Hasta ganando perdió

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Nº2046 - al de Noviembre de 2019
por Andrés Danza 

Todavía faltan diez días para que los uruguayos decidan quién será su futuro presidente. Diez días que serán intensos, en los que seguramente habrá episodios importantes, como el último debate seguido por cerca de un millón de personas. Los dos contrincantes tienen posibilidades, la disputa de fondo todavía no está definida, pero la realidad muestra que Daniel Martínez ya perdió. Hasta puede llegar a ser el candidato más votado el domingo 24 y cruzarse la banda presidencial el próximo 1º de marzo. Difícil que ocurra, pero si pasa, será luego de una derrota inocultable.

Perdió porque el Frente Amplio registró su peor votación en 25 años. En porcentaje, la coalición de izquierda obtuvo menos votos que los logrados en 1999 y eso es sin duda un duro golpe. Más teniendo en cuenta cuáles eran las expectativas de los dirigentes más allegados a Martínez. La ola no llegó a la orilla, se perdió en un mar de inconformismo y señales contradictorias.

Perdió porque decidió asumir solo el liderazgo en la última etapa de la carrera electoral. Cuando fue electo como candidato presidencial del Frente Amplio, optó por dejar de lado los consejos de los tres principales líderes de su fuerza política —Tabaré Vázquez, José Mujica y Danilo Astori— y darles la espalda al elegir a su compañera de fórmula, Graciela Villar. “A partir de ahora, el que manda soy yo”, fue el mensaje recibido por la cúpula frenteamplista. “A todo o nada”, fue la estrategia inicial.

Pero no pudo mantenerla. La mala votación lo llevó a cambiar sobre la marcha y a convocar a Mujica y Astori como ministros para intentar captar la gran cantidad de votos que le hacen falta para la segunda vuelta. Ya no serán solo “consejeros” si gana, como anunciaba en las épocas en las que estaba procurando imponer su liderazgo; ahora los muestra como posibles salvadores y eso también implica una derrota a sus intereses y a los objetivos trazados.

Perdió porque la mala votación obtenida en las elecciones nacionales está recayendo principalmente sobre su espalda. Es injusto que así sea, pero la realidad muestra que muchos dirigentes frenteamplistas ya lo eligieron como el chivo expiatorio del revés electoral. A nadie le gusta asumir las culpas y Martínez resolvió hacerse cargo en solitario de las principales decisiones. Ahora llegan las consecuencias. Es probable que la inseguridad, el estancamiento económico, los casos de corrupción o todos los problemas arrastrados de los tres períodos de gobierno del Frente Amplio tengan mucha más responsabilidad en la baja de votos que Martínez, pero en la foto de la derrota siempre queda registrado el último que agitó la bandera.

Perdió porque casi todos los dirigentes políticos que lo apoyaron desde un primer momento como candidato no lograron obtener una buena votación en las elecciones del 26 de octubre. El Partido Socialista, la colectividad de Martínez, quedó por debajo del Partido Comunista electoralmente por primera vez desde 1989. La senadora Constanza Moreira, una de las principales impulsoras de la candidatura del exintendente de Montevideo, tampoco obtuvo el respaldo popular esperado y no logró retener su banca.

Perdió porque son los grupos menos afines a él los que van a dominar en el Frente Amplio y en el Parlamento y eso le quitará el protagonismo que asumió por unos pocos meses al ser candidato presidencial del oficialismo. Tampoco lo tendrá su compañera de fórmula, cuya lista no logró una gran votación en Montevideo.

Perdió porque hizo el intento de centrar la campaña para la segunda vuelta en una contraposición entre dos personas, con él de un lado y Lacalle Pou del otro, pero su fuerza política está haciendo todo lo contrario. Apenas aparece en los spots publicitarios y la mayoría de los dirigentes hablan de los dos modelos de país en juego sin siquiera nombrarlo.

Perdió porque si el domingo 24 tiene un revés electoral, se queda sin nada. No será senador, ni diputado, ni ocupará ningún cargo relevante dentro de la estructura partidaria como para poder reconstruir su liderazgo hacia el futuro. Cargará además con la primera derrota del Frente Amplio en 20 años. Quizá quiera competir una vez más por la Intendencia de Montevideo como forma de renacer, pero ya no será lo mismo.

Perdió porque si ese domingo gana las elecciones, tendrá que gobernar con una mayoría de su partido que no lo siente como referente y contará con solo el 39% de los legisladores en el Parlamento. Los analistas se referirán además al cambio en la campaña de Martínez y a la influencia del Movimiento de Participación Popular, de Mujica y del intendente de Canelones, Yamandú Orsi. Quedarán ellos como los salvadores de un barco que parecía a la deriva y asumirán el correspondiente protagonismo en el futuro gobierno.

Por todo eso perdió Martínez. La derrota ya es un hecho. Pero no necesariamente es una mala noticia para los intereses del exjefe comunal. Perder no es sinónimo de final del camino. Puede servir para iniciar otro que lleve a mejor destino.

En los hechos, Lacalle Pou también perdió. Hace cinco años fue él quien recibió una dura derrota, que no se esperaba. Al igual que Martínez, cometió varios errores durante la campaña electoral y en ese momento no los vio como tales y hasta pensó que el triunfo era casi un hecho. Pasado el trago amargo, resolvió recomponer su liderazgo y se trazó una estrategia a cinco años, que cumplió casi sin desvíos. Hoy es el favorito, entre otras cosas, porque ya le tocó perder en el pasado y aprendió de la experiencia.

Martínez está a tiempo de ganar a partir de lo perdido. En especial si logra revertir la tendencia y transformarse en presidente a pesar de todo. Pero para eso tiene que asumir que el primer partido, que puede ser definitivo, ya está perdido. Y que son varios los jugadores que tendría que cambiar en caso de que haya un segundo.

✔️ El ejemplo de Santa Clara

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