Entierro de las víctimas de la fiebre amarilla, de Juan Manuel Blanes

“Es preciso que la vida del hombre se someta a ciertas reglas si quiere prolongarse; es preciso que los gobiernos impongan a menudo esas reglas. (…) ¿A qué criterio deben sujetarse los gobernantes? ¿Al de los oradores de barricada (…) y que nada pesan y nada valen, o al de los hombres que han probado que tienen un cerebro fuerte, una conciencia honesta, un saber profundo?”, decía en 1892 Francisco Soca

Fiebre amarilla, gripe, cólera y otras patologías por virus y bacterias ocuparon a los orientales desde siempre

12min 3
Nº2066 - al de Abril de 2020
escribe Sergio Israel

“Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y, sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas. (…) ¿Cómo hubieran podido pensar en la peste que suprime el porvenir, los desplazamientos y las discusiones? Se creían libres y nadie será libre mientras haya plagas”.

La reflexión no pertenece a un filósofo del siglo XXI, sino al escritor argelino Albert Camus. Su novela La Peste (1947), que muchos críticos consideran menor, más de siete décadas después, a raíz de la pandemia del coronavirus, volvió a leerse en todo el mundo. Una mirada actual del relato que transcurre en Orán, un puerto argelino de provincia, muestra cómo ciertas conductas humanas se repiten y cómo a pesar de la tecnología y de los avances de la ciencia médica se trata de hacer más o menos lo mismo hasta encontrar una vacuna.

Lavarse las manos

Lavarse las manos y aislarse, algo básico para mitigar la pandemia, no fueron siempre cosas simples de comprender, ni siquiera para los médicos. Cuatrocientos años después de la llamada peste negra que asoló a Europa a partir del siglo XIV, los médicos no se lavaban las manos entre la atención de un paciente y otro, ni prestaban demasiada atención a los miasmas, luego conocidos como virus, porque simplemente desconocían o no creían en la existencia de un agente de contagio.

Poco antes de la muerte de Teodoro Vilardebó y del polaco Maximiliano Rymarkiewicz, en medio de una gran epidemia de fiebre amarilla, otro de los primeros médicos uruguayos formados en París, Francisco Antonino Vidal, defendió en la Sociedad Médica Montevideana la tesis del contagio en contra de la opinión dominante.

Cuando aún no existía una Facultad de Medicina en Uruguay, la Sociedad era el lugar de discusión académica que tenían los médicos, en su mayoría no solo formados sino también nacidos en otros países. Vidal estudió las situaciones ocurridas en Filadelfia (1793) y Nueva York (1822) y concluyó que “la epidemia se transmite de los barcos a la ciudad, ocupando primero los barrios inmediatos del puerto y después extendiéndose como la llama, que devora todo lo que se pone en contacto con ella. El aislamiento es el mejor modo de preservarse contra la epidemia”.

Lavarse las manos y aislarse, algo básico para mitigar la pandemia, no fueron siempre cosas simples de comprender, ni siquiera para los médicos.

Algunas de las interesantes y apasionadas discusiones entre Vidal y sus colegas, que integraban la Sociedad, están recogidas en un libro de los médicos Ricardo Pou Ferrari y Fernando Mañé Garzón. La obra, publicada en 2012, lleva el título El Dr. Julepe. Vida y obra del Dr. Francisco Antonino Vidal (1827-1889). El biografiado, que en 1880 llegó a presidente del Uruguay y ocupó el cargo cinco veces, además de ser un destacado médico colorado, se había ganado el mote de Dr. Julepe (miedo), porque cuando en Montevideo se desató la epidemia de fiebre amarilla de 1857, aunque era el presidente de la Comisión de Caridad y Beneficencia Pública en lugar de enfrentar el “flagelo” —como sus colegas y las hermanas de la caridad llegadas de Italia— corrió a refugiarse en un campo de Barriga Negra, cerca de su San Carlos natal.

