La historia oficial

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Nº1981 - al de Agosto de 2018
por Carlos Ramela

El Festival de Cine de Venecia, que se llevará a cabo en este mes de agosto, incluye en su programación dos historias uruguayas que tienen como nexo a la figura de José Mujica. Por un lado, el documental que el realizador serbio Emir Kusturica prepara desde hace cinco años y que llevará por título El Pepe, una vida suprema. Por otro, la adaptación del libro Memorias del Calabozo que tiene como protagonistas a Mujica, Mauricio Rosencof y Eleuterio Fernández Huidobro y cuya versión fílmica se llamará —en nuestro país— igual que el libro que le dio origen y, en el resto del mundo, La noche de 12 años.

Como surge ya en alguna medida de los tráiles que se han conocido, más allá de que esos filmes puedan referir en parte a hechos reales, todo hace suponer que estaremos, seguramente, ante producciones que no escaparán a la distorsión que existe en relación con lo que se conoce como “la historia reciente” y donde se insistirá con presentar, más allá de su eventual mérito cinematográfico, una visión hemipléjica de lo sucedido. No se trata de negar lo que pueden haber sufrido los tupamaros ni los excesos que con algunos de ellos cometieron los militares, pero sí de señalar, enfáticamente, que ellos no fueron ni héroes ni solo víctimas de lo que pasó y que tuvieron una enorme responsabilidad como gestores y protagonistas de esa larga y triste noche de terror que vivimos todos los uruguayos.

Una cosa son los abusos y asesinatos cometidos en la dictadura por grupos militares y otra muy distinta es presentar —como héroes— a quienes regaron el país de odio, violencia, secuestros y asesinatos. Nada justifica lo que hicieron los militares, ni nadie pretende igualar las graves violaciones de los derechos humanos que ellos perpetraron con los delitos —también muy graves— cometidos por agentes privados como eran los tupamaros, pero no es válido ni justo mostrar solo una parte de la historia y esconder, o negar, todos los otros elementos que configuran un largo proceso que empezó a comienzos de la década de los sesenta y que terminó con la dictadura, porque se propicia el error, evidente en este caso, de hacer aparecer como héroes angelicales a guerrilleros criminales que también enterraron personas vivas en escondites inhumanos y mataron con total desparpajo a militares y civiles inocentes, solo por alimentar un sueño revolucionario que les vendieron desde Cuba y que nuestro país no merecía.

Parece increíble que, tanto en nuestro país como en el exterior, haya tanta gente que se preste a propiciar o difundir una visión tan sesgada y falsa. Es tan burda la mentira, que para alimentarla hay que recurrir a alteraciones de la historia tan caprichosas como evidentes y fáciles de advertir. Sin embargo, muchos prefieren quedarse con una visión romántica y endulzada del rol de los tupamaros en la historia reciente, aceptando pacíficamente relatos absurdos y fácilmente refutables, antes de leer un poco e informarse en serio. Es cierto, sin duda, que la mentira ha calado hondo y que muchos supuestos intelectuales, profesores y hasta autoridades universitarias han contribuido, con su relato mentiroso, a transmitir —sobre todo a los más jóvenes— una visión distorsionada y flechada de lo que realmente pasó, pero tampoco se puede negar —autocrítica mediante— que faltó reacción y respuesta de los más viejos para exigir respeto por la verdad histórica y refutar con fuerza las falsedades repetidas con insistencia.

Se puede señalar, en nuestro descargo, que apostamos a superar las diferencias del pasado y evitamos, seguramente por un exceso de generoso sentido republicano, entrar en duras contradicciones permanentes que, en definitiva, iban en contra de nuestro anhelo de lograr la reconciliación de los uruguayos y la pacificación seria y definitiva del país. Seguramente creímos —también— que semejantes falsedades no podían prosperar ni podían ser aceptadas por nadie con tanta información real que las desmentía, pero obviamente no calibramos adecuadamente la enorme habilidad para mentir que tienen algunos y el poco interés que muestran otros por conocer la verdad. La realidad fue clara: no solo no primó la verdad, sino que las mentiras siguieron creciendo y avanzando, terminando por consolidar una versión oficial falsa y antojadiza.

Basta referir algunas de las mentiras más recientes y actuales para mostrar, de alguna forma, cómo se aceptan supuestas verdades que no admiten el menor análisis. Algunos invocan que la existencia y justificación de los tupamaros deriva de la necesidad de luchar contra la dictadura, pero para sostener ese tremendo disparate, omiten advertir que los tupamaros empezaron con sus crímenes desde comienzos de la década de los sesenta, cuando en nuestro país, gobernado por el segundo colegiado del Partido Nacional, regía una democracia ejemplar y no existía ningún atisbo o signo que permitiera suponer que había una dictadura que derrotar. Uno de los primeros asaltos de los tupamaros se dio en julio de 1963, cuando desvalijaron el Club de Tiro Suizo, en Nueva Helvecia, en busca de armas para apuntalar su periplo delictivo.

Como quizás algunos advirtieron que era difícil sostener que en el año 1963 existía una dictadura, otros, en general con vinculación académica, empezaron a propiciar publicaciones y eventos donde acotaron, en algo, la extensión de las fechas invocadas. Hace algunos años, nada menos que en la fachada de la Universidad de la República, se anunció con un enorme cartel un evento de análisis de la dictadura, señalando que esta se había extendido de 1968 a 1985. Aun cuando esa fechas no eran suficientes para exonerar a los tupamaros de su grave responsabilidad, la intención, evidente sin duda, fue acercarse a los años en que el presidente colorado Jorge Pacheco Areco debió luchar, con valentía y sentido patriótico, para mantener en pie nuestra democracia ante el peor y mayor embate de la guerrilla, pretendiendo sostener, injustamente, que durante esos duros años no rigió a pleno el Estado de derecho. Claramente no fue así, ya que a pesar de tener que recurrir a medidas de excepción —medidas prontas de seguridad— ante la gravedad de la conmoción interna que generaron los tupamaros con su espiral de violencia criminal, Pacheco Areco no desconoció ni violó la Constitución y en Uruguay funcionaron a pleno las instituciones democráticas, lo que permitió que en esos años, por ejemplo, Wilson Ferreira Aldunate, en ejercicio de potestades legislativas de contralor, forzara vía el mecanismo de la interpelación la destitución o renuncia de varios ministros, o que por esos años, también, surgiera como partido político el Frente Amplio, el que pudo actuar libremente y sin condicionamientos, con todas las garantías, para debutar electoralmente en el año 1971.

Hace algunas semanas, como no podía ser menos tratándose de falsedades y mentiras, José Mujica señaló que en nuestro país, antes de la dictadura, había “un Parlamento ficticio”. La mejor respuesta fue la cara de su entrevistador, Gabriel Pereyra, pidiendo urgente la tanda con una mueca de espanto, pero aun cuando nos lastime y nos duela, hoy por hoy, lamentablemente, esa es la historia oficial que nos han impuesto.

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