Editorial

La ministra y la ignorancia

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Nº2003 - al de Enero de 2019
por Adela Dubra

La compra del Museo Gurvich por parte del Estado en 2 millones 800.000 dólares debe debatirse. ¿Qué se compra? ¿Quién decide? ¿Cuál es el criterio? La pregunta debería ser a largo plazo: ¿qué acervo y qué patrimonio queremos a futuro? Hasta ahora teníamos dos obras de José Gurvich en el Museo Nacional de Artes Visuales: una gran pieza, Espiral, y otra, una tinta sobre cartón del 64, que podría calificarse de menor. Ahora compraremos 226 piezas. El tasador de la obra dijo que lo que estamos comprando no es lo mejor de Gurvich (Búsqueda N° 2.002). El hijo del artista, Martín Gurvich, las vendió hace tiempo.

¿Precisa el Estado estas 226 piezas de Gurvich? ¿Cuántas obras necesitaríamos? ¿Se decide de forma unilateral? ¿O hay un curador encargado de revisar si todas las piezas interesan? ¿Se está negociando? ¿O Martín Gurvich decide él, y el Estado pone la firma casi sin análisis?

Por donde se la mire, ante la ausencia de respuestas, esta es una compra caprichosa. Se gastan 700.000 dólares en un edificio cuando el Estado tiene varias dependencias vacías que podrían usarse. Se gastan 700.000 dólares cuando se podría unir fuerzas y llevar ese acervo a otro museo.  

En estas páginas escribí sobre el tema, planteando preguntas. Para eso, en los días siguientes, consulté a una veintena de artistas, gestores y directores de museos. La mayoría quisiera que se busque una fórmula mixta —que Martín Gurvich ceda algo― y está en contra de que se compre el edificio. Pero no quieren decirlo en voz alta. Quizá sea porque opinar en contra tiene un costo. Ojalá la comunidad artística reaccione. El tema los atañe. A ellos y a todos. Sería bueno que surgieran más voces, porque se trata de nuestro dinero, nuestros museos y nuestra ciudad. Ojalá los uruguayos debatiéramos más sobre arte, para revalorizar la obra de nuestros creadores.

Durante dos semanas, ni la ministra María Julia Muñoz ni sus asesores de prensa quisieron dar información sobre la compra del museo; ni cuánto costaba la operación ni cómo se va a instrumentar. Hubo una intención de no dar la información pero los periodistas de Búsqueda la consiguieron. Y eso molestó. ¿Por qué no quería que esta noticia trascendiera?

El viernes 4, un periodista radial le preguntó a Muñoz sobre los cuestionamientos. Ella contestó: “Gente que es ignorante hay siempre”. Habló de “semanarios que tienen revistas”, lo que solo puede referirse a galería y Búsqueda. Lo que no dijo con nombre y apellido es quién es el ignorante, quiénes somos los ignorantes.

Qué palabra eligió Muñoz. Ignorante. Al hacerlo, otra vez cayó en la soberbia, la discriminación y el patoterismo, como cuando dijo que los evangélicos son una “plaga”.

Mi editorial —el que le molestó a la ministra— incluía una declaración de Nelson Di Maggio, el gran crítico de arte. Di Maggio se manifestó asombrado y en contra de la decisión. ¿Es un ignorante Di Maggio? ¿Está tratando la ministra al decano de nuestros críticos, el temible Di Maggio, el por momentos caprichoso pero siempre independiente Nelson Di Maggio­ de ignorante?

Aquí debo hacer un paréntesis. Que todos somos ignorantes ya lo dijo Einstein. Pero si fue a mí a quien la ministra trató de “ignorante” lo que puedo mostrar es el título ―yo sí lo tengo— de mis estudios en museología con expertos del Museo Guggenheim de Nueva York. También mi currículum, que consigna que empecé en el periodismo como crítica de arte y escribí un libro sobre la historia de una galería de arte montevideana. Siendo periodista cultural, he recorrido bienales y entrevistado a muchos artistas. Con varios tengo amistad, cosa de la que me enorgullezco. Desde que estoy al frente de galería, en nuestras páginas hemos redoblado la cobertura en artes visuales. Mostramos obra y entrevistamos a nuestros creadores. Lo hacemos con la convicción de que es un lujo compartir con los artistas. Así lo he sentido siempre. Y hasta aquí el paréntesis.

Es grave que la ministra quiera imponer la idea de que unos pueden opinar de las políticas culturales del país y otros no. Discutamos ideas y no personas. ¿Por qué la ministra agrede en vez de debatir ideas?

A veces, una persona puede estar tan completamente convencida de que  es dueña de la verdad que su propio convencimiento le impide atender otros puntos de vista o escuchar otras voces. El filósofo y escritor Robert Anton Wilson (Nueva York, 1932-2007) sostenía que el mundo no está gobernado por hechos objetivos y lógica sino que las personas acomodamos nuestras percepciones para que sean compatibles con el túnel de visión formado por nuestro sistema de creencias. Y Wilson, que era bastante sabio por saber que no sabía, dijo: “Cuando el dogma entra en el cerebro, cesa toda actividad intelectual”. Eso, se me ocurre, es una buena definición de ignorante.

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