Fernando Cabrera. Foto: Nicolás Der Agopián

Fernando Cabrera: “Siempre tuve claro que ya venía con un lenguaje y que tenía una voz”

11min
Nº2033 - al de Agosto de 2019
entrevista de Fernando Santullo

Llego a la esquina de la calle de Fernando Cabrera cuando la luz de la tarde va decreciendo. La vereda es estrecha y, frente al edificio al que voy, un grupo de personas habla con acentos cálidos en la puerta de una pensión. Toco timbre, entro, ascensor de reja, vecina que me explica cómo llegar al piso que voy. Cabrera me espera en la puerta. Nos sentamos, por la ventana se ve la bahía y la oscuridad que la va tomando de a poco. La charla se extiende y se estira en cada pregunta. Luego regresa para cerrar cada idea. Cabrera está grabando nuevo disco y eso, desde hace al menos 30 años, es una noticia central en la música uruguaya.

—Estás trabajando en un disco nuevo y eso me hace pensar: ¿cuántos discos has editado?

—Nunca sé decir la cifra. No sé si contar los dos primeros, porque integraba grupos, aunque los temas eran míos y yo era el frontman. No sé si contar los que tengo a dúo, como el que hice con Mateo. No sé si contar algunos que hice versionando a otros autores. Si los cuento todos, son como 18 o 20. Pero si me pongo estricto, solo míos son 14 o 15.

—Lo primero que hiciste fue con Montresvideo. ¿Qué edad tenías en ese entonces?

—Tenía 20 años. Debutamos gracias a Macunaíma (Atilio Duncan Pérez Da Cunha), que confió en nosotros y también gracias a Víctor Cunha y Elbio Rodríguez Barilari. Macunaíma nos llevó a una especie de festival, era en dictadura, todo era muy complejo, semiclandestino. Era dentro de una institución que pertenecía a un artista plástico, Zina Fernández, que era muy amigo de Macu, y se hacía una cosa que hoy sería muy moderna: en distintas habitaciones de una casona con un sótano inmenso, en un lugar había una obra de teatro, en otro estaba, lo vi por primera vez y fue muy emocionante, Horacio Buscaglia diciendo sus mojos, en otro lado estaba Contraviento, la banda de Fernando Condon. Y ahí debutó Montresvideo. A partir de ese show seguimos tocando. Yo estudiaba con Coriún Aharonián y él estaba al frente del sello Ayuí. Viendo mis trabajos, al año siguiente Coriún me invitó a un disco colectivo que se iba a grabar en vivo en la Alianza Francesa. Debutamos cinco en ese disco: Leo Maslíah, Rubén Olivera, Montresvideo, Cecilia Prato, que después se retiró, y Estela Magnone. Se llamaba Cinco del 78. Ese fue el debut discográfico.

—Y después vino Baldío. Una vez dijiste que Baldío se había muerto de tristeza. Tenían un disco muy bien producido, pero no lograban salir a tocar. Una especie de rara avis que no encajaba…

—Nos sepultó el canto popular.

—¿En qué sentido?

—En el sentido de que era absolutamente mayoritario, contemplaba muy fielmente los gustos de la mayoría de la gente. Era superfuncional políticamente hablando, como fenómeno social. Era funcional para los festivales grandes. Si bien había cosas muy refinadas, como Los Que Iban Cantando o Darnauchans, el grueso de sus integrantes hacían una música muy apropiada para el momento. No quiero calificarla, ya que ahí entra el asunto de los gustos, pero salvo esas excepciones que mencioné y alguna más, el grueso no hacía una música muy refinada, con riesgo. Para Baldío había un pequeño público, que ya teníamos con Montresvideo. Éramos lo que hoy se llamaría “de culto”. Por ejemplo, hicimos un ciclo muy bueno en el Teatro del Anglo, pero cuando intentamos seguir tocando no había forma de encajar en esos festivales de canto popular, no interesábamos a los organizadores de esos eventos. Luego grabamos el disco, que fue gracias a Sondor, que nos permitió dedicarle cientos de horas, en donde probamos y experimentamos de todo. En la presentación llenamos un cine, el Liberty, luego convertido en templo religioso. Duró solo dos años el grupo, tocábamos muy poco. Y cuando aflojó Andrés Recagno, que para mí era la columna vertebral del grupo, me di cuenta de que sin él, la cosa no seguía. Y ahí yo también desenchufé. Baldío fue entre 1982 y 1983. Para 1984 ya estaba como solista.