En esos días, Montevideo vivía uno de sus momentos más dramáticos: “Las camillas que conducían a las víctimas al Hospital de Caridad (luego llamado Maciel), cruzaban en todo sentido las calles de la ciudad y los apestados que iban en ellas exhalaban ayes de dolor, que estremecían hasta la última fibra de los transeúntes, con un terror glacial, indefinible” puede leerse en Boulevard Sarandí, de Milton Schinca. En contraste con la animación habitual de la ciudad, el panorama descripto era de “silencio sepulcral, una soledad aterradora” y era posible ver en los pocos transeúntes “el terror pintado en el semblante”.

La salida de escena en momentos críticos no fue una exclusividad de Francisco Vidal. El diario La Nación informó que cuando la epidemia porteña de fiebre amarilla de 1871 “el presidente Sarmiento prepara un tren con 70 zánganos” y abandona Buenos Aires.

Batallas americanas contra los microbios

Los conquistadores españoles y portugueses que llegaron a partir de 1492 no solo tenían mejores armas y usaban la caballería, sino que eran portadores ya inmunizados de muchas enfermedades.

Solo los cerdos, que llegaron en los barcos con Cristóbal Colón, en 75 años mataron al 95% de la población de México, explican en el libro Pou y Mañé. Y a la fiebre porcina hay que sumar viruela, tuberculosis, sarampión y una colección de enfermedades venéreas que liquidaron a los indígenas más que la espada y la pólvora.

Para reemplazar, como mano de obra, a las cerca de 100 millones de personas que murieron, los conquistadores recurrieron a esclavos africanos y con ellos llegaron otras enfermedades, como la fiebre amarilla, para la cual los traídos a la fuerza estaban inmunizados, porque producían más glóbulos rojos.

Los conquistadores españoles y portugueses que llegaron a partir de 1492 no solo tenían mejores armas y usaban la caballería, sino que eran portadores ya inmunizados de muchas enfermedades.

La peste, el cólera y la fiebre amarilla fueron las patologías contagiosas más comunes. La mal llamada gripe española, que se hizo fuerte luego de las pésimas condiciones de higiene de la Primera Guerra Mundial, habría matado a unas 50 millones de personas en todo el mundo, más que los que murieron en los campos de batalla. A diferencia de otros virus cuyos orígenes fueron localizados, este que refiere a España siguió siendo un misterio durante muchos años.

Pou, que es profesor de Historia de la Medicina en la Universidad de la República, relató a Búsqueda que aunque los españoles no prestaron mayor atención al virreinato del Río de la Plata, nombraron sí a un promedicato, un funcionario que dictaba normas, validaba títulos, controlaba las boticas y disponía ciertas precauciones sanitarias.

Con la independencia, que al principio no trajo paz sino todo lo contrario, nacieron los organismos criollos especializados en reglamentar la sanidad bajo influencia francesa. Según los historiadores de la Medicina, ello se debía en buena parte a que podían curar pocas dolencias y entonces ponían mayor énfasis en la prevención.

La preocupación por la salud de la población, dentro de lo que permitían los medios y las guerras, ya estaba presente en 1835 durante el gobierno de Manuel Oribe, quien dispuso una ley de policía sanitaria que incluyó la cuarentena, gracias a la influencia que tuvo el médico José de Oliveira, que había llegado con el comandante portugués Federico Lecor.

Una de las figuras de esa época era el médico de la ciudad, una especie de forense que tenía un papel importante para detectar los focos de epidemias y que manejaba las inspecciones de los barcos que llegaban al puerto decidiendo lo que se conocía como “patentes sucias” y “patentes limpias”.

Antes de que ganaran fuerza las políticas higienistas, además de la guerra de la Triple Alianza, hubo otras experiencias traumáticas. En 1886, cuando la ciudad tenía 110.000 habitantes, se produjo una fuerte epidemia de cólera. En octubre de ese año, a dos barcos italianos que habían partido de Génova —Venus y Saturno— les fue prohibida la entrada a puerto, pero como Buenos Aires mantuvo el tráfico, la infección llegó desde el otro lado del Plata. Dos días después de que en Montevideo se prohibiera también el ingreso de barcos argentinos y paraguayos, se tuvo noticia de un caso de cólera en La Unión, entonces una localidad cercana. Sin embargo, las corridas de toros, a las que asistían unas 3.000 personas, no fueron interrumpidas en principio, aun después de los dos primeros fallecidos en el Asilo de Mendigos. La única medida extraordinaria que se tomó entonces recibió críticas: prohibieron el consumo de bebidas alcohólicas en la plaza de toros, pero no el agua, que provenía de pozos y aljibes potencialmente contaminados.

