Los toboganes de barro, el gran pasatiempo de Woodstock. Foto: Owen Franken, Getty Images.

A 50 años de Woodstock

Gran viaje al paraíso hippie

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Nº2033 - al de Agosto de 2019
Javier Alfonso

La imagen aérea es imponente. Una gran mancha humana que ocupa la superficie de cinco canchas de fútbol. Más allá, una ciudad de carpas, cabañas de tablas, ramas, paja o simples tolderías de palos y lonas. Un inmenso campamento sobre pasto que en pocas horas ya era barro. Miles y miles de personas comenzaron a llegar varios días antes a esa granja de 240 hectáreas muy cerca de Bethel, un pequeño pueblo a 110 kilómetros de Manhattan, en el medio del estado de Nueva York (el lugar elegido era Woodstock, un poblado distante a unos 60 kilómetros, pero sus habitantes se opusieron al festival y ganaron). Enormes filas de autos, camiones y ómnibus bloquearon las carreteras y caminos aledaños. Todos llegaron hasta donde pudieron y siguieron a pie. Muchos directamente fueron a dedo o en bicicleta. No importaba cómo. Había que estar allí. Había llegado la hora cumbre de la era hippie, de la música en son de paz y amor.

Durante cuatro días, la meca de la nueva cultura joven sería un predio rural perteneciente a un caballero hijo de inmigrantes rusos-judíos llamado Max Yasgur, quien se ganó el paraíso en la historia del rock. La libertad en su máxima expresión, la emancipación del mundo adulto, el amor libre, la despenalización moral del consumo de drogas (faltaba bastante para la legal), llegaban de la mano de la eclosión del rock and roll como género musical masivo y dominante en las preferencias de los jóvenes.

Todo confluyó en el Festival de Música y Arte de Woodstock (o Woodstock a secas), que reunió a más de 400.000 personas (hay quienes dicen que se alcanzó el medio millón) entre el viernes 15 por la tarde y el lunes 18 de agosto de 1969, ya con el sol bien alto (Hendrix subió al escenario a las 8 y media de la mañana y tocó 16 temas).

Con el tiempo, Woodstock se convirtió en un gran mito de la música popular, que dura hasta hoy, cuando se cumplen 50 años de aquella proeza. No hay dudas de que fue (y seguirá siendo) el festival musical más importante de la historia. No por la cantidad de gente, que fue superada, ni —claro está— por las condiciones técnicas del espectáculo, sino por todo lo que sucedió, tanto arriba como abajo del pequeño y precario tablado que ofició de escenario.

La razón fundamental es que Woodstock fue una expresión de contracultura, un gesto auténticamente rockero, logrado a los ponchazos, sin grandes espónsores, gracias al demencial esfuerzo organizativo de un grupo de jóvenes liderados por Michael Lang, Artie Kornfeld y Joel Rosenman, tres productores principiantes, apenas veinteañeros. Tan resistido fue todo que pocas semanas antes tuvieron que trasladar el escenario a la granja de Yasgur por la negativa de los pobladores de Woodstock. Y salió como salió, en condiciones logísticas y de seguridad que hoy serían inadmisibles y que harían el proyecto totalmente inviable. Incluso se calcula que más de 200.000 personas quedaron varadas en el camino, sin llegar.

Lo que hizo trascender a Woodstock fue ese espíritu de unidad que inundó el aire durante un fin de semana de convivencia pacífica. La libertad que reinó para el consumo de sustancias colaboró, por supuesto, junto a la ausencia de incidentes violentos, para que esta reunión cumbre de la legión hippie americana se transformara en un hito irrepetible. Intentaron emularlo en los megafestivales Woodstock 94 y 99, pero en circunstancias totalmente diferentes, transformando inexorablemente al término “Woodstock” en una marca comercial, en un logo para lucir en las remeras, un gigantesco evento transmitido por TV a todo el planeta para ser consumido por las masas —más allá de las buenas intenciones de los organizadores— y muy lejos de aquel enorme y auténtico big bang cultural.

Los Beatles estaban a punto de publicar Abbey Road y anunciar su retiro, veníamos de la primavera hippie de 1967, del famoso Verano del Amor, del turbulento 1968 con sus revueltas estudiantiles y sus batallas culturales, apenas 25 días antes el hombre había pisado la Luna y cuando estos cientos de miles de hippies marchaban en son de paz hacia el campo, otros hippies no tan pacíficos andaban de cacería en los chalets de Hollywood con el cerebro arruinado por un megalómano llamado Charles Manson, al que la tripa que se tomó con el Álbum blanco le había pegado mal.