—¿Pensás que existe en Uruguay un espacio para esa clase de música que no es masiva ni se propone serlo?

—Existe, sí. Lo que pasa es que ese espacio, en concordancia con el tamaño del país, es muy chico. Si lo comparás con los hábitos de consumo cultural de otros países, te encontrás con que en Uruguay hay gente que se interesa por los experimentos, por las vanguardias. Si no, no habrían existido Galemire, Darnauchans, Lazaroff, Maslíah, Los Que Iban Cantando.

—¿Ese espacio existe también entre el público más joven? Pregunto porque en tus conciertos se ve gente de todas las edades.

—Y capaz que es hasta más grande. Quizá por herencia, porque a esos jóvenes que escuchan mi música, quizá fue que se las presentó una tía o un hermano mayor. Me da una alegría enorme que pase eso, cuando salgo al hall después de un show y veo las edades de la gente que estaba en la sala. No solo jóvenes, niños. Y no niños que fueron llevados a las patadas por los padres (risas), niños que se saben todas las letras. Yo creo que ese público creció.

—Aunque tu música tiene un montón de puntos de contacto con otras músicas, creo que está claro hace rato que ya definiste algo muy personal ¿Es intencional esa dualidad o es lo que sale?

—Es lo que sale. Y tiene relación también con mis gustos. No creo ser muy distinto a otros músicos de acá ni tampoco del consumidor de música. El Uruguay es un país de gente curiosa y pasa en todos los ámbitos. Hay gente inquieta, yo lo soy desde niño. Me gusta lo criollo, el folclore, el tango, toda la música de nuestra región que se hizo antes que nosotros. Me alimenté rigurosamente de Daniel Viglietti, Zitarrosa, Los Olimareños, el Sabalero. Y de Rada, los Shakers, Mateo. Y también, como todo adolescente, estaba prendido a la cultura anglosajona, los grupos de moda, me enamoré del rock, también del jazz. Y, sobre todo durante un momento de mi vida, me enamoré de la música de Brasil. Es decir, fui una persona curiosa siempre, capaz que no tanto ahora, por cansancio, agotamiento, qué sé yo. Y también tengo un costado atento a la música académica, contemporánea y clásica. Al recibir un montón de insumos distintos, no es raro que eso aflore cuando hago algo mío. Surge el cariño que tengo por los Beatles y por Yupanqui, el que tengo por Zitarrosa y por Milton Nascimento. Y por Gardel y por Charlie Parker. Podría estar una semana hablando de mis influencias.

—Lo que decías del cansancio como escucha: ¿se va perdiendo la tensión que uno tiene de joven, de estar atento a la música que nos rodea?

—Creo que tiene que ver con los destinos de nuestra vida, con la fisiología. Hay excepciones a eso, a todos nos pasa que tenemos un amigo de 94 años que sigue siendo igual de curioso que cuando era adolescente. Pero ese amigo no es normal, no está en la media. A la mayoría nos pasa que a medida que ya hiciste cosas en tu vida, no solo escuchar, hacer, ya pusiste las manos en la obra, es todo como una carrera, son exámenes que ya diste. No voy a volver a estudiar gramática o aritmética. Ni voy a ir a una clase de guitarra a empezar desde cero. Así como ya fui hincha de fútbol, ya fui viajero de interior y recorrí el país en coche, ya fui lector salvaje de literatura, ya fui un cinéfilo, ahora tengo otras inquietudes, entre las que puede estar... la nada (risas).