Una vez que el cólera ingresó a la ciudad, el gobierno dispuso la suspensión de las clases en todos los colegios públicos y privados, así como los espectáculos públicos. Para ese entonces, en el Manicomio Nacional se reportaron 72 casos. El fin de año fue tétrico y ese verano se produjeron actos heroicos y de los otros. Por ejemplo, unos practicantes se presentaron voluntarios en una casa de aislamiento en el Buceo para sustituir a los enfermeros huidos.

En febrero de 1887, el cólera atacó al Batallón 3° de Cazadores, donde se procedió a desinfectar soldado por soldado, incluyendo el armamento y correaje, además de quemar toda la ropa. La enfermedad mató a 61 de los 197 soldados y oficiales que enfermaron. Los velorios fueron prohibidos en toda la ciudad y también se adoptaron otras medidas, pero para mitigar los rumores, la Comisión de Salubridad, a cargo del combate al cólera, invitó a la prensa a concurrir libremente a las sesiones. El 24 de marzo la epidemia pasó y se levantaron las medidas, pero para ese entonces, en cuatro meses habían muerto unas 450 personas.

La mal llamada gripe española, que se hizo fuerte luego de las pésimas condiciones de higiene de la Primera Guerra Mundial, habría matado a unas 50 millones de personas en todo el mundo, más que los que murieron en los campos de batalla.

Para el doctor Augusto Soiza Larrosa, la epidemia de 1867-1868 fue de las más mortíferas que le tocó vivir al Uruguay. Fue luego estudiada por las tesis doctorales de Germán Segura (Buenos Aires) y Enrique Estrázulas (Filadelfia).

María Hortal y Gabriela García Gabarrot describieron en un trabajo académico las principales enfermedades infecciosas emergentes en Uruguay desde los tiempos de José Artigas hasta las de la viruela, gripe, difteria, tétanos, fiebre tifoidea, sarampión, tos convulsa, parotiditis, rubeola, varicela, poliomelitis y hepatitis, entre otras que se logran combatir y hasta eliminar con vacunación.

Uno de los que se dedicó a estudiar los efectos de las políticas higienistas que se aplicaron con más fuerza luego de las epidemias de finales del siglo XIX fue el historiador José Pedro Barrán. Igual que ahora, el mate, que se tomaba de forma colectiva, era considerado un difusor pero, en ese caso, de la tuberculosis y la sífilis. En 1909, el médico Augusto Turenne propuso a la Sociedad de Medicina de Montevideo medidas drásticas: “Aconsejar con buenas palabras y un garrote en la mano; (…) debemos empezar por obtener de quien manda, disposiciones que hagan efectiva nuestra propaganda (…) si no es secundada por una disposición de orden superior que prohíba en absoluto el uso del mate colectivo”, recoge Barrán en su libro Medicina y sociedad en el Uruguay del novecientos, una mirada crítica con el papel de los médicos.

El asunto del mate desveló no solo a Turenne. Aunque el gobierno no lo aceptó, unos años después, en 1922, el médico y político Mateo Legnani insistió con otro proyecto: quería poner una multa de 10 a 100 pesos “o prisión equivalente (a) toda persona que cebe, tome u ofrezca mate”. El proyecto prohibía absolutamente su uso y apostaba a las infusiones tradicionales como el té.

Barrán aclara con acidez que la medida no buscaba meterse en la intimidad del hogar, donde se suponía que la gente seguía tomando mate con bombilla. “El mate será saboreado a solas, a escondidas toda nocividad habrá desaparecido, (ya que) el mate que perseguirá sin tregua el Estado es el mate público, el de las reuniones, el de las carreras de caballos, el de los fogones, el de las pulperías, el de los velorios, el de las visitas, el de los prostíbulos”.

