Foto: Adrián Echeverriaga

Edad: No declara • Ocupación: Actor y director • Señas particulares: Trata de caminar 10.000 pasos por día, se comprometió en Brujas, no le importa el qué dirán

Gerardo Begérez

4min
Nº1985 - al de Septiembre de 2018
Entrevista: Patricia Mántaras

¿Hay algo que le dé vergüenza?

Muy pocas cosas. Entré a la Escuela de Teatro El Galpón a los 18 años y a los 23 ya estaba dirigiendo mi primer espectáculo; siempre tuve mucho arrojo, ganas de hacer algo sin medir demasiado las consecuencias. Nunca me importó el qué dirán. Consulto tres o cuatro referentes que tengo en mi vida, entre los cuales está mi pareja, Sebastián. Nunca me importó mucho la opinión del otro, ni la positiva ni la negativa.

¿Lee las críticas de sus espec-táculos? Leo todo, pero lo paso por un tamiz. Para estar dentro del teatro y la actuación hay que tener el ego bien colocado. Yo sé quién soy, de dónde provengo, y sé también lo que me ha costado llegar a donde estoy. Entonces, cuando uno hace lentamente ese proceso, sorteando muchos obstáculos, siempre confiando en uno mismo, no interesa tanto la opinión del otro, porque uno ya sabe cómo fue construyéndose. Si bien escucho los elogios, no me los creo tampoco. Yo trato de ir superándome a mí mismo, sin pisarle la cabeza a nadie, es un lema.

Usted se define como un director obsesivo, que aun después de estrenar sus obras las “custodia”. ¿Cómo lo hace? Soy de los directores que se mueven por toda la platea, porque es necesario ver diferentes ángulos; no es lo mismo el espectador que está sentado acá, que el que está sentado allá. Los actores que me conocen ya no se dispersan. Y soy de los que intervienen la escena también, me paro y empiezo a dirigir respirándole prácticamente al actor al lado.

¿Tiene otras obsesiones? Sí, tengo un TOC importante. Si nosotros, que estamos en este café ahora, dentro de unos días nos volvemos a encontrar acá, nos tendríamos que sentar a esta misma mesa, y yo tendría que ocupar el mismo lugar. Si nos volvemos a encontrar y vos te sentás donde estoy yo, no diría nada, pero me sentiría muy incómodo y estaría todo el tiempo pensando: ‘Yo tengo que estar sentado en esa otra silla, en donde me siento siempre’. Si me invitás a cenar a tu casa, la semana siguiente o dentro de tres meses o un año, cuando vuelva, me tengo que sentar en la misma silla en que lo hice la primera vez que fui.

Cuando viaja, ¿va al teatro? Mi pareja Seba estuvo tres años viviendo en África mientras yo vivía en Argentina, donde estuve entre 2007 y 2015. Nos veíamos cada dos meses en algún lugar del mundo con todo pago por la empresa en la que trabajaba. Elegíamos nosotros los destinos y fuimos a lugares a los que nunca en mi vida hubiese pensado que podría tener acceso. Recorrí el mundo y vi mucho teatro.

¿Qué obra lo marcó? Vi muchos musicales en Londres, porque fuimos dos veces. No sé si dirigiría un musical, pero es un género que disfruto como espectador. Me acuerdo que en Londres vi Billy Elliot, y fue conmovedor. Nunca lloro, en la vida, y en ese espec-táculo lloré.

Tiene más de 20.000 seguidores en Instagram y expone bastante de su vida privada. ¿Qué cosas no mostraría? Yo muestro todo. Me expongo mucho en las redes porque creo que, bien usadas, son una herramienta poderosa de difusión. Me expongo mucho, lo sé. Desde mi pareja, mis perros, mi vida, el ensayo, todo, porque no tengo nada que ocultar. Creo que esa gente que dice “ay, la intimidad”… es otra cosa la intimidad. Yo muestro lo que quiero mostrar, y que la gente sepa cómo es mi living o cómo se llaman mis perros… Me pasa que mucha gente que no conozco me pregunta cómo está Benito, mi perro. Es raro, pero ya me acostumbré. A mi pareja, que es más recatado con este tema y más perfil bajo, porque trabaja en el mundo empresarial, le divierte que yo haga eso, pero yo no lo expongo.

Hace 14 años que están juntos. ¿Están casados? Nos vamos a vivir a Barcelona; de hecho, Seba ya está allá hace dos meses, trabajando, y yo estoy acomodando toda mi vida para irme. Nos vamos a casar en España. En un viaje que hicimos a Amsterdam, Bruselas y Brujas, nos comprometimos. Brujas es una pequeña ciudad medieval de ensueño, donde hay muchos canales con cisnes, es el entorno ideal. Yo no tenía idea. Íbamos caminando tranquilos de noche y de repente veo dos cajitas en un banco y digo: ¿qué es eso? Cuando se me da por abrir veo que hay dos anillos, pero nunca pensé que era para nosotros, pensé: “¡Le cagué la sorpresa a alguien que se va a comprometer!”. Y Seba ahí me dice: “¿Te querés casar conmigo?”.

¿Se ve como padre? No. Primero, porque es muy complejo el sistema de adopción, muy burocrático. Es casi una utopía, lamentablemente; uno tiene que pasar por una serie de procesos inhumanos, casi indignantes, frustrantes, que terminan por quitarte las ganas. Una vez averiguamos sobre la subrogación de vientres en un viaje que hicimos a Estados Unidos, como hicieron Ricardo Fort y Ricky Martin, pero es complejo también, porque no te dan todas las garantías. Sale como lo que te cuesta un apartamento, entonces cuando con algo que tendría que ser la creación de una vida, algo positivo, lindo, tenés que hablar de dinero como si fuera un bien comercial… eso es lo que me hace mucho ruido. Entonces, lo que hacemos es asumir lo que nos tocó: dos hombres no pueden tener hijos, nuestra relación de amor no puede generar un niño. ¿Hay alternativas? Las hay, pero no tenemos ganas de incursionar en ninguna de esas posibilidades, porque no tenemos tampoco la necesidad imperiosa de ser padres. Hoy no. 

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