La importancia de volver al 2002

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Nº2038 - al de Septiembre de 2019
por Andrés Danza 

El sábado 3 de agosto de 2002 la jornada empezó muy temprano en el Palacio Legislativo. Esa mañana, fría pero soleada, fue atípica, no parecía la del comienzo de un fin de semana. Casi nada parecía lo que era en aquellos días. Todo estaba desordenado, triste, gris, trágico. La angustia generalizada congelaba más que el invierno, largo y difícil para muchos.

Una vez más, la atención de los uruguayos estaba centrada en la vieja construcción de mármol ubicada en la avenida de las Leyes. Los estacionamientos estaban repletos, las puertas custodiadas, los pasillos con funcionarios corriendo de un lado al otro, los camarógrafos registrando cada movimiento, los periodistas alertas anotando todos los detalles y las barras atiborradas de desesperados.

 Casi 48 horas después, sin descanso en el medio, el Parlamento daba sanción al proyecto de ley de fortalecimiento del sistema bancario, que significó el inicio del fin de una de las mayores crisis económicas por las que tuvo que atravesar Uruguay en toda su historia. Fue un fin de semana histórico, como muchas otras jornadas previas y posteriores, con el Palacio Legislativo como protagonista.

No había mayoría parlamentaria en esos tiempos. Muchos de los dirigentes políticos tenían sus despachos en la sede del Poder Legislativo y desde ese lugar negociaron, una y otra vez, las normas más importantes, esas que permitieron que unos años después el país volviera a la senda del crecimiento y se separara de Argentina. En el segundo piso tenía su oficina Alejandro Atchugarry, por ejemplo, que era una especie de primer ministro del entonces gobierno de Jorge Batlle. En planta baja se encontraba Danilo Astori, referente de la izquierda moderada. Pero también estaban allí, desperdigados entre el mármol, la madera y las alfombras rojas, Jorge Larrañaga, Julia Pou, Luis Alberto Heber, José Mujica, Reinaldo Gargano y Marina Arismendi, entre otros.

Algunos integraban la coalición de gobierno, otros la oposición, pero todos querían ocupar su espacio en el Parlamento porque desde allí se tomaban las decisiones más importantes. Fue luego de una interpelación parlamentaria que dio un paso al costado el ministro de Economía Alberto Bensión, en julio de 2002, como anticipo del quiebre de la coalición de gobierno. Fue también por una sesión de la Comisión Permanente del Poder Legislativo que renunció en 2001 el entonces presidente del Banco Hipotecario Salomón Noachas, luego de ser denunciado, debido a una serie de irregularidades por el diputado blanco Gustavo Borsari. La lista es muy larga e incluye decenas de sesiones históricas.

Astori lo recordó en una entrevista con Búsqueda la semana pasada. Contó que en ese período había participado en negociaciones importantes con legisladores del gobierno sobre proyectos de ley como el de la crisis bancaria y el de la asociación de Ancap. Recordó que lo criticaron mucho por eso dentro del Frente Amplio, esa misma fuerza política que a su entender quizá abusó de la mayoría parlamentaria en los últimos quince años. Se valora su sinceridad, y más en estos tiempos electorales, pero se quedó corto.

Casi ninguna de las negociaciones trascendentes de los últimos tres períodos de gobierno ocurrió en el Palacio Legislativo. Los proyectos más importantes fueron enviados por el Poder Ejecutivo y apenas sufrieron algunos cambios. Ningún ministro renunció luego de ser interpelado y ninguna de las reformas fue gestada luego del diálogo parlamentario.

Lo únicos proyectos en los que el Poder Legislativo fue protagonista resultaron los que se refieren a cuestiones sociales, como la despenalización del aborto, el matrimonio igualitario y la regularización del cultivo y consumo de marihuana. Pero los tres se transformaron en leyes gracias al voto de la bancada oficialista, casi sin contemplar las opiniones de los opositores. El Parlamento se transformó así en un lugar de disciplina más que de diálogo, y profundizó aún más la grieta entre oficialistas y opositores.

En el primer período de gobierno del Frente Amplio, el presidente Tabaré Vázquez eligió tener a todos los líderes de los distintos sectores de la coalición de izquierdas en el gabinete. Mucho más trascendentes que las sesiones de las Cámaras de Senadores y Diputados eran las del Consejo de Ministros. Los temas importantes se discutían en privado, en la sede del Poder Ejecutivo, y llegaban al Palacio Legislativo como algo que se parecía mucho a un trámite, con mayoría asegurada.

Algo similar ocurrió en la administración encabezada por José Mujica, que hasta procesó una profunda discusión sobre el rumbo económico que nunca salió de la Torre Ejecutiva y de la residencia presidencial de Suárez y Reyes. En el actual período, otra vez presidido por Vázquez, el presidente ni siquiera tiene una bancada fuerte que le responda en el Poder Legislativo y, salvo excepciones que se pueden contar con una sola mano, lo que ocurrió en el Palacio nunca estuvo entre las principales noticias.

Todo indica que a partir del 15 de febrero de 2020 esto cambiará. La Legislatura que asuma sus funciones ese día va a ocupar un rol protagónico durante los siguientes cinco años, probablemente hasta más importante que el de muchos ministros del Poder Ejecutivo. Será otra vez en el viejo edificio de las leyes donde ocurrirán las reuniones decisivas o se originen las noticias importantes o se resuelva la continuidad de los ministros. El Parlamento volverá a ser el centro, como ocurre cuando nadie tiene mayorías.

Es bueno que así sea y también un importante desafío para quien le toque conducir el gobierno. Hace 15 años que la negociación política en Uruguay es casi inexistente, salvo en la interna de los partidos, fenómeno que ha dificultado mucho un acercamiento entre los distintos bloques en los que se divide el país. El negro y el blanco son los colores que predominan; los grises son vistos como una rareza.

Pero el gris será el color que deba buscar en la paleta el próximo presidente. Y sus cualidades principales deberán ser la flexibilidad, la capacidad de negociación y de ceder ante los perdedores en las elecciones. Casi, casi, como si fuera un primer ministro, sujeto a lo que surja del Parlamento. Puede que sea mejor, seguro que será distinto. Y hace falta.

✔️ Una apuesta a la nostalgia

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