Hermenegildo Sábat, por Fabricio Pascuali (acuarela sobre papel, 2018)

Hermenegildo Sábat

La genialidad sin palabras

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Nº1989 - al de Octubre de 2018
Silvana Tanzi

Su abuelo había nacido el 13 de abril, el día de San Hermenegildo, y claro, lo llamaron como al santo. En homenaje a ese abuelo —que había llegado a Uruguay de pequeño como inmigrante español y fue caricaturista, dibujante y pintor— decidieron ponerle su nombre al nieto, que nació en Montevideo el 23 de junio de 1933. El destino quiso que también este segundo Hermenegildo Sábat heredara el oficio del abuelo y su mismo amor por el arte. Todos lo conocían como Menchi, apodo cariñoso que además acortaba semejante nombre. El martes 2 de madrugada, a los 85 años, Menchi Sábat murió en su casa de Buenos Aires. El día anterior había estado trabajando para el diario Clarín, como lo hacía desde 1973.

Fue un artista múltiple que se dedicó al dibujo, la fotografía, la caricatura, la poesía y la música. “Para conjugar ese prodigio cuenta el genio, pero mucho el trabajo. Ese empecinamiento del artista que no olvida la larga paciencia del artesano”, escribió el periodista Marcelo A. Moreno en el prólogo de Siguen las firmas, uno de sus libros con retratos de grandes artistas como Picasso, Balthus, Magritte, Monet o Figari. Este libro integra una magnífica colección, publicada por la Universidad de Quilmes, con textos y retratos de Sábat dedicados a Charlie Parker, Astor Piazzolla, Juan Carlos Onetti, Fernando Pessoa o Django Reinhardt, entre otros.

Fue un artista múltiple que se dedicó al dibujo, la fotografía, la caricatura, la poesía y la música.

Hijo de una madre porteña y de un padre uruguayo que también fue dibujante y periodista, Sábat creció rodeado de los trabajos de su abuelo, que había fallecido poco antes de que él naciera. “Mi abuelo ayudó a José Batlle y Ordóñez durante la campaña que se hizo para separar a la Iglesia del Estado: hacía curas que eran esqueletos con sotanas y eran dibujos de página entera. Ese es mi origen, yo salí de ahí”, recordó en 1996 en entrevista con Búsqueda.

Se crio en el barrio Pocitos y desde niño tuvo talento para el dibujo. Sus primeros trabajos los publicó a los 15 años en un suplemento del diario El País, pero no siempre sus dibujos gustaron, por eso durante varios años se dedicó a otras tareas periodísticas: fotógrafo, diseñador y redactor. Hasta que en 1965 lo nombraron secretario de redacción de El País. Pero no quería estar en ese cargo, por lo tanto renunció y se fue a Buenos Aires, donde tenía la familia materna.

Trabajó como caricaturista en La Opinión, Primera Plana, Atlántida, hasta que a los 37 años entró a Clarín. En una de sus tantas necrológicas, el diario publicó: “Conoció a reyes, guitarristas incomparables y premios Nobel. Conversó con Jorge Luis Borges, cruzó cartas con Julio Cortázar, estuvo en fiestas cerca de Truman Capote, fotografió al clarinetista Benny Goodman, dibujó al Che Guevara y recibió un premio homenaje de manos de García Márquez”.

En otra entrevista con Búsqueda, esta vez en 2006, contó sobre una de sus principales limitaciones al estar frente a las grandes figuras: su timidez. Una vez lo invitaron a Nueva York, y su anfitrión, el caricaturista Al Hirschfeld de The New York Times, le arregló una entrevista con Ira Gershwin, uno de los grandes letristas de los musicales norteamericanos. Pero Sábat no se animó a ir. “¿Qué le iba a decir con 27 años?”, se preguntó entonces. En ese momento pudo haberse quedado en Nueva York, pero prefirió volver al Sur. “Nueva York es un lugar donde vos tenés que estar actuando todo el tiempo, y no sirvo para eso. Nietzsche decía que somos fragmentos y caminamos entre fragmentos. Pero en Nueva York son todos actores”, recordó en la entrevista.

Hijo de una madre porteña y de un padre uruguayo que también fue dibujante y periodista, Sábat creció rodeado de los trabajos de su abuelo, que había fallecido poco antes de que él naciera.

En su trayectoria recibió varios galardones, fue nombrado Ciudadano Ilustre de Buenos Aires y de Montevideo y sus trabajos se publicaron en libros —uno de ellos, Monsieur Lautrec, en colaboración con Julio Cortázar— y en medios de prensa de América y Europa. Con justicia es considerado uno de los más destacados dibujantes y caricaturistas del mundo.

Durante la dictadura argentina llegó a dibujar a Jorge Rafael Videla como la Pantera Rosa. “Pude hacer cosas porque no usaba las palabras”, explicaba. Para hacer una caricatura política observaba a sus protagonistas, a veces a partir de una fotografía. “Lo único que importa es que la gente, al ver mi trabajo, lo interprete a partir de la falta de palabras. Como hay música y otras formas de comunicación sin palabras”.

También sin palabras fue una caricatura sobre Cristina Fernández de Kirchner cuando era presidenta y estaba en pleno enfrentamiento con el sector del agro. En esos momentos, la presidenta daba largos discursos y Sábat la dibujó con una cruz en la boca. En un acto en Plaza de Mayo, Kirchner aludió a esa caricatura y acusó a Sábat de enviar un mensaje “cuasi mafioso”. Al día siguiente, organizaciones que nuclean a medios y periodistas comunicaron su rechazo al ataque a Sábat, de quien reivindicaron las “convicciones democráticas”, por las que recibió en 2004 el premio de la Fundación Nuevo Periodismo, que presidía Gabriel García Márquez, por su “conducta intachable ante el poder”.

Amante del jazz, se levantaba temprano y podía tocar dos horas seguidas el clarinete antes de irse al diario. Cuando terminaba su labor, subía a su auto y ponía alguno de sus músicos preferidos, que podían ser Lester Young, Mozart o Pee Wee Russell.

En su trayectoria recibió varios galardones, fue nombrado Ciudadano Ilustre de Buenos Aires y de Montevideo.

“Debe ser algo mágico. (…) Me refiero a que puede agarrar un lápiz graso, de esos que no permiten corregir ni borrar y, sin bocetar, hacer un dibujo de punta a punta en minutos. O puede tomar un pincel, mojarlo con mucha agua y mucha acuarela, y hacer una mancha totalmente expresiva donde los colores se funden como explosiones, de manera aparentemente azarosa, y que quede bien. ¿Tendrá algún control telequinético sobre el movimiento del pigmento en el papel?”, escribió su hijo Alfredo Sábat, también dibujante, en 2017.

Algo hipnótico había en sus obras: en las alitas detrás de Gardel, en el cigarrillo consumido entre los dedos amarillos de Onetti, en la explosión de colores que salen del saxo de Charlie Parker. Son los sonidos del dibujo, la magia de la pintura sin palabras.

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