La pesadilla de Joaquín

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Nº2073 - al de 2020
por Gabriel Pereyra

La semana pasada, al conmemorarse el 20 de mayo la marcha del silencio por los desaparecidos, el abogado y exprosecretario de Presidencia durante el gobierno de Jorge Batlle (2000-2005), Leonardo Costa, publicó este tuit: “Van a hacer 34 años de la aprobación de la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado, Ley 15.848. Yo voté en 1989 por mantenerla, hoy, visto con el tiempo, un error institucional, y personal, histórico. ¡A seguir por verdad!”.

Un gran coraje para un hombre público admitir públicamente lo que consideró un error. Y me sentí tocado, obligado, un poco avergonzado.

Hace más de 15 años, en un programa televisivo, en relación al debate de los derechos humanos durante la dictadura (1973-1985), dije al aire que “el pasado me tiene podrido”.

Ante los ataques que recibí, en los días posteriores escribí una columna en El Observador donde aclaraba, pero me ratificaba. Aclaraba que le reconozco todo el derecho a los familiares de las víctimas a hacer todo lo que crean necesario, que siempre la sociedad estará en deuda con ellos. Pero no le reconocía a nadie más ese derecho, porque estaba lleno de aprovechadores, que por interés ideológico, político, económico medraban con este asunto.

Sigo pensando lo mismo si circunscribo las personas interesadas en este asunto a los familiares y a los aprovechadores, pero entonces dejé afuera al resto. Y el resto no solo es que tenga derecho, algunos tienen la obligación y otros no pueden evitar sumergirse en el drama sin ser necesariamente familiares. Y no los tuve en cuenta entonces.

Con el paso del tiempo ocurrieron dos cosas. Por un lado, sentí la obligación de escribir en favor de los derechos de los represores, los que creo aún hoy que en algunos casos fueron tratados por una justicia sesgada, cargada de rencor, politizada. Magistrados y magistradas que actuaron como militantes. Un día un policía al que respeto mucho profesionalmente me dijo: “Si a esa jueza le llevo las pruebas de un homicidio con las que ella metió preso a (mencionó a un militar), me saca corriendo”.

Facho me dijeron, obvio. Pero todo este dolor nos expuso como sociedad, porque el Estado de derecho tiene esas cosas: hay que tratar a los dictadores con democracia, a los injustos con justicia, a las bestias con humanidad.

Lo otro que pasó con el correr del tiempo fue que le di otra dimensión a semejante quiebre de la condición humana durante la dictadura.

Fui compartiendo el dolor de las pérdidas con gente que no necesariamente era familiar de desaparecido, pero que no podía evitar verse impactada por el horror.

La noche del pasado 20 de mayo esta idea se corporizó espantosamente en mi casa.

El hecho de que la marcha se haya hecho virtual por efecto de la pandemia del coronavirus, a mi juicio, la extendió y llevó a lugares que no habría llegado si se hubiese realizado como todos los años por la principal avenida. Transmitida una parte por los canales privados y completa por el canal oficial llegó a todos los hogares, hasta gente que nunca hubiese ido.

En mi casa la TV estaba sintonizada en el canal oficial cuando empezaron a nombrar uno por uno a los desaparecidos. Por la ventaba abierta del living oía el “presente”, gritado o susurrado por vecinos, por gente de la calle. Acompañaba el “presente” de la grabación oficial, un presente dicho no con tono de consigna sino con unas voces lúgubres, dignas de película de terror, aunque no difícilmente haya una película más terrorífica de lo que fue la realidad.

En un momento llegó hasta frente a la TV mi hijo Joaquín de nueve años. Miró, escuchó esas voces y comentó: “¡Pah, ¡qué turbio!”. En el lenguaje de su edad y su grupo de amigos, turbio implica más que lo que esa palabra significa. Es algo que les molesta, los asusta, algo con lo que no quieren nada.

Esa noche Joaquín durmió horrible. Yo estaba convencido que era por la tormenta, ya que esa noche el cielo lloró a mares, rugió con relámpagos que iluminaban como violentos entre el viento, antes de desaparecer. Joaco tenía miedo cada vez que se despertaba.

Al día siguiente contó: “No pude dormir bien porque me quedé pensando en los desaparecidos”.

Luego se descargó con una serie de preguntas, de palabras horribles, que ni siquiera sabíamos cómo habían llegado a su boca. “¿Qué es Orletti?”.

Luego de una conversación incómoda y lo más clara posible con su madre (que era quien estaba con él en ese momento), a quien le preguntó si en la familia había desaparecidos, si habíamos vivido la dictadura, etc., Joaquín le dijo que tenía tres hipótesis de qué había podido ocurrir con los desaparecidos: los enterraron en esos pedazos de pasto que tienen los cuarteles, los enterraron y los cambiaron de lugar, o los llevaron en botes y los tiraron al agua.

Nunca nadie había hablado del asunto con él. Dice que nunca buscó nada en Internet. No sé si podrá olvidarse. Lo que sí sé es que, por suerte, Joaco no es familiar de desaparecidos ni tampoco está en el grupo de los que medran con el tema. Está en el enorme grupo, que yo había dejado afuera de mi consideración, de los que no pudieron, por las razones que fuere, escapar al horror. No lo eligieron, simplemente el horror los atrapó con toda su carga de turbiedad, como una tormenta oscura y atemorizante. A todos ellos, a los que no les reconocí el derecho al dolor por no estar en ningún bando, perdón.

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