Foto: Daniel Rodríguez

Entrevista con Raquel Garzón, editora general adjunta de Ñ, la revista cultural del diario argentino Clarín

“Hay quienes se olvidan de que no escribimos para las fuentes sino para los lectores”

11min
Nº1985 - al de Septiembre de 2018
Entrevista: Elena Risso.

La cultura cambió. Ya no se trata solo de espectáculos, actividades o productos destinados a un grupo selecto de personas, sino que los ámbitos culturales se diversificaron y ahora abarcan series, gastronomía, arte callejero y estilos de vida, entre otras manifestaciones populares. Por eso, la forma en que el periodismo cultural se enfrenta a esos fenómenos también se fue modificando con los años y hoy hasta la política puede ser vista como un fenómeno cultural.

Esa es la visión de Raquel Garzón, la periodista argentina que es editora general adjunta de Ñ, la revista cultural del diario Clarín, una publicación considerada de referencia tanto en su país como en el exterior. Cuando surgió, hace casi 15 años, Ñ era una revista en papel, que hoy se fue adaptando a los nuevos desafíos digitales, con cambios en sus contenidos y formatos.

Garzón nació en Córdoba en 1970. Es poeta y periodista, tiene un máster en Periodismo por la Universidad de Madrid y es abogada por la Universidad de Buenos Aires. En 2003 fundó el Centro de Estudios Avanzados de Periodismo Narrativo, que después dio origen a De Las Palabras, un espacio para perfeccionar el trabajo periodístico, del que hoy es vicedirectora. Además de ser editora general adjunta de Ñ, Garzón es columnista del diario El País de España y publicó artículos en distintos medios internacionales. También es autora de varios libros de poesía.

Por estos días, Garzón se encuentra en Uruguay, porque hasta el sábado 8 dictará el taller La mirada omnívora, en la Universidad de Montevideo. Sobre ese y otros temas conversó con galería.

Garzón durante una entrevista que le realizó a Eduardo Galeano en Montevideo
Garzón durante una entrevista que le realizó a Eduardo Galeano en Montevideo

Argentina es un mercado muy amplio, con incontables opciones en temas culturales. ¿Cómo se elige qué disco, libro, película u obra de teatro tomar en cuenta?

La oferta es tan diversa y rica que siempre estamos en deuda y medio en broma decimos que, como no hay sitio ni energía para cubrirlo todo, en ese recorte imprescindible la primera ambición es no equivocarnos demasiado. Hay acontecimientos que marcan la agenda —ferias, festivales y visitas internacionales—, que por su envergadura son insoslayables, como la Feria Internacional del Libro o el Bafici. Lo mismo sucede con las noticias que protagonizan creadores y artistas que por su trayectoria generan siempre expectativas, y cada cosa nueva que brindan merece atención. Cubierto esto, el desafío mayor es lograr estar abiertos a lo nuevo y, en ese sentido, confiamos mucho en la mirada entrenada de los especialistas en distintas áreas, que nos alertan acerca de tendencias, temas y personajes. Finalmente, el gusto personal de cada uno de los que hacemos la revista es un aporte imprescindible que garantiza variedad.

Hoy, el mundo de la cultura va más allá de esos rubros que podrían considerarse tradicionales, como el teatro, la literatura o el cine. ¿Cómo se adaptó la revista a esos cambios?

Naturalmente y a medida que las cosas sucedían. Ñ cumplirá 15 años en octubre. Cuando nació, no existían los teléfonos inteligentes, por ejemplo. Hoy, en paralelo a la edición en papel se edita una versión digital teniendo en cuenta que mucha gente accede a la revista desde esa pantalla y eso obliga a estrategias de desarrollo distintas de los temas, que a veces son reeditados para ese formato con más fotos, enlaces que envíen a artículos relacionados, videos. La noción que usamos al editar para la web, la tomamos prestada de las artes visuales y es la de actuar como “curadores” de los materiales. Esto en cuanto a lo operativo. Pero además, en relación con los temas de análisis que la revista aborda, fuimos reflexionando en tiempo real sobre el impacto de la tecnología en nuestras vidas y seguimos haciéndolo.

Usted dictará un taller en la Universidad de Montevideo en el que plantea Leer una época a través de la cultura. ¿Qué significa eso?

Está en la línea de lo que proponía la filósofa estadounidense Martha Nussbaum en Justicia poética. Allí se habla de la elocuencia que tiene la literatura, en ocasiones superior a la de un ensayo histórico, para reflejar una época determinada. ¿Le interesa saber cómo se vivieron los efectos de la Revolución Industrial? Allí están las novelas de Charles Dickens para contarlo. O en la Argentina, los libros de Roberto Arlt para testimoniar la década infame. Por otra parte, hay en ese disparador que se usa como idea fuerza del taller un deseo de mostrar la potencialidad del periodismo cultural para llegar a públicos más amplios de los que se le asignaron tradicionalmente. Bob Dylan ganando el Nobel en 2016 o el rap como género recibiendo un Premio Pulitzer en 2018 hablan de la literatura y de la música pero sobre todo del siglo XXI como una era en la que las artes dialogan entre sí de otro modo, más fluidamente.

