La palabra del año

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Nº1949 - al de Diciembre de 2017
por Pau Delgado Iglesias

“Feminismo” fue la “palabra del año” de 2017 según el diccionario Merriam-Webster, el más consultado de Estados Unidos. La palabra del año mide el interés del público por una palabra específica, a partir de las millones de búsquedas en su plataforma online. Este año, “feminismo” se buscó 70% más que en 2016, y se mantuvo como una de las más buscadas durante todo el año, con varios picos de búsqueda que coincidieron con noticias y eventos específicos como: la marcha de las mujeres en Washington, en el mes de enero (como reacción a la presidencia de Donald Trump); el estreno de la película Mujer Maravilla en junio; o lo ocurrido a partir de las incontables denuncias de abuso sexual a través de los medios y de la campaña en redes #MeToo (#YoTambién), a la que se sumaron mujeres de todo el mundo.

Es a estas mismas mujeres a las que hace referencia la revista Time al elegir como “persona del año” de 2017 a “las que rompieron el silencio”: todas aquellas mujeres (y algunos hombres) que se animaron a hablar sobre cientos de casos de abuso y acoso sexual. “Es el cambio social más rápido que hemos visto en décadas”, dijo el editor de la revista, refiriéndose a lo que el movimiento #MeToo generó a escala global.

Toda esta atención de los medios hacia la lucha por los derechos de las mujeres requiere, sin embargo, de cierta perspectiva en el análisis. Es importante, por ejemplo, recordar que en 2014 la revista Time incluyó a la palabra “feminista” en su lista anual de palabras que “deberían ser prohibidas” por “molestas” y “demasiado usadas”. La revista fue acusada de misoginia y la editora tuvo que disculparse públicamente. Estas dos decisiones, casi opuestas a nivel editorial, y tomadas por la misma revista con tan solo tres años de diferencia, son un buen ejemplo de la complejidad que estamos viviendo con respecto a estos temas.

Vivimos un momento cultural y político en el que el feminismo parece haber pasado de ser una identidad ridiculizada y repudiada, a ser deseable, popular y cool. El activismo y el discurso feminista viven una especie de renovación, y alcanzaron una visibilidad que no tenían hasta hace apenas pocos años atrás. Observaciones que hasta hace muy poco hubieran sido desacreditadas con un “bostezo”, hoy vuelven a ser atendidas con interés por parte de los medios: como afirma la teórica inglesa Rosalind Gill (2016), es necesario preguntarse si esto realmente significa que los medios “se volvieron” feministas, o si se trata tan solo de un proceso “cíclico” (y a veces “cínico”). La realidad es más compleja de lo que parece y, al tiempo que se logran avances, se renuevan también viejos discursos de odio y misoginia: desde los “comentarios de lectores” en portales de noticias o las expresiones de rechazo en redes sociales, hasta las persistentes manifestaciones de violencia de género, femicidios y abusos sexuales.

La nueva visibilidad del feminismo está cargada de contradicciones mediáticas. La reciente asociación del término con celebridades como Beyoncé, Emma Watson o Jennifer Lawrence, puede sin dudas tener un impacto cultural positivo, siempre que haya un verdadero contenido político detrás de la simple enunciación. Del mismo modo, gestos como el de la marca Dior, que diseña una camiseta de algodón con la frase “we should all be feminists” (todas deberíamos ser feministas), de la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi, y la vende a US$ 710, son entendidos por muchas teóricas simplemente como la apropiación comercial de un movimiento político. Si todas estas expresiones “feministas”, provenientes del mundo de la moda o el espectáculo, no vienen acompañadas de un compromiso real con las luchas de los movimientos de mujeres, entonces quedarán como meras expresiones pasajeras, vaciadas de contenido.

A pesar de estas consideraciones, no hay dudas de que el 2017 se va con la sensación de haber ajustado algunas cuentas para las mujeres, de haber desenmascarado impunidades milenarias. La caída de tantos hombres poderosos en los últimos meses no hace más que dejar en evidencia que vivimos en un mundo en el que muchas reglas están hechas por abusadores, desde el arte hasta la política, pasando por las instituciones educativas y las religiosas. Ojalá sea cierto lo que mucha gente espera, que estos cambios hayan llegado para quedarse, para que a las mujeres finalmente se las escuche y se les crea, para que nunca más una niña tenga que filmar su propio abuso como “prueba” de sus palabras, para que “feminismo” sea mucho más que el eslogan en una camiseta de moda.

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