El historiador interpreta también que diversas medidas de los gobiernos del novecientos apuntaban a responsabilizar o incluso culpar a las clases populares por los focos de contagio de las principales enfermedades, particularmente las infectocontagiosas, la tuberculosis y la sífilis. Los conventillos y los ranchos miserables del interior eran los lugares a cuidar para mejorar la salud pública de la que todos, ricos y pobres, dependían.

Sostiene Barrán que “el poder médico fue autoritario como legislador de los pobres y a menudo los utilizó como conejillos de Indias para probar la eficacia de sus medidas higiénicas”. Por ejemplo, en 1911 se hizo obligatoria la vacunación antivariólica, pero antes lo fue para las casas de inquilinato de Montevideo.

Dos decretos de 1921 y 1922 prohibieron el consumo de alcohol en el Ejército y la Marina. El mismo Legnani que combatió el mate como portador de enfermedades se ocupó también del consumo de las bebidas fuertes. En efecto, incluyó en sus “proyectos de higiene” que se impusieran multas entre 200 y 1.000 pesos o prisión equivalente “el regalo o la venta de bebidas alcohólicas, sin exceptuar el vino, la cerveza, la sidra y líquidos menos ricos en alcohol”.

Para evitar la difusión de epidemias de difteria, sarampión y viruela se colocaba en los ranchos “un letrero de latón bien visible en que aparecía con caracteres claros la palabra viruela”,

Para evitar la difusión de epidemias de difteria, sarampión y viruela se colocaba en los ranchos “un letrero de latón bien visible en que aparecía con caracteres claros la palabra viruela”, por ejemplo, y además se enviaban guardas sanitarios, o policías y soldados si fuera menester, aunque el historiador advierte que “el orden sanitario era mil veces violado por la familia y los vecinos”.

En 1907 el presidente del Consejo Nacional de Higiene propuso fundar “casas de aislamiento en los pueblos importantes de la República”. La orden fue aislar y a veces quemar los ranchos en los cuales hubo pacientes con peste bubónica, como ocurrió, por ejemplo, en 1915 en Tranqueras, Rivera.

Al menos respecto a la viruela, la larga lucha del doctor Francisco Soca ganó una batalla decisiva: Uruguay fue pionero en la región cuando, no sin larguísimas discusiones, se impuso la vacunación obligatoria.

Algo parecido a la peste pasó con la gripe española en 1918 y 1919. Algunas de las medidas de la Liga Uruguaya contra la Tuberculosis aumentaban el estigma social y a menudo tenían consecuencias económicas negativas. En 1926, el médico José Manginou registró las dificultades que se producían al desinfectar y quemar ropas, casas y enseres.

Sifilicomio, lazareto y clases.

Barrán relató que además de París, donde se inventó, solo Montevideo contó con un sifilicomio, un establecimiento al que eran destinadas las prostitutas sifilíticas. Allí se buscaba curar el cuerpo y una redención del alma aspirando a regenerar a “algunas de ellas”.

Otros candidatos a estas medidas de higiene eran policías y soldados. Un reglamento firmado por el presidente José Serrato en 1923 disponía que todo aspirante a policía debía someterse a un examen serológico para ver si daba positivo a la enfermedad venérea sifilítica.

El lazareto que se instaló en la Isla de Flores para poner en cuarentena a los pasajeros con enfermedades “exóticas” como cólera, peste y fiebre amarilla estuvo activo desde 1868 y siguió prestando servicios hasta 1934. En 1904 se firmó una nueva Convención Sanitaria entre Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay para “evitar la importación y diseminación de la peste de Oriente, el cólera asiático y la fiebre amarilla”, según recordó el diplomático uruguayo Guillermo Valles en Correo de los viernes.

A partir de entonces, si el barco provenía de un puerto “sospechoso”, se vigilaba en libertad a los pasajeros de primera y segunda clase, a veces con un depósito de dinero, y se ponía en cuarentena a los de tercera. Para ello se usaban las islas de Flores y Libertad y también los propios barcos. La autoridad sanitaria enviaba un médico a bordo que procedía a realizar un examen. Para desinfectar se usaba vinagre y a menudo ordenaba una higienización completa hasta comprobar que no había más enfermos.