¿Qué quiere decir cuando sostiene que el periodismo cultural contemporáneo debe ser “voraz y omnívoro”?

Resume mi impresión de que nuestro horizonte es cada vez más amplio, complejo y apasionante. Hoy, los consumos culturales se han diversificado: al hablar de cultura ya no hablamos —ni en las redacciones ni en la calle— solo de libros, cine, teatro, artes visuales, sino también de psicoanálisis, series, videojuegos, cultura foodie. Los smartphones son casi enciclopedias vivenciales en las que guardamos música, películas, contactos; nos permiten hacer una transmisión en vivo en la web por placer o por trabajo. Cambiaron no solo nuestro modo de comunicarnos sino también nuestra vivencia del espacio, nuestro modo de estar y no estar, nuestra forma de interactuar en distintas plataformas. En otro plano, yendo a las relaciones internacionales: ¿Trump presidente de los Estados Unidos es solo un tema político o es un fenómeno sociocultural que debe leerse en el contexto de lo que ya en los años 90 el escritor Claudio Magris denominó “política pop”, al analizar el fenómeno Berlusconi y la relación de la dirigencia con los medios de comunicación en Italia?

¿Cómo se hace un periodista cultural?

El periodismo busca contar el mundo: lo que sucede y puede impactar en la vida de otros por su relevancia. Como disciplina exige curiosidad, información, datos, lecturas, fuentes alternativas e independientes, verificación, repreguntas. Todo esto es válido para un periodista cultural, pero hay un plus de placer que lo hace una de las especializaciones más atractivas. El rigor y la búsqueda de actualidad deben estar presentes. Pero tenemos la fortuna, además (o así lo vivo yo), de conocer siempre gente interesante, de poder compartir a través de la crítica nuestra mirada personal sobre objetos y cuestiones que tienen que ver con la creatividad y el talento en distintas disciplinas. Por todo esto creo que la formación es permanente, más allá de tu estudio inicial. En la redacción de Ñ hay gente que viene de Comunicación, de Letras, de Derecho, de Ciencias Sociales.

En ocasión de la última Feria del Libro de Buenos Aires, conversó con Richard Ford en el Museo del Libro y de la Lengua de la ciudad.
En ocasión de la última Feria del Libro de Buenos Aires, conversó con Richard Ford en el Museo del Libro y de la Lengua de la ciudad.

En épocas en que parecería que cada vez se lee menos, y que todo es inmediato, ¿de qué manera adquiere formación cultural un periodista?

Si a uno no le gusta leer, quizá la cultura no sea su especialización ideal y a lo mejor el periodismo tampoco es el oficio que va a hacerlo más feliz (¿de eso se trata en definitiva, no?). Pero creo también que hoy, incluso quienes leemos, leemos de modo distinto a como lo hacíamos hace 30 años. El acceso a la web a partir de 1991 y el desarrollo de Windows nos formatearon en un mundo de “varias ventanas abiertas a la vez” y eso incidió en todo. En las artes visuales, en la literatura, en el teatro, el cine y sobre todo en nuestra vida cotidiana.

Muchos asocian el periodismo cultural a un tipo de productos que consumen sectores cultos, que manejan determinado tipo de información. ¿Cómo se acerca la información cultural a un público más amplio?

Esa mirada ya no se compadece con la realidad del siglo XXI. La mayoría de nuestro tiempo libre está surcado por consumos culturales. Al leer una historieta, al viajar en colectivo mientras escuchamos una playlist de Spotify; al subir a una red social la ráfaga de selfies que sacamos compartiendo un recital con amigos; al tuitear para comentar un programa televisivo que estamos viendo; al jugar en el celular, estamos consumiendo cultura, desarrollos tecnológicos que expresan nuestra visión del mundo, nuestra relación con la imagen. El streaming fue otro giro en nuestra vivencia del tiempo y del ocio y nuestras posibilidades de acceso a distintas clases de contenidos. Los ejemplos son muchos, diversos y se retroalimentan cada día. Ya hace más de una década que Pavarotti cantó ópera en el Obelisco y que Julio Bocca llevó el ballet a la calle, ambos ante multitudes. Respiramos cultura, cambiamos la cultura, la usamos y disfrutamos cada día: el debate por el lenguaje inclusivo es un ejemplo reciente. Hay, sin embargo, una cuestión evidente de acceso que se relaciona con los costos: los libros están caros, ir al cine es una inversión... Por eso son tan valiosos los programas que permitan democratizar el acceso a diversas manifestaciones culturales mediante bibliotecas digitales, programas públicos que promuevan ciclos de cine, festivales de teatro o talleres de creatividad gratuitos.

