Internas que no son internas

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Nº2025 - al de Junio de 2019
por Andrés Danza

Cambio es la palabra que mejor define a los tiempos modernos. Cada año actual equivale a un siglo de historia de la humanidad con respecto a los avances tecnológicos o al entendimiento del cerebro humano. Cada mes reciente es como una década de la última mitad del siglo pasado en referencia a las comunicaciones y a la conectividad con el mundo. Cambian las fronteras a diario y muchas ya ni siquiera existen. Cambian las distancias, cambian las formas y cambian los instrumentos. También cambian las tradiciones y las relaciones y los contenidos. Aquello de cambia, todo cambia está hoy más vigente que nunca.

Uruguay no es la excepción. No tiene sentido decir lo contrario. Se habrá aprovechado más o menos la última década, eso depende de quién sea el encargado de interpretar la realidad. Pero los uruguayos no son los mismos de hace diez años. Más que nada los jóvenes, aunque tampoco lo son los de mediana edad ni los más añosos. Los vientos de cambio se han vuelto muy intensos y lograron sacudir la penillanura levemente ondulada, derribando varias paredes y achicando otras.

Ya no cuesta tanto cambiar de partido político, por ejemplo, porque los límites entre ellos se debilitaron. También cayeron de las alturas muchas figuras políticas y crece la desconfianza hacia todo el sistema, lo que favorece aún más el voto desarraigado de las tradiciones.

Hace casi tres años que el politólogo Ignacio Zuasnabar advirtió en una entrevista con Búsqueda sobre la distancia existente entre un porcentaje elevado de votantes y los dirigentes políticos más destacados. Hoy ya no quedan líderes con saldo de popularidad positivo, aunque algunos sigan siendo más queridos que otros. Ahora la trayectoria pública genera fastidio en muchos y da la sensación de que lo más atractivo es lo nuevo, porque allí está el cambio.

Para sacar esta conclusión, basta con revisar las encuestas que se realizaron desde principios de este año sobre la intención de voto para las elecciones internas de los distintos partidos. En esos sondeos se observan fluctuaciones de distinto tipo, pero casi todos coinciden en que los que más crecieron en poco tiempo son el precandidato del Partido Nacional Juan Sartori y el del Partido Colorado Ernesto Talvi.

Sartori y Talvi son muy distintos entre sí, pero comparten un punto en común: ambos son recién llegados a la política, sin pisadas antiguas en la arena electoral. Acaban de subir al escenario y no hay casi ningún lastre que los ate al pasado. Eso les da una ventaja importante. Su universo es mucho más amplio que el del partido en el que se encuentran, la pecera en la que pescan no es solo la de sus colectividades políticas.

Talvi lo entendió perfectamente y quizá por eso centró sus críticas en Sartori. Desde el primer momento lo puso en la mira y ha ido aumentado su enfrentamiento al precandidato blanco hasta anunciar públicamente los últimos días que no lo apoyará en la segunda vuelta electoral si es que logra llegar a esa instancia. Los dos somos lo nuevo, pero yo soy el día y él la noche, parece sugerir.

Sartori prefiere evitarlo o ignorarlo. Es más: se negó a tener un debate con él y se ha concentrado en la interna de su colectividad política y en hacer propuestas, algunas de ellas demagógicas. Teniendo en cuenta ambos métodos, parece que uno busca movilizar al voto más interesado en lo político y el otro al más descreído y desmotivado, pero los dos quieren alcanzar nuevas fidelidades, mucho más allá de los partidos que representan.

Talvi recibirá en las próximas internas unas cuantas adhesiones de simpatizantes del Partido Nacional que en las últimas elecciones votaron a Luis Lacalle Pou y también de algunos exvotantes de los grupos más moderados del Frente Amplio o del Partido Independiente, según algunas encuestas que no se hicieron públicas. Es más: seis de cada diez personas que aseguran que acompañarán a Talvi no votaron al Partido Colorado en las últimas elecciones. Su condición de outsider, académico sólido y defensor de las ideas liberales desde un lugar renovador, lo puso en inmejorables condiciones para captar, entre otros, a profesionales, en especial a jóvenes de mediana edad que se definen de centro y no se sentían representados.

Del otro lado, Sartori está sumando a un sector muy diferente de la población. A Sartori manifiestan disposición a votarlo, según las encuestas que manejan los partidos políticos, principalmente integrantes de la clase media baja o baja, sin demasiados estudios, desencantados con la política y de distintas edades, aunque también mayoritariamente jóvenes. Muchos de ellos podrían ser votantes del Frente Amplio.

Es probable que también lo voten frenteamplistas que desean incidir en la interna de otro partido político. Es un secreto a voces que así será. Algunos de los principales dirigentes del Frente Amplio lo saben y no harán nada para evitarlo.

Ya ocurrió en el pasado. En algunos circuitos del Cerro o la Unión en Montevideo y de Canelones, el Partido Nacional sacó más votos en las elecciones internas de 2009 y 2014 que en las nacionales. En ambos casos, la especulación que hacen los allegados al precandidato blanco Jorge Larrañaga es que frentistas votaron a Luis Alberto Lacalle primero y a Luis Lacalle Pou después porque evaluaron que era más fácil ganarles en una segunda vuelta electoral. Si es así, el tiempo les dio la razón.

No está nada claro que hoy la situación sea la misma. Favorecer a Sartori los puede llevar a ser padres de su propia derrota. Otra vez: las encuestas están mostrando que los que crecen son los outsiders como Sartori, Talvi y el militar retirado Guido Manini Ríos. La única diferencia es que el tercero no tiene posibilidades reales de ser presidente y los otros dos sí pueden llegar a serlo, ahora o en un futuro cercano. ¿Cuál de ellos? Para eso primero tenemos que saber en qué país estamos viviendo realmente.

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