Huele a espíritu antihumanista

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Nº2015 - al de Abril de 2019
por Fernando Santullo

Allá por el 83, cuando era chico y vivía en México, apareció un grupo que revolucionó el ambiente rockero local. Se llamaba Botellita de Jerez y lo suyo era, en tiempos de rock progresivo, el “rock regresivo” o “guacarock”. Humor a patadas, rocanrol e ingenio era la fórmula. Con el paso del tiempo yo mismo me acerqué a la música y el año pasado terminé colaborando con su percusionista, en uno de sus proyectos paralelos.

La noche del domingo leí en Twitter a su bajista, Armando Vega-Gil, escribir que se iba a suicidar tras haber sido acusado de haber abusado de una menor, quince años atrás. Vega-Gil, que además era escritor de libros infantiles y juveniles, fue encontrado muerto la mañana del lunes. La cuenta de Twitter que publicó la denuncia anónima, MeTooMusicosMexicanos, fue cerrada no sin antes contestar violentamente al tuit donde Vega-Gil rechazaba la acusación y anunciaba su suicidio, llamándolo cobarde, mentiroso, chantajista y pederasta. Luego fue abierta otra vez.

Como la historia me toca de cerca y me generó una fea sensación de vacío en el estómago, pensé en ponerme a escribir sobre cómo lo que es una reivindicación necesaria, puede terminar convirtiéndose en un esperpento, una especie de experimento social en donde la gente confía más en una cuenta anónima creada en una plataforma que no es sino un negocio para sus dueños, que en un juez o en las garantías procesales. Pero entonces me dio miedo escribir sobre eso.

Me dio miedo porque más allá de lo ocurrido con Armando Vega-Gil, la posibilidad de recibir una cascada de insultos es casi una certeza en este tema. Aquí solo se exige adherencia ciega, no debate o intercambio. Me dio miedo porque ese clima agresivamente identitario ha desbordado por completo los cauces más o menos tradicionales que existían en estos temas: cuando se extiende la convicción de que solo aquellos que son idénticos a nosotros pueden opinar sobre los asuntos públicos, no es raro que cualquier comentario “exterior” sea percibido como una agresión.

Miedo a ser acusado de cualquier cosa demencial en las redes y que eso alcance para terminar con todo lo que uno ha construido, afectos, relaciones, sin que exista prueba o rostro alguno detrás de la denuncia. Una especie de siniestro deporte jugado por gente que, pareciera, en nombre de una causa (justísima) ha perdido todo rastro de humanismo y le importa dos pitos reventarle la vida a alguien porque no le gusta lo que piensa o porque no le gusta la cara. Así de básico, así de brutal.

Así que como me dio miedo escribir sobre eso pero me jode personalmente el suicidio de Armando Vega-Gil, voy a escribir sobre conexiones antihumanistas. Conexiones que esta columna no puede, por su tamaño e intenciones, explicar por completo pero que están allí para cualquiera que las quiera ver. Conexiones entre una forma de entender lo colectivo y la desaparición del espacio común, hasta el punto en que cualquiera que no sea percibido como parte del endogrupo es considerado un agresor. Alguien a quien se puede deshumanizar por completo hasta el punto de que su muerte no genere culpa ni remordimientos.

Lo he dicho varias veces pero me da la impresión de que nunca se dice lo suficiente: concebir el espacio común como la simple suma de identidades que compiten entre sí por recibir mayor atención de parte del Estado, es una forma de parcelar el debate de ideas que resulta reduccionista en extremo. Es reduccionista porque uno no es en exclusiva aquel aspecto de su identidad con que apuntala su punto de vista en el debate. Uno es un cruce de muchísimas cosas, pero, en esta lógica, solo presenta en la arena pública un aspecto de ese cruce de cosas: el aspecto de nuestra identidad que mejor cotiza en el mercado público.

La desgraciada situación que dispara esta columna parece querer decir que hemos dado un pasito más hacia la nada. No se trata solo de que distintas identidades combatan entre sí, ya sin el marco común que hasta hace no tanto nos daba la ciudadanía compartida. Ahora estaríamos entrando en la fase en donde una de las identidades desplaza a quienes no coinciden con su visión de cualquier posibilidad de intercambio político y público. Ya no solo no se discute con quien no se está de acuerdo. Ahora simplemente no se lo considera apto para el intercambio y se confía solo en aquellos que se nos parecen. Y al que no se parece, al “extranjero”, al que disiente, se lo agrede, se lo descalifica, se lo incendia, se lo destruye preventivamente.

Es verdad, yo nunca voy a poder sentir lo que siente un afroamericano de Tennessee cuando lo detiene un patrullero de noche en una carretera oscura y lluviosa. Pero de ahí no se puede concluir que no estoy dispuesto a llevar a juicio a cualquier policía que incurra en un delito contra ese o cualquier afroamericano. La experiencia es clave para comprender la magnitud y profundidad de un problema pero no es de ninguna manera excluyente a la hora de discutir cómo solucionarlo.

Para peor, esa forma de parcelar los problemas termina parcelando también las posibles soluciones. O, lo que es más grave, las enquista como receta única dentro del endogrupo: solo nosotros sabemos cómo se puede solucionar esto. No importa si la evidencia dice lo contrario, cuando eso pasa, nos olvidamos de la evidencia. Entonces, aunque los reclamos allá en el fondo siempre incluyan alguna frase bonita sobre hacer esto o lo otro para mejorar a la humanidad toda, muchas veces pueden resumirse en un simple ¿dónde está la parte que me toca?

Esta lógica de la identidad fue aplicada durante décadas por gobiernos conservadores, con un sentido igual de excluyente pero en otra dirección: los trabajadores eran incultos y por tanto no debían votar, las mujeres eran emocionales y por tanto no debían participar en la vida política común, los inmigrantes no conocían nuestras costumbres, así que mejor les cerramos nuestras fronteras. Ahora es aplicada por gobiernos progresistas aunque con un signo invertido: merecemos cosas por ser parte de tal o cual grupo con el que existe una deuda histórica, un agravio extendido en el tiempo. La ciudadanía, el espacio común y construido, te lo debo. Lo dejamos para la fase superior del invento de los próximos años, que aún no sabemos cuál será.

Conexiones que vinculan la lógica subyacente en este triste incidente con el Brexit, el independentismo catalán, Bolsonaro, Trump y media docena de otras cosas que están pasando ahora que en apariencia nada tienen que ver. ¿Su elemento en común? El desprecio absoluto por el otro, por los hechos, por las garantías, por los procedimientos democráticos y la idea de que la presunción de inocencia es solo para el grupo propio. ¿Su segundo elemento en común? La identidad como faro y guía del accionar en el espacio público, siempre desde la superioridad moral. La pureza de los británicos frente a los inmigrantes, la de los catalanes de pura cepa frente a los españolazos, la de los del make America great again y la de todos los que creen que si un hombre se suicida (y los suicidas casi siempre son hombres) es porque algo habrá hecho. Algo huele cada vez más a espíritu antihumanista y empieza a apestar.

✔️ En tierra de gauchos

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