Barrán da cuenta de una polémica que sostuvo en 1915 en el diario El Día el presidente del Consejo Nacional de Higiene Alfredo Vidal y Fuentes. Entre los argumentos para discriminar a los pasajeros por clases, el jerarca apeló a “razones obvias” y a que, como eran menos, el médico a bordo podía controlar mejor la higiene de los pasajeros de primera y segunda clase, mientras que los otros, además de ser más, luego irían seguramente a residir “en un conventillo donde habitan cientos de personas”.

Ya en 1892 Francisco Soca había hablado claro: “Es preciso que la vida del hombre se someta a ciertas reglas si quiere prolongarse; es preciso que los gobiernos impongan a menudo esas reglas .(…) ¿A qué criterio deben sujetarse los gobernantes? ¿Al de los oradores de barricada (…) y que nada pesan y nada valen, o al de los hombres que han probado que tienen un cerebro fuerte, una conciencia honesta, un saber profundo?”.

“Ponerse a pensar”

La gran mayoría de los consultados por Búsqueda prefieren ser cautelosos respecto al momento histórico que se está viviendo con la pandemia, aunque predomina la idea de que nada será igual después de esta crisis. El historiador Gerardo Caetano, por ejemplo, advirtió que se está ante “una situación absolutamente inédita” y lo que corresponde es “suspender el juicio y ponerse a pensar”. Pou Ferrari, discípulo de Mañé, observa que “lo que estudiamos hasta ahora como algo pretérito cobra actualidad”, pero tampoco se atreve a sacar conclusiones, salvo señalar el hecho de que “la Medicina, orgullosa de sus conquistas, de buenas a primeras se ve inerme ante lo desconocido”.

“Hay muy poca cooperación mundial y no existe un liderazgo. En los últimos años, políticos irresponsables han socavado deliberadamente la confianza en la ciencia y en la cooperación internacional. Ahora estamos pagando el precio. No hay ningún adulto en la habitación. Uno habría esperado ver hace semanas una reunión de emergencia de los líderes mundiales para elaborar un plan de acción común y combatir la epidemia y la crisis económica. Pero los líderes del G-7 se las arreglaron para no organizar una videoconferencia hasta esta semana, y ni siquiera salió de ahí un plan de este tipo”, opinó el filósofo israelí Yuval Noah Harari en una entrevista con Guillermo Altares por correo electrónico publicada el domingo 22.

Más allá de los llamados a la solidaridad, la crisis del coronavirus despertó fuertes debates en Alemania y otros países de Europa a raíz de las medidas adoptadas por el gobierno encabezado por Angela Merkel de reducir inversiones estatales en el sistema de salud y permitir el avance del mercado en este sector siguiendo el ejemplo estadounidense.

Harari propuso cinco medidas: uno, compartir información fiable: los países que están pasando por la epidemia deberían enseñar a los que todavía no la están atravesando. Dos, coordinar la producción mundial y la distribución equitativa de equipo médico esencial, como material de protección y máquinas respiratorias. Tres, los países menos afectados deberían enviar médicos, enfermeras y expertos a los países más afectados, tanto para ayudarlos como para adquirir experiencia. Cuatro, crear una red de seguridad económica mundial para salvar a países y sectores más afectados. Cinco, formular un acuerdo mundial sobre la preselección de viajeros, que permita que un pequeño número de personas esenciales sigan cruzando las fronteras”.

“Quizá el virus solo sea el preludio de un crash mucho mayor”, pero “el virus no vencerá al capitalismo”, opinó en El País de Madrid Byung-Chul Han, el filósofo y ensayista surcoreano residente en Berlín. “La revolución viral no llegará a producirse. Ningún virus es capaz de hacer la revolución. El virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte. De algún modo, cada uno se preocupa solo de su propia supervivencia. La solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es una solidaridad que permita soñar con una sociedad distinta, más pacífica, más justa. No podemos dejar la revolución en manos del virus. Confiemos en que tras el virus venga una revolución humana. Somos nosotros, personas dotadas de razón, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo, y también nuestra ilimitada y destructiva movilidad, para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y nuestro bello planeta”.

Reglamento Policia Sanitaria de 1938 by Búsqueda on Scribd

Recuadro de la nota

▪ Las principales epidemias en Uruguay

Regístrate sin costo, recibe notas de regalo.