—La contemplación de la nada…

—El ombú y yo sentado debajo, tomando mate. ¿Tiene algo de malo eso? Por poner otro ejemplo, ¿ves esa radio vieja ahí? Algunas mañanas, cuando puedo, me levanto y pongo una radio al azar. Ya no pongo discos como antes. ¿Viste como pasa cuando vas a un cumpleaños, una reunión, y no deja de estar sonando un disco toda la noche y termina y ponen otro? Y la charla es musical: “Viste que no sé quién sacó disco? Pah, está genial. ¡Y el bajista!”. Bueno, eso ya no me pasa ni remotamente. Mi consumo musical, sin que haya desaparecido, es más azaroso. Es lo que escucho en un súper, lo que salió en una película. O pongo Radio Clarín, que es una reserva increíble de tango y música criolla de todas las épocas. No quiero hacerle publicidad a Clarín, pero es la única radio que hace eso. Hace 10 o 15 años que no compro o escucho intencionalmente un disco. Sin tanta intención, me dejo llevar por el algoritmo y capaz que empiezo escuchando a Troilo y termino escuchando un free jazz delirante. Volviendo un poco atrás en la explicación, me pasa que ya fui un gran devorador de cultura, hace 15 años de pronto leía muchas horas por día, escuchaba mucha música, tenía una vida social muy intensa, etc. Y de pronto, ya no tengo las mismas ganas de hacer eso. Y creo que esto pasa por lo evolutivo. Por ejemplo, no leo novelas, no le destino tres, cuatro, cinco días a una ficción. Leo, sí, ensayos, historia, ciencias sociales, pero una ficción no. No pienso dedicarle lo mucho o poco que me quede de vida a una ficción. Destinarle 30, 40 horas a una ficción, a algo que inventó un tipo, no. Y es que ficción hay en todos lados, todo el tiempo.

"Así como ya fui hincha de fútbol, ya fui viajero de interior y recorrí el país en coche, ya fui lector salvaje de literatura, ya fui un cinéfilo, ahora tengo otras inquietudes, entre las que puede estar... la nada (risas)"

¿Y esta actitud no afecta de alguna manera a tu producción?

—No la afecta. No estoy al día en algunas cosas, pero más allá de eso, no me afecta. Porque yo vivo en la ficción. ¿Querés que te diga la lista de los títulos de las nuevas canciones? Son historias, son narraciones, mis 300 canciones son todas pequeñas ficciones (toma unos papeles escritos a mano y lee los títulos): El liceo, Soy un hombre, A la calle, que habla de la Ciudad Vieja, de esa coexistencia del CEO de una multinacional con el que vive en la calle; Mañana sea otro día, que es una canción de adolescencia; Estaba en otra vida, un tipo que tiene la vaga sensación de que fue mujer en otra vida. Y así todas. Desde Vidalita fea y Paso Molino, que son mis primeras canciones, todas son ficciones.

Disco a disco has ido cambiando tu sonoridad. ¿Cuál es el resorte para tomar esas decisiones?

—A veces tenés períodos en donde tenés unificada una estética sonora y musical y, durante algunos discos o algunos años, te movés adentro de eso. Y, luego de estar cómodo dentro de esa sonoridad, te vienen ganas de moverte hacia otro sitio y querés cambiar los arreglos, los instrumentos, la armonía. Desde hace un rato estoy en un viaje de buscar mayor simpleza. Una mayor simpleza que yo lo digo y el que me escucha dice: “¿mayor simpleza dónde?”, pero que para mí ha sido un camino de corrección, de reformulación de cosas, sobre todo armónicamente hablando. Pero este tipo de canciones, que recién te mostraba y que tienen letras más complejas métricamente hablando, te obligan a que las músicas sean cambiantes dentro de la canción. Entonces por ahí la simpleza que busco por el lado armónico, se ve desmentida por la estructura de la canción, porque no tengo más remedio que introducir esos cambios y la canción termina siendo una pequeña suite.

¿Y para qué lado viene rumbeado este nuevo disco desde lo sonoro?

—Para empezar, es un disco que lo voy a grabar todo yo solo.

¿Vas a tocar todos los instrumentos o es solo con guitarra?

—Yo solo soy guitarrista. Puedo tocar algunos instrumentos de manera muy básica, puedo tocar unas notas en el bajo, unas cosas simples en el piano o la percusión. Sé que voy a tener esas limitaciones, pero quiero hacer un disco sin compañeros. Un poco en el estilo de Dino en Vientos del Sur o de Mateo en Mateo solo bien se lame. Y eso lo resolví sobre la marcha. Primero grabé las bases con la viola, siempre me tira el arreglador, meter instrumentos, timbres. Pero cuando escuché lo grabado, diez bases, me di cuenta de que tenía que ser así. Lo voy a grabar yo, lo voy a arreglar yo, voy a grabar los coros yo. Ese es un viaje que hasta ahora solo hice en canciones, pero no en un disco entero. Es un desafío que me gusta el de valerme por mí mismo. Es un tema de comodidad también, tomando en cuenta lo haragán, lo vago que estoy. Vengo trabajando con un grupo de músicos muy buenos desde hace ya varios discos, pero quizá por sentir cierto agotamiento de ese proceso, me dieron ganas de hacerlo así. No hay mucho pienso detrás de esto. Además, es práctico, estoy grabando solo en Sondor, Ayuí me apoya ciegamente como siempre, por suerte. Estoy feliz, la verdad.

