Nobleza obliga

Fundación Canguro: encender estrellas

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Nº1994 - al de Noviembre de 2018
por Claudia Amengual

Los lugares de juego de la infancia tienen que ver a veces con la actividad de nuestros padres. Así, los pasillos de una radio y las salas de un hospital fueron para mí castillos encantados, bosques, cuevas de piratas y naves espaciales. Allí aprendí a transformar el aburrimiento en imaginación. Construí mundos paralelos plenos de fantasía donde decodificaba la realidad no siempre amable y la fui integrando, teñida de otros colores, a mi comprensión del mundo.

Uno de esos lugares fue el Centro Hospitalario Pereira Rossell, donde mi madre trabajaba. Recuerdo haberla acompañado en alguna incursión fuera de horario y transitar entre el susto y la maravilla mientras esperaba que terminara su tarea. A mis ojos de niña, aquello era una pequeña ciudad por cuyas callecitas arboladas trajinaban seres blancos y una comunidad de mujeres solas o familias que se movían en grupos de dos o de tres, casi siempre con un niño en brazos o prendido de la mano. No era un lugar feliz. Sin embargo, lo recuerdo con la azorada fascinación de lo que no acaba de comprenderse, y siento algo de nostalgia cuando pienso en aquellos despreocupados días. Parte de mi identidad está en esos recuerdos.
Décadas más tarde volví a atravesar la puerta del Pereira. Parecía suspendida en el tiempo, tanto que no me hubiera sorprendido si uno de aquellos guardias de antes me hubiera franqueado el paso. Como era de esperar, a medida que atravesaba las mismas callecitas flanqueadas por los mismos edificios, las emociones venían en tropel y solo pude mantenerlas a raya al llegar al último edificio, pintado de amarillo, mi destino.

Allí es la sede de la Fundación Canguro, que desde 2016 trabaja para mejorar la calidad de los primeros meses de aquellos bebés que, por distintas razones, no reciben la atención familiar necesaria. La idea fuerza que sostiene a la Fundación es la de nutrición afectiva y tiene que ver con la provisión de una serie de actos físicos que implican el contacto piel con piel, la voz y la mirada, la contención emocional, así como también los cuidados de la alimentación y la higiene contemplados no desde la frialdad de un deber, sino desde una responsabilidad amorosa.

Como se indica en su página, “aquellos bebés que reciben amor y son bienvenidos al mundo, logran manejar mejor el estrés, reducir los umbrales del miedo y la excitación; así como aumentar la sociabilidad, la seguridad y la audacia al sentirse acompañados. La nutrición afectiva favorece también la adquisición de lenguaje, las habilidades sociales, las capacidades cognitivas, el fortalecimiento del sistema nervioso e inmunológico…”.

Los bebés que llegan a la fundación son atendidos todos los días del año durante las veinticuatro horas. Los voluntarios ―de los cuales noventa por ciento son mujeres― se dividen en turnos de acuerdo con un cronograma que requiere una alta exigencia de cumplimiento. De ahí que, además de atravesar una evaluación que permite determinar su aptitud y de recibir la capacitación pertinente, deban manifestar un compromiso a la altura de la delicadísima tarea que realizan.

En la actualidad, funcionan en un ala pequeña donde solo hay capacidad para diez bebés que se distribuyen en salitas acondicionadas con música suave y paredes blancas, decoradas con motivos infantiles. Acompañada por su presidenta, la doctora Pamela Moreira, recorrí las instalaciones. Emociona ver la ternura con que los voluntarios, cubiertos con un delantal lila, atienden al bebé que les ha sido asignado. Y emociona más aún ver cómo reciben a cambio la recompensa de una mirada llena de perplejidad e inocencia, acaso la forma más pura del agradecimiento.

Emociona ver la ternura con que los voluntarios, cubiertos con un delantal lila, atienden al bebé que les ha sido asignado. Y emociona más aún ver cómo reciben a cambio la recompensa de una mirada llena de perplejidad e inocencia.


Al terminar el recorrido, la doctora Moreira y la psicóloga Soledad Vieytes, directora técnica de la fundación, me pusieron al tanto de algunos datos positivos recogidos en estos dos años. Los bebés que egresaron habían aumentado de peso y tenían mejor tono muscular, su estrés había disminuido y el ciclo de sueño y vigilia se había regularizado. El esfuerzo vale la pena.

Pregunté cómo manejaban el apego hacia esos seres tan indefensos, estrellitas tenues que apenas insinuaban su brillo, y qué sentían cuando los bebés abandonaban el lugar rumbo a una realidad que no siempre era auspiciosa. La doctora Moreira me dijo con serena firmeza que su labor consiste en dar lo mejor “aquí y ahora”, y que en eso se concentran. La psicóloga Vieytes agregó que, cuando un bebé se marcha, lleva consigo ―además de un ajuar que, gracias a las donaciones, le preparan― el legado de amor de la fundación, y que esa impronta queda para siempre. Por eso cada egreso se celebra. El bebé se lleva, además, un diario donde día a día han registrado los hechos de su breve existencia y donde queda constancia del afecto. Una copia de ese diario permanece en la fundación como parte de la historia de vida que conforma la identidad de ese individuo.

Una obra de tales características requiere voluntad, compromiso y entrega. Pero el factor humano no basta. Hay requerimientos materiales concretos y se vuelve imprescindible el apoyo de particulares y empresas. La próxima meta es trasladarse a una sala más amplia donde las distintas actividades puedan llevarse a cabo en un espacio integrado y donde haya lugar para recibir con comodidad a las madres y a los padres que vienen a visitar a sus hijos. En la consecución de esta meta, todo apoyo es bienvenido y cada granito de arena cuenta. Reconocimientos como el Premio de Derechos Humanos que acaba de otorgarle la Unión Europea son un incentivo y una señal de que se va por la senda correcta.

Mientras recorría las salitas y escuchaba las historias de tanto amor y tanto dolor reunidos, ideas y emociones se confundían. Pensaba en mis hijas y en su nacimiento. Pensaba en mí ―cómo evitarlo― y en las quejas ridículas con las que tantas veces estropeo mis días. En cómo todos necesitamos miradas, palabras y caricias. Y pensaba en lo inadecuado que es juzgar a esas madres y a esos padres que, por motivos distintos, delegan en otros el cuidado de sus hijos. Y en cómo la Fundación Canguro los recibe sin reproches, sin preguntas, desde la convicción profunda de que lo importante es el niño, y que, con humildad, sin pretensiones de omnipotencia, es posible encender alguna estrella.

tatiam@galeria.com.uy

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