El tan promocionado Woodstock 50 años, anunciado con bombos y platillos para estos días, quedó —afortunadamente— reducido a un puñado de eventos recordatorios meramente anecdóticos, como una pequeña muestra de fotos abierta en estos días en la Morrison Hotel Gallery de Nueva York, titulada Tres Días que Duraron 50 Años. Mejor recordar el bueno que repetir malas copias. Esas imágenes, así como el histórico documental Woodstock, tres días de paz y amor, de Michael Wadleigh, estrenado en Uruguay en el cine 18 de Julio en octubre de 1970, congelan abundantes momentos inoxidables.

Fueron 32 conciertos, en esencia de rock y folk, con variaciones hacia el blues-rock, el rock psicodélico y el country. Grandes estrellas desfilaron por el estrado. Algunos pocos siguen en pie, pero también hubo ausentes notables como Los Beatles, los Rolling Stones, Bob Dylan (habría que esperar 25 años para verlo en ese anfiteatro natural, pues fue la gran estrella de Woodstock 94), Doors, Beach Boys, Byrds, Eric Clapton, King Crimson, Led Zeppelin y Joni Mitchell. Así como los ingleses Pink Floyd, Black Sabbath y Deep Purple, aún en las gateras de la masividad. Algunos estuvieron muy cerca, como el cuarteto de Jim Morrison, y otros muy lejos, como los cuatro de Lennon y McCartney, ya distanciados en gran medida por la aparición de Yoko Ono.

Woodstock dejó momentos cumbre, orgásmicos para las legiones de melómanos de todo el planeta que durante los 70 y buena parte de los 80 seguía yendo al cine a ver la película una y otra vez.

Richie Havens, el hombre que abrió la primera jornada, el viernes 15 apenas pasadas las cinco de la tarde, aporreando su guitarra acústica al grito de Freedom!

Lo más beatle del fin de semana: el endemoniado sitar de Ravi Shankar, el maestro indio introducido en Occidente por el violinista Yehudi Menuhin y, sobre todo, por George Harrison.

Carlos Santana, ya con su timbre de viola y su fraseo identitario, despeina a la granja con Soul Sacrifice, que hace lucir a un jovencísimo baterista de apenas 20 años llamado Michael Shrieve.

“Aquí está la psicodelia”, podría haberse llamado la suite de media hora altamente lisérgica de Grateful Dead, con mantras de guitarra como Dark Star y High Time.

Mientras Nixon hacía caer bombas de fuego como nunca en Vietnam, Joan Baez, embarazada de seis meses, ionizaba el aire con su vibrato agudísimo en ese impresionante himno del movimiento por los derechos civiles llamado We Shall Overcome. Del mismo modo, el alarido aguardentoso de Janis Joplin cuando canta try, con su recitado final, eriza hasta el día de hoy.

Para The Who, Woodstock fue el salto a la consagración: tocaron 23 temas en una hora y media, incluido un set de media hora de Tommy, su entonces flamante obra cumbre. Basta escuchar los dos minutos de My Generation para percibir que allí ya germinaba el germen del punk-rock.

La lista de grandes momentos es inabarcable. Ahí está Grace Slick al frente de Jefferson Airplane cantando Somebody to Love, Joe Cocker totalmente poseído por un espíritu sureño contorsionando su alma y su garganta en With a Little Help From My Friends, logrando una proeza casi inédita: una versión de los Beatles que supera a la original.

La trompa de Alvin Lee, cantante e infernal violero de Ten Years After, totalmente colocado, destrozando el velocímetro de su Gibson colorada en I’m Going Home —la mejor muestra de blues-rock del universo conocido— y el country-blues-rock en estado salvaje de Johnny Winter, con sus falanges tan encendidas como su cabello dorado, cabalgando la granja con su alucinante y luminosa Mean Town Blues.

Y para el final, por supuesto, el desayuno del lunes: Jimi Hendrix, el hombre que inventó y clausuró la más asombrosa manera de tocar la guitarra eléctrica, y su colosal concierto que cerró en modo leyenda: Voodoo Child, The Star-Spangled Banner, Purple Haze y Hey Joe. Después de la tormenta de la noche anterior y tamaña descarga eléctrica, cerrá y vamos… a tirarnos en el tobogán de barro.

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