En las Islas Falkland, la cultura británica se mezcla con encantos naturales que atraen a turistas de todo el mundo en busca de un viaje inusual

Expedición a las islas del viento

10min
Nº2016 - al de Abril de 2019
Escribe Carolina Villamonte invitada a las Islas Falkland por la Embajada británica. Fotos: Manuel Mendoza (archivo)

Cuando el siguiente destino de viaje es Islas Falkland, lo primero que surge es una expresión de asombro y curiosidad al mismo tiempo. ¿Cómo se llega? ¿Cuántas horas de vuelo son? ¿Hará mucho frío? ¿Cuánta gente vive allí? ¿Habrá Internet? Un punto en el mapa que no dista tanto de Uruguay (tres horas de vuelo en línea directa), pero que llegar hasta allí se convierte en una aventura al extremo del mundo; no solo por las dos escalas (en Santiago de Chile y Punta Arenas) y las 24 horas de viaje que toma llegar, sino por lo que significa conocer un lugar de naturaleza prácticamente virgen. Además, a la intensa experiencia al mejor estilo documental de National Geographic, se suma el descubrimiento de una comunidad remota, de raíces inglesas que luego de la guerra de 1982 se ha convertido en una sociedad muy próspera, sin desempleo ni criminalidad, con salud y educación gratuitas, un alto estándar de vida y un progreso social y económico exponencial. Esa es la invitación de este destino: salir a explorar lo desconocido.  

De cara al viento. Ubicadas en el océano Atlántico, frente a las costas orientales del extremo más austral de América del Sur, a 350 km del continente, las Islas Falkland se presentan como la puerta de entrada a la Antártida. Son oficialmente un territorio británico de ultramar, autónomo, económicamente autosustentable, que solo recibe ayuda del Reino Unido en Defensa y Relaciones Internacionales. Se divide en dos islas mayores, East Falkland y West Falkland, y más de 700 islas menores e islotes. En toda esa extensión viven un total de 3.000 personas, de las cuales 2.500 habitan en Stanley, su capital y única ciudad, construida frente a una bahía de la isla Este. 

En un lugar con poco desarrollo e infraestructura, en un punto del globo de clima  frío, el viento es el que manda. Desde el principio. La hora de aterrizaje del único vuelo comercial que llega los sábados de tarde desde Punta Arenas (Chile) operado por Latam solo se puede estimar, y es muy frecuente que varíe de acuerdo con las condiciones del tiempo, que cambia drásticamente de un momento a otro, en especial el viento. El aeropuerto está ubicado en la base militar de Mount Pleasant, y como tal las instalaciones son austeras, no se pueden tomar fotografías y los free shops no existen. El viaje continúa durante 45 minutos en camioneta por las rutas de la isla Este, atravesando campos amarillo-verdosos, sierras y montes rocosos. Casi no hay árboles. De hecho, es una tierra sin árboles nativos.

Las primeras impresiones de Stanley aluden directamente a un pueblo de la campiña inglesa, con hermosas casas de madera con techos de colores, calles impecables y distintivos iconos británicos, como las cabinas telefónicas rojas caídas en desuso, pero que siguen dando carácter a la vía pública.

Es un fin de semana especial en Stanley. Ese domingo se corre la maratón, la más austral sobre calle certificada por la Asociación de Maratones Internacionales y Carreras de Distancia (AIMS). Atletas de distintos países llegaron para participar, y desde temprano en la mañana ya se ven por la rambla corredores calentando sus piernas. Este año compitieron unos 100 corredores, y ganó un inglés, Iain Bailey (2h 42min 35s), seguido de un argentino, Facundo Reales (2h 42 min 45s). Sí, a las islas van muchos argentinos. La mayoría son excombatientes de la Guerra de las Malvinas y familiares que llegan hasta allí para cerrar una herida abierta. La relación a veces es un poco tensa entre argentinos e isleños, pero en general son bienvenidos. De hecho, los habitantes de las islas buscan integrarse a la región para no estar tan aislados, y siempre prefieren el vínculo amigable con Argentina, el cual varía con cada gobierno. Pasaron 37 años del conflicto y la cicatriz es profunda. Ellos la llaman “la invasión argentina”. Sin embargo, reconocen que ese hecho histórico marcó un antes y un después para su sociedad, pues la reconstrucción tras el conflicto de 74 días fue el inicio de un período de desarrollo y progreso significativo en aspectos sociales, comerciales, económicos y políticos. Una broma interna dice que en lugar de tener un busto de Margaret Thatcher en una esquina de la ciudad, deberían tener uno del mismísimo general Leopoldo Galtieri. 

Cruceros y más. Dos mañanas después de la maratón, la ciudad vuelve a revolucionarse con la llegada del Zaandam, un crucero de bandera holandesa con 1.800 pasajeros a bordo que viene recorriendo las costas de América del Sur. Las tranquilas calles de Stanley se llenan de visitantes con cámaras en mano, un ómnibus turístico circula por la ciudad (no hay transporte público, cada uno tiene su Land Rover 4x4, y hasta más de una) y los varios gift shops no paran de facturar. 

Además de la venta de permisos de pesca a buques extranjeros y la ganadería, en especial ovina, la principal actividad de las islas es el turismo, área en la que vienen trabajando fuerte desde hace varios años. Los atractivos de las islas son varios y el departamento de turismo los tiene bien identificados: un encuentro cercano con la naturaleza donde se pueden ver cinco especies de pingüinos, la mayor colonia de albatros, más de 220 especies de pájaros, paisajes hermosos para fotografiar y hacer senderismo, alpinismo, kayak, pesca. A esto se suma una historia interesante sobre los primeros pobladores de las islas, la vida en el campo y el aún no superado conflicto de 1982. 

La mayoría de los visitantes llegan del Reino Unido y, en segundo lugar, de Argentina. En la temporada alta (de octubre a marzo) de 2017-2018 recibieron 1.635 turistas que gastaron cerca de 3 millones de libras (esa es la moneda local, casi 4 millones de dólares), lo que representó un aumento de 15,1% con respecto a la temporada anterior. En promedio gastan 107 libras (140 dólares) por noche. Pero la mayor apuesta viene con los cruceros, desde dónde descienden más de 57.000 turistas cada temporada que dejan unos 3,2 millones de libras (4.180.000 dólares). La actual estrategia de turismo planea para el 2022 llegar a 2.600 turistas con alojamiento por año, 65.000 cruceristas por año que gasten un total de 10 millones de libras (unos 13 millones de dólares). Para alcanzar estas metas hay muchos pasos a seguir, como mejorar los vínculos con los países de América del Sur. Un factor determinante para lograrlo es que se concreten las negociaciones que se vienen dando para que la isla tenga un segundo vuelo comercial desde San Pablo a mitad de semana. También lo operaría Latam, haría una escala al mes en Córdoba, y estaría empezando a operar en setiembre u octubre. Pero esta novedad, que muchos esperan con ansias por la conectividad que implica para un sitio tan aislado, aún no está 100% confirmada. 

Un faro, playas e islas. En Cape Pembroke, el punto más al este de las Islas Falkland, a solo 11 kilómetros de Stanley, se encuentra un antiguo faro hecho de hierro fundido (prefabricado en Londres) que se prendió por primera vez en diciembre de 1855 y dejó de iluminar en la guerra de 1982. Si se consigue previamente la gigantesca llave de hierro que abre el faro guardada en el Historic Dockyard Museum, el visitante puede subir y contemplar un paisaje asombroso. Y, tal vez con suerte, ver ocasionalmente alguna foca o ballena nadando en el océano. El recorrido sigue hasta Gypsy Cove, una increíble playa de agua turquesa y arena blanquísima que no se puede pisar porque está minada. Un alambrado indica hasta dónde puede llegar el turista para admirar el paisaje y contemplar los ejemplares de pingüinos magellanic (o magallánicos). Las minas fueron colocadas por los argentinos durante la guerra y el trabajo de su desmantelamiento aún continúa. Es una tarea muy difícil llevada adelante por gente de Zimbabwe especializada en el tema. Afortunadamente, durante todos estos años nunca se registró ningún accidente. En las islas existen otras áreas minadas, y se calcula que todavía faltan unos cinco años para eliminar cualquier rastro. 

Unos metros más adelante, en Ordnance Point, quedan los vestigios de armas usadas en la II Guerra Mundial para defender Port William, el puerto de Stanley. Entre recuerdos de guerras pasadas, la naturaleza se abre camino con la excéntrica gramínea llamada tussac, un pasto alargado muy típico de esta zona, la planta de canela y el diddle-dee, la fruta nativa, pequeña, redonda y roja, con la que se hace mermelada, y se vende como souvenir a los turistas. Ese es el hogar de la colonia de pingüinos más cercana a la ciudad, que solo se deja ver en primavera y verano, aunque siempre se encuentra alguno un poco despistado. Allí también se pueden contemplar diversas especies de aves.

Pero la verdadera aventura, la expedición a la naturaleza salvaje de las Islas Falkland, comienza cuando el viajero se sube a una avioneta Figas (Falkland Islands Government Air Service) de ocho plazas que en vuelos de cerca de una hora conecta las diferentes islas. Ese día el destino era Carcass Island, al noroeste del archipiélago. El experimentado piloto amablemente da la bienvenida al vuelo, comparte algunas indicaciones de seguridad, se acomoda y empieza a carretear. La vista de las islas desde el aire es un paisaje asombroso. Hasta que de atrás de un cerro, una planicie de pasto aparenta ser la pista de aterrizaje. Una camioneta Land Rover espera la llegada. Es Rob McGill, el dueño de la isla. Un inglés de unos 80 años que compró (“con la ayuda del banco”, asegura) la isla en 1974, y allí vive con su esposa Lorraine, y tres empleados: el cocinero Roldán, chileno, y sus ayudantes Eva y Jeannette. Viajeros de todo el mundo llegan a hospedarse en una casa perfectamente acondicionada para recibir hasta 17 huéspedes, para luego salir a recorrer las bellezas naturales que esconde Carcass y sus alrededores. Las excursiones arriba de la 4x4 campo traviesa son a playas donde viven elefantes marinos, leones marinos y pingüinos gentoo. Además, hay pingüinos magellanic por toda la isla. También se puede ir en barco hasta otra isla cercana donde vive una gran colonia de albatros. Rob ha hecho de su isla un lugar autosuficiente en vegetales orgánicos, carne y productos lácteos. Aunque también cría ovejas, el foco ahora lo tiene puesto en el turismo, una actividad que sabe llevar muy bien. Tanto lo comida como el alojamiento son muy buenos, se respira un aire cálido, descontracturado y de intercambio entre los huéspedes, reunidos a la mesa, en una recóndita isla del Atlántico Sur. 

El mar. El omnipresente océano es el factor determinante en todos los aspectos: el clima, la fauna, la flora, la arquitectura, el turismo. Sin embargo, los isleños no son muy adeptos a las actividades acuáticas, le tienen mucho respeto —y hasta algo de miedo— al mar, y la temperatura del agua es claramente una barrera: en el entorno de los 10º C. De todas maneras, en 1995 alguien tuvo la fantástica idea de recibir al invierno con una zambullida generalizada. Desde entonces, cada 21 de junio, los más valientes, adultos y niños, aceptan el desafío y se bañan en el mar, que en ese momento del año tiene una temperatura promedio de 7,2º C.

Pero con el empuje del turismo llegan novedades. Este verano fue la primera temporada en la que Daniel Biggs, un profesor de educación física, empezó a organizar aventuras en kayak para los turistas. Él proporciona todos los equipos a prueba de agua y frío, que incluyen zapatos y guantes, y desde una hermosísima playa de aguas cristalinas, Daniel y hasta cuatro turistas se lanzan al mar en kayak para recorrer las aguas cercanas a la costa e ir hasta una isla en busca de algún ejemplar marino: delfines, leones, focas y pingüinos. Su novel empresa, Falklands Outdoors, también ofrece otras actividades, como escalada, surf, senderismo, pesca y paseos en barco para avistamiento de vida salvaje. 

Más pingüinos. Uno de los principales paseos que hacen los turistas de los cruceros por el día es ir hasta Volunteer Point, una península donde se encuentra una reserva natural ubicada dentro de una estancia privada a la que se llega después de un viaje de 2 horas y media en 4x4. La última hora y media pone a prueba la habilidad del conductor, que debe atravesar campos fuera de los caminos, por momentos sobre terreno hecho de turba. Hacia la izquierda de la península, Volunteer Beach es una hermosa playa de arenas muy blancas y agua verde a donde llegan miles de pingüinos rey, gentoo y magallánico. Estas tres especies forman sus colonias en los pastos de esta península, su hábitat natural. En marzo, los pichones nacidos de un solo huevo están siendo alimentados por ambos padres, que van y vienen del mar llevando comida para sus crías. Llegar hasta el borde de su colonia, escuchar sus sonidos y observar su comportamiento de cerca es una experiencia increíble. Y al levantar la vista y verse en un lugar que aún se mantiene virgen, hace repensar nuestro lugar en el proceso evolutivo del planeta. Un día en un paraíso natural como ese coloca al humano en la proporción que realmente tiene.

Las Islas Falkland, un lugar que parece más lejano de lo que lo está, guarda una magia especial, con características muy particulares que lo hacen infinitamente atractivo. Y el frío es parte fundamental de ese encanto.

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