¿No te da miedo asumir el 100% de la responsabilidad artística?

—No, la verdad que no. Aunque soy un tipo que tiene una personalidad que tiende a la baja autoestima, te lo puede decir cualquiera que me conozca, en esto me siento seguro. Porque además tengo una larguísima trayectoria de hacer cosas solo en vivo. De hecho empecé a presentarme en vivo antes de Montresvideo, de niño. Uno de esos niños que toca la guitarra y canta y que lo llevan la profesora o su mamá. A mí me llevaban a los siete años a un cine, a una fiesta de fin de curso y cantaba. Ni se me pasaba por la cabeza tener nervios.

Capaz que eso explica por qué Cabrera solo con su guitarra es buenísimo como show. Recuerdo el que diste en L’Hospitalet, en España: era como si el espacio se combara a tu alrededor.

—Bueno, ahí hay también un margen de placer. No sé cómo decirlo sin ser arrogante, pero eso me da confianza.

"Yo solo soy guitarrista. Puedo tocar algunos instrumentos de manera muy básica, puedo tocar unas notas en el bajo, unas cosas simples en el piano o la percusión. Sé que voy a tener esas limitaciones, pero quiero hacer un disco sin compañeros".

Y al mismo tiempo, los músicos con los que trabajás son gente que tiene una mirada artística fuerte, un compromiso muy alto con lo que hacen contigo.

—Claro, no son sesionistas, son músicos que se implican en su trabajo artístico. Todos los músicos con los que he tocado siempre me han dado un plus, algo que yo ni siquiera les he pedido, pero que muestra la clase de compromiso que tienen. Son procesos largos, además; es gente que trabaja conmigo desde hace muchos años y eso no tiene nada que ver con ser sesionista.

—Has construido una forma de decir que es personal. ¿Fue buscado o ha sido ensayo y error?

—Creo que desde mi primer ejercicio compositivo, a los 16 años o por ahí, siempre tuve claro que ya venía con un lenguaje y que tenía una voz. Mis primeras canciones no son un clon, no están siguiendo a este o suenan como este otro. No pasa eso ni en la letra ni en la música. No sé si tuve conciencia, no era algo que reflexionara, pero desde el comienzo me salía algo que era personal.

¿El camino de la música en Uruguay es distinto a como es en otros lugares?

—Es distinto, hay menos industria acá. Rara vez sucede que un músico joven pueda vivir rápidamente de la música. En otros países, sin ir más lejos Argentina o Brasil, si vos la pegás de joven, si tenés suerte y talento, enseguida entrás en esa industria y podés vivir decentemente de eso. No tenés que trabajar ocho horas en otra cosa.

Has hecho un montón de discos en un lugar en donde es difícil hacerlo. ¿Cómo lograste sostenerlo?

—Por la generosidad de esta sociedad. Por la generosidad de la gente en su conjunto, de sellos discográficos generosos que te pagan el estudio y que te facilitan poder hacer un disco; prensa que apoya, al revés de lo que mucha gente dice, el apoyo es formidable. Radios, diarios, canales de TV. También instituciones públicas, esto es, teatros, salas, financiamientos, escuelas gratuitas de danza, teatro, el SODRE, el MEC, las intendencias y un montón de cosas que hace el Estado. Mucha gente se queja del Estado, pero todo eso es también el Estado. Hay un montón de apoyos y creo que no siempre nos damos cuenta. Son muchas cosas y todo eso contribuye a que yo pueda hacer discos. Así como he sido aplicado en serio y no me lo tomé para la joda. Esto es mi alma, mi vida. La sociedad actúa como un espejo y me da su apoyo generoso.

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