Muchas veces ocurre que las entrevistas a figuras de la cultura son predecibles. Por ejemplo, alguien presenta un nuevo disco/película y se lo ve en distintos medios hablando de eso. ¿Cómo se puede sorprender al público?

Las giras de presentación de libros, películas, discos, series, generan cierto efecto déjà vu, es cierto. Pero creo que, cubierta la información básica sobre lo que el artista viene a presentar —que no deja de ser un servicio para el lector—, siempre hay margen para preguntas que obliguen al entrevistado a salirse del libreto. Lograr interesar a quien viene, quizá un poco cansado de contar su historia, no es un mal comienzo para tratar de interesar a quien lee. Para eso es importante conocer a quien tenemos adelante, hacer un concienzudo trabajo de archivo, además de escuchar y prestarse a lo que pueda surgir en el diálogo. Recuerdo, por ejemplo, la entrevista pública que compartimos en abril con el escritor estadounidense Paul Auster en la Biblioteca Nacional de Argentina. Auster había venido a presentar su monumental 4,3,2,1. Yo había leído que muchas tardes, después de largas jornadas de escritura, él y su mujer, Siri Hustvedt, se sientan horas a ver películas viejas, preferentemente de la década del 30. “¿Por qué esa década en particular?”, le pregunté. Los invito a buscar en YouTube la respuesta. Es un combo de apasionamiento, erudición y anécdotas deliciosas sobre la historia del cine. Él disfrutó responder esa pregunta tanto como todos los que lo escuchábamos.

Hay ocasiones en que el periodismo cultural tiende a ser de cierta manera condescendiente con la fuente de la información, porque se trata por ejemplo de discos de músicos queridos por el público, con los que tal vez ese periodista tiene relación de años. ¿Cómo evitar caer en ese amiguismo?

Eso se da, lamentablemente, en algunos casos, pero no solo en el periodismo cultural. Es muy habitual en el periodismo deportivo. Los programas políticos también adolecen de esto, en ocasiones: en algunos casi no hay repreguntas, por ejemplo. Pero creo que el lector, el oyente y el espectador perciben la condescendencia. Y la cobran. Me parece que uno debe tratar de preservar su libertad de criterio. Un gran crítico de cine español, Ángel Fernández Santos, junto a quien llegué a trabajar en la redacción de El País de Madrid, era muy respetado por no frecuentar a directores ni el ambiente de los sets, las premières o el mundillo del cine. No quería tratarlos a nivel personal. Se esmeraba en mantenerse al margen para tener la libertad de decir de la película lo que considerara oportuno, sin ataduras de ningún tipo. Siempre me ha parecido un buen camino. Hay quienes se olvidan de que no escribimos para las fuentes sino para los lectores.

En diciembre de 2011 entrevistó para Clarín a la escritora Margaret Atwood en el Hotel Alvear de Buenos Aires.
En diciembre de 2011 entrevistó para Clarín a la escritora Margaret Atwood en el Hotel Alvear de Buenos Aires.

A veces ocurre, por ejemplo, que se dice “hay que darle para adelante al cine nacional” o cosas por el estilo. ¿Está de acuerdo?

A mí me gusta mucho el buen cine argentino. Y creo que merece ser apoyado porque cuenta cosas con arte y calidad. No sé si me sentiría tan segura de apoyarlo solo por su origen si creyera que no tenemos nada original para decir.

En Argentina, el periodismo —especialmente las mujeres— tuvo un rol muy activo durante la discusión por la ley del aborto. ¿Qué reflexión le merece?

El periodismo reflejó cabalmente la importancia capital del debate por la legalización del aborto en la Argentina, sin duda, uno de los más movilizadores de las últimas décadas. La discusión social que suscitó el tema supuso una bisagra, de tal modo que a futuro no habrá político que quiera ser electo que pueda eludir manifestar si está a favor o en contra de la legalización. El oficio estuvo a la altura del desafío al informar sin dejar que el tema perdiera protagonismo en los medios (que es lo que sucede en la mayoría de los casos a medida que pasan los días), propiciando el amplio intercambio, para que cada quien pudiera formar su postura y convicción personal al respecto. Pero más allá de esto, creo que los compromisos con esta y con cualquier causa son asumidos por mujeres y varones en tanto ciudadanos, más allá de su profesión. Hubo periodistas que se expresaron a favor o en contra del proyecto de ley así como hubo médicos, actores, modelos...

¿Hasta qué punto es bueno que el periodista se embandere en causas?

Yo no creo en el periodismo militante de ningún signo. Sí, siempre, en el talento, en el trabajo y en el ejercicio honesto y lo más ecuánime posible de la profesión. Esto no quiere decir que el periodista no pueda tener una convicción u opinión sobre un determinado tema. Pero debe quedar claro para quien lo lee o escucha qué es información y qué opinión, y cuándo un profesional está dando datos contrastables o manifestando ideas personales. Esas son las reglas básicas del fair play de la comunicación. Borronear los límites entre ambos campos me parece peligroso. 

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