale a pescar con su hijo Milo; le gustaría moverse siempre en bici

Entrevista: Álvaro Kemper

4min
Nº2024 - al de Junio de 2019
Por Marcela Baruch

¿De dónde viene su vínculo con la gastronomía? Por tres influencias: mi madre, McDonald’s y mi primo Gabriel (Bialystocki, conductor del programa radial El degustador itinerante en En Perspectiva). Gabriel en su fase de crítico de restaurantes me invitó a comer afuera muchas veces, y me mostró la gastronomía desde un lugar que me apasionó. 

¿Usted cocina? No sé ni freír un huevo, pero tengo claro qué es lo que quiero que se venda. Aparte, trabajar y tener el mismo hobby es un embole. Viajo, pruebo, hago estudios de mercado. 

Se define como emprendedor. ¿Por qué? Porque cuando creo en una idea, y está dentro de mis posibilidades, encuentro la manera de concretarla, de ejecutarla. En el camino hay proyectos como el Chivito Weekend, que durmió años en un cajón hasta que el año pasado, con Federico Celsi (de Bar Facal) lo retomamos y sorteamos un viaje al Mundial. Fue un éxito. Mi formación fue en empresas y marketing, y antes de tener tres restaurantes como ahora —Pacharán, La Rotisería y I am Burguesa—fui productor de eventos. Hice locuras como el asado más grande del mundo, el Punta del Este Food & Wine Festival, y la última fue el concierto homenaje a Zitarrosa en el Estadio Centenario.

¿Cómo pasó de ser productor de eventos a dueño de restaurantes? Trabajé cinco años en marketing en McDonald’s, que fue mi gran escuela. Un día, cuando quise emprender por mi cuenta, le propuse a la misma empresa abrir su cadena Pret à Manger, un fast food de comida saludable. Me dijeron que no. El paso siguiente fue trabajar en la revista Freeway y abrir Uma Casual Food con Nicolás Fumia —también productor de eventos—. Ese fue el primer emprendimiento gastronómico, pero duró poco. Después vino la cafetería del Teatro Solís, que se llamaba Allegro.

Ha viajado mucho como mochilero. ¿Tiene alguna cuenta pendiente? Cuando era empleado y terminaba algún vínculo laboral me tomaba un tiempo para viajar un año, ocho meses, cuatro meses. Así recorrí Europa, Sudamérica, Asia. Me la jugaba a un destino y el viaje duraba tanto como me alcanzara la plata. Un día estaba en un hostel y conocí a un pibe que era mago. Y me di cuenta de que para generar ingresos en los viajes necesitaba aprender una manualidad, no podía ofrecer una consultoría en marketing en medio de una isla en Grecia. Tengo pendiente aprender a hacer algo con las manos, una herramienta que esté en tus manos y que podés ejecutar rápidamente. Recién ahora me estoy haciendo tiempo para arrancar con carpintería o cerámica. Después, cuando mi hijo y mis dos sobrinos estén grandes, sé que no voy a vivir en Uruguay porque quiero tener la experiencia de hacerlo en un país del Primer Mundo, donde todo funcione, que puede ser Australia, Israel, Suecia, no sé. 

¿Ahora, a dónde le gusta ir? Me tienta mucho menos ir a una megaurbe que a un lugar chiquito. A veces fallo igual con esas cosas. Me ha tocado ir a Francia, estar en París, decir: “Me tomo un tren a cualquier pueblo”. Pierdo el día en el viaje, llego y no hay nada para ver. 

Tiene una Royal Enfield, una moto de culto británica hecha en India. ¿También viaja en moto? La moto es un hobby que me encanta, la compré empujado por amigos y la uso solo para pasear, con mucho respeto, porque sé que es un peligro. El otro día fui a un encuentro a Santa Lucía, todo el viaje es ir y volver, pero no sé nada de mecánica ni me cuelga mirar las motos de otros. Me gusta la experiencia de transportarme al aire libre, afuera de la caja. Me pasa lo mismo con la bici, pero como demoro mucho en llegar a los lugares, uso la moto.

¿En Montevideo se mueve en bicicleta? Siempre que puedo. Cuando estoy en la ruta y veo un pibe en bicicleta que tiene la mochila y los morrales quiero ser él. Pasa que para transportarte así precisás mucho tiempo. Lo que hago a veces es cargar la bici al auto y me voy a Minas, y ahí me pongo a andar en bici. No inventé nada, pero es increíble frenar la bicicleta en el medio del campo, escuchar el sonido de la tierra, una vaca a lo lejos, los pajaritos. La moto es la primera opción de trasladarte rápido y seguir viviendo al aire libre. 

Entre sus hobbies también está la pesca. Es un viaje de mi hijo Milo, y una buena excusa para salir de Montevideo, porque acá además no hay casi pesca en la costa. Fuimos a Parador Tajes, y vamos a los arroyos Solís Chico y Grande. Ya sabemos dónde pescamos mejor y vamos a esos lugares. Si lo llevo a un lugar donde no pescamos nada, se frustra. Ahora la pelea es entender que los pescados más chiquitos los devolvemos al mar. 

Tiene un grupo de 17 amigos desde los cuatro años. Son muy importantes para mí. Hace ocho años murió mi única hermana y quedé solo. Mi familia es chica, pero con cualquiera de ellos me puedo caer y me van a levantar, nos vemos seguido, somos unidos.

En 2019 abrió dos espacios gastronómicos, La Rotisería y I am Burguesa. ¿No hay dos sin tres? Sí, uno más, de comida judía ashke-nasi (de Europa del Este) con mi madre (Sonia Kemper), que es cocinera de dulces, y cierro el círculo. Nada más creíble que la comida hecha por una vieja